25 Aniversario «La Laguna Patrimonio Mundial»: Origen y tradición de la celebración del Día de Difuntos (y II)

Los espíritus que visitan la tierra esa noche, ni más ni menos.

Esta celebración, con orígenes y raíces idénticas ha derivado en otras zonas del mundo en el consabido Halloween (relacionada con la vigilia vespertina del día anterior a la fiesta de Todos los Santos que dentro de la cultura de habla inglesa, se denominaba «All Hallow’s Eve», vigilia de Todos los Santos, término que con el tiempo derivó en el anterior) trayendo esta leyenda anglo sajona consigo una ocasión propicia para poder vislumbrar en esa noche de fe, tradición, locura, magia, terror y una profunda manifestación de cultura y aculturación, a brujas, fantasmas y toda suerte de extrañas criaturas extrañas que van desde lo grotesco a lo esotérico.

En la actualidad los niños y adolescentes se han hecho dueños esa noche de las calles que recorren disfrazados y yendo de casa en casa gritando el consabido «Trick-or-treat», expresión también de origen céltico y que merece capítulo específico; un claro indicativo -dicho sea también- que al que no les surta de golosinas puede salir malparado con alguna gamberrada, costumbre que ha tenido en las películas y toda la industria surgida en torno a esta fiesta los últimos años un amplio muestrario de donde tomar ejemplos.

El equivalente en la celebración católico-romana hunde también sus raíces en las mismas tradiciones pero por razones obvias ha tenido un discurrir diferente. Detrás de ambas se deja traslucir un arcano miedo a la muerte, mezclado con superstición, magia y esoterismo.

La constancia histórica nos asegura que el emperador bizantino Focas hizo donación del célebre Panteón de Agripa, dedicado a todos los dioses, al papa Bonifacio IV en el año 608, que lo transformó en iglesia cristiana bajo la advocación de “Santa María de los Mártires”. Veintiocho carretas de huesos sagrados de mártires de inicios de la era cristiana fueron sacadas de las catacumbas y las osamentas colocadas en un recipiente de pórfido bajo su altar mayor. La fiesta comenzó desde entonces a celebrarse el 13 de mayo; el Papa Gregorio III en el 741 la cambió al 1 de noviembre y en el 840, Gregorio IV la elevó a Fiesta Universal.

Para completar la tradición tal como nos ha llegado, el año 998 San Odilón, abad del Monasterio francés de Cluny, añadió la celebración del 2 de noviembre como fiesta en recuerdo de las almas de los católicos fallecidos por lo que se denominó de los Fieles Difuntos. A partir del Concilio de Trento, y como los protestantes negaban la existencia del Purgatorio, esta fiesta se afianzó aún más y los templos católicos se llenaron de cuadros de ánimas que dejaban bien claro lo que podían estar pasando nuestros fallecidos parientes disolutos y lo fácil que resultaba para nosotros salvarles de la cremación eterna.

Y los Ranchos de Ánimas comenzaron sus salmodias por los campos y ciudades cristianas, rezando, pidiendo y cantando por ellas. O simplemente, en los hogares con las lamparillas o mariposas; aquellos trocitos de corcho circulares en los que se habían colocado pequeños pabilos y flotando sobre aceite y agua ardían en recuerdo de nuestras ánimas añoradas.

A la par esta celebración tenía un íntimo y familiar componente de divertimento. En las casas se hablaba de toda la parentela (de los vivos y de los que habían pasado a la otra vida) y se comía -cada uno según sus haberes y poderes- con dulcería específica de la fecha y que aún perduran en nuestra cultura culinaria, como los buñuelos de viento o los huesos de santo en recuerdo de los huesos de las carretas de las catacumbas y los de todos los cementerios de la Cristiandad.

Además, están rodeadas por ello de serie de rituales y ceremonias que se repiten cada año y que se encuentran cargadas de una gran solemnidad y emotividad. Los feligreses acuden en masa a los cementerios para recordar a los parientes fallecidos, limpiar sus tumbas y depositar en ellas ofrendas florales y limpiar el hogar de los restos mortales de sus familias. Muchas veces me preguntaba de niño si todos afirmaban que los muertos pasaban “a mejor vida” a qué venía todo aquel torrente de preocupaciones. Con el paso del tiempo he comprendido las razones de la evocación.

Domingo J. Navarro, en sus “Memorias” de fines del XIX, nos dice que por estos días en nuestra tierra “…se reunían las familias a jugar a la perinola, comiendo castañas y dulces, que saboreaban con buenas copas de vino rancio y con licores, en festiva francachela, cuentecillos chistosos y alegres bromas”. Época asimismo de las salidas de los Ranchos de Ánimas a recorrer los campos rogando por las almas de coplasfinados06los muertos, y los niños y jóvenes salían, tal como nos informa José Miguel Alzola, a “pedir por los finados”, y a la pregunta de ¿hay santos? recibían por ello nueces, castañas, almendras, higos pasados, huevos para los moles y dinero para las misas. Este año, los tostados de castañas se harán con el recuerdo y homenaje a los centenarios castañeros que en nuestras medianías y cumbres desaparecieron bajo el azote feroz del incendio de agosto

No soy nada purista; para mantenerse, el árbol de la cultura debe tener las raíces bien profundas y alimentadas de aquello que desde lo recóndito inició nuestro andar como comunidad social. Pero, a la vez, las ramas más altas y tiernas deben ser jóvenes y asomarse, por encima del árbol, a la luz y al aire nuevo que les da vida. Por ello, apruebo taifas y bailes asociados a estas fiestas en las que por su marcadísimo carácter religioso, íntimo, hogareño y familiar, no se celebraban nunca tradicionalmente ligados a ellas.

Los Finados se están revitalizando con unas apariencias y características diferentes, porque diferente es la sociedad que los celebra. Ramas nuevas junto a raíces siempre presentes y recordadas que a fin de cuentas son las que dan vida. El fundamento principal de que lo nuestro, coplasfinados09lo característico de nuestra sociedad y de nuestra cultura no perezca es mantenerlo a través de la formación, de la educación y de su valoración por la sociedad.

Y a celebrar eso, la vida, por paradójico que parezca en el Día de los Difuntos, ya que ése es el objetivo final de todas las fiestas. Y una buena forma de comprobarlo es una tostada regada con licor, una buena conversada y los sones de la tierra.

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