25 Aniversario «La Laguna Patrimonio Mundial»: El Vía Crucis de La Concepción a San Lázaro

El crucero de El Calvario lagunero va desde San Lázaro a la Concepción. Las catorce estaciones, marcadas por cruces en fachadas y muros, fueron erigidas con fondos reunidos a base de limosnas recogidas entre los vecinos de la Villa de Arriba por el presbítero fray José María Argibay. Se inauguraron, con el traslado del Santísimo Cristo del Calvario, La Dolorosa, San Juan y la Magdalena, el 3 de mayo de 1858, con lo que en este año se cumple el 167 aniversario.
El carácter especial del Vía Crucis que se celebra en la Cuaresma de La Laguna lo convierte en un patrimonio inmaterial de un alto interés religioso. Varios fueron las crónicas que se hicieron eco de esta inauguración, como la que recogemos a continuación.
La Laguna, a 4 de Mayo 1858
Ayer ha sido para el pueblo un día de general satisfación, al ver la restauración material de su Calvario, promovida por el celo entusiasta de presbítero y ex religioso franciscano, D. José María Argibay día festivo, por el aparato y ostentación con que han sido colocadas en él las nuevas efigies, que han sustituido a las que había. Habiendo bendecido el Gobernador del obispado el nuevo Calvario el domingo por la mañana, con toda solemnidad, ayer, día de la Invención de la Santa Cruz, a las diez de la mañana, salió del monasterio de Santa Clara una hermosa procesión, compuesta del Santísimo Cristo Crucificado, en la rica cruz y basa de plata del Señor titular de La Laguna, una preciosa Virgen Dolorosa, San Juan y la Magdalena. La acompañaba el clero de la parroquia del Sagrario Catedral, con todas las hermandades y cofradías de su feligresía; la autoridad local, una larga compañía del batallón provincial, con brillante banda de música y un numeroso concurso de propios y extraños, que desde los pueblos más apartados de la Isla acudieron a la novelería. Las casas de la Carrera se hallaban casi todas engalanadas de colgaduras y el pavimento de las calles con profusión de rama y flores. Se dirigió la procesión al monasterio de las Catalinas y, saliendo de allí, siguió a la plaza de la Catedral, donde, combinadamente, le salió al encuentro el clero parroquial de la Concepción, con todas sus hermandades y cofradías. Allí se hizo entrega a este clero de la procesión y siguió con toda la comitiva, menos el clero de la anterior parroquia y continuó hasta la Concepción, donde se depositaron las efigies, por vía de descanso, Cantóse en ella una solemne misa, con acompañamiento de música, quedándose en la plaza la mitad del concurso, por no caber, siendo ya más de la una y media de la tarde cuando la función termino. A las cuatro es punto salió la proseción, con el mismo aparato de hemandades, tropa y musica y se dirigio por la calle empedrada,(Marques de Celada)y que estamuy adornada de cortinas ramas altas, arcos de fruta y flores (propios de los labradores en honor de San Benito) y continuó por la carretera hasta el Calvario, Hallandose en sus cercanías cuajadas de gente; veían se multitud de basquiñas, con mantillas de franela y tosca lana, señoritas elegantes, con palurdos labriegos y mantuanos, en términos que el mismo Capitán General de las Islas figuraba en esta escena, trepado entre damas y caballeros en un paredón. Llegadas que fueron las efigies al Calvario, se colocaran en el nicho y terminó la función con un sermón que pronunció el mismo autor de todo aquel movimiento, el ex religioso D. José María Argibay, que hubiera sido mejor haber suprimido, pues, además de que con la bulla de la gente no se oía y era lo mismo que predicar en el desierto, la tarde se había destemplado más de la cuenta.
José Olivera escribió que «sobre esta función circularon impresas unas décimas de Doña Angela Mazzini, vecina de Santa Cruz, con mengua y vergonzosa apatía de los hijos de La Laguna. Para subsanar en cierto modo esta grave falta, me valí del amigo D. Marcial Benítez, poeta de profesión, para que de buena letra escribiera e hiciese suyo el siguiente soneto, que compuso en menos de minutos y que apareció fijado al siguiente día en la obra del Calvario:
¿Quién es aquél que en un Tritón alado
por dicha un día a la Nivaria vino,
la simiente a sembrar, germen divino,
de la moral de un Dios humanizado?
¿Quién es aquel varón que, consagrado
a la santa virtud, es su destino
dar al Señor el culto de que es digno,
su casa decorando en sumo grado?
Aquél es, pues, que con piadoso anhelo,
si las puertas del cielo abrir procura
a la proterva y mortal flaqueza,
acá también en el mundano suelo
tiende al pobre su mano siempre pura
y erige esta ara de gentil belleza.
Pasemos a hacer ahora la historia de la obra del Calvario. Según disposición testamentaria del digno y honrado sacerdote D. Cándido Rodríguez Suárez, legó a su muerte 60 pesos para una ligera reforma del vetusto y malísimo Calvario que existía(Con respecto al Calvario de San Lázaro hay que destacar que antiguamente hubo uno fundado por una misión de capuchinos en 1678 y reedificado en 1688,) y que se veía tan abandonado, que los dueños de los terrenos colindantes habían ido usurpando los terrenos que le pertenecían. Dejó el testador encomendada dicha reforma al desinteresado y celoso ministro D. José María Argibay, el que, deseoso de que se extendiese a mayores dimensiones, se determinó a pedir limosnas por medio de carteles impresos, no sólo a los vecinos del pueblo, sino también a los de otras poblaciones de la Isla, reuniendo la cantidad de mil pesos, poco más o menos.
Empezada la reforma, pensáronse invertir en ella unos 500 ó 600 pesos; pero reclamando el arquitecto civil D. Manuel Oráa su intervención, encargóse de levantar un plano, sin interés alguno, secundando a la general piedad, y su ejecución, concluida, ha de ascender su costo a más de dos mil pesos.
