Fotos, coplas y poemas a La Laguna en otoño: Patio del Instituto. Guillermo Perera Álvarez

Patio del Instituto
Al llegar a esta casa todos los días
el alma de recuerdos aún palpitante
siento tantas tristezas como alegrías
gocé cuando venía como estudiante.
En la vida, cual dijo noble poeta,
fueron tiempos pasados siempre mejores
y es que bulló en sus ondas de mar inquiere;
la juventud perdida, vergel de amores.
Se transforman, progresan todas las cosas:
el sol constante alumbra nuevas mañanas:
pero el rosal del alma no da más rosas
que las que de ilusiones fueron hermanas.
Cual esta mansión no hay quien recuerde
ni mira sus bellezas tan peregrinas;
el germen de la vida nunca se pierde,
por eso nacen flores entre las ruinas.
Antaño estaban llenos de hondo misterio
los hoy risueños claustros, celdas y salas
y en el tétrico ambiente del monasterio
cernía la tristeza sus negras alas.
El silencio de tumba, grave y austero
que reinaba en los patios, plantel de yedras
sólo se interrumpía por el parlero
gotear del tejado sobre las piedras.
En noches invernales, rústica fuente
entonaba monótona canción de cuna,
y en los hilos de plata de su corriente
se enredaban los rayos de clara luna.
Como espectros, sombríos, hombres viriles
vagaban taciturnos por el convento
acallando con rezos ansias febriles
y refrenando austeros el pensamiento.
De la vetusta torre, las tres campanas
eran como un emblema de humanas vidas:
con igual sonreían por las mañanas
que lloraban de tarde dichas pérdidas.
¡Tienen su campanario los corazones
donde está el campanero siempre despierto
para tocar a gloria con ilusiones
para con desengaños, tocar a muerto!…
Al fin huyó del claustro la paz serena
al entrar, traspasando viejos dinteles,
las juveniles turbas, como en colmena
penetran las abejas para dar mieles.
En los patios surgieron bellos jardines
conde la primavera teje su nido,
> entre aroma de rosas y de jazmines
se ve que el Paraíso no se ha perdido.
Yo no sé qué atracciones tiene esta casa
que aquél que la ha vivido nunca la olvida;
con temor se entra en ella y el tiempo pasa
al correr de los años es más querida.
Los de más luminosas, bellas auroras,
aquí pasé los días más halagüeños,
midiendo de mi vida todas las horas
un reloj de esperanza y otro de ensueños.
Recordándolos, pienso como el poeta,
que los tiempos pasados fueron mejores,
porque es cuando se forja la mente inquieta
el alcázar soñado de los amores.
Un ayer y un mañana son los espejos
en que mirar se puede la vida entera:
lloran con sus recuerdos los que son viejos,
la juventud ferviente canta y espera…
