Seis días con Cervantes y D. Quijote de la Mancha (IV)

La composición del Quijote. Por Ellen M. Anderson y Gonzalo Pontón Gijón
¿Por qué razón incluyó precisamente estas historias en el Quijote, y en qué momento de la redacción pudo haberlo hecho? Es probable que en algún punto poco posterior al capítulo 22 Cervantes llevara a la práctica los argumentos de López Pinciano en favor de las narraciones breves e independientes: en ese capítulo se inician las interpolaciones (no hay que olvidar que la historia de Grisóstomo y Marcela se compuso probablemente para el actual capítulo 25). Según Martín Morán, el escritor pudo considerar a su novela un cauce adecuado para la publicación de cierto número de narraciones cortas que había escrito con anterioridad: así, El capitán cautivo, que luego fue incluida en la novela propiamente dicha.
Si es correcta la hipótesis de que Cervantes varió su técnica de composición en plena redacción para incluir episodios independientes, y si también es cierto que empleó materiales previamente elaborados, entonces resulta lícito preguntarse por las huellas de tales interpolaciones. Flores ha propuesto una reconstrucción del método de sutura de El curioso impertinente a la historia de don Quijote y de los distinguidos huéspedes de la venta. Cervantes, ya en una fase avanzada de redacción de la novela, habría preferido alterar lo menos posible el material escrito. Para ello, habría dispuesto el cuerpo de la historia preexistente de forma que permitiese la inclusión del episodio de los cueros de vino, con el que devuelve a don Quijote y Sancho a la acción principal. Habría situado ese episodio de tal modo que la historia intercalada y la escaramuza de don Quijote mantuvieran sus posiciones relativas en el capítulo, con lo que realizaba el menor número posible de alteraciones en el manuscrito. Al hacerlo, habría cambiado el epígrafe de un capítulo, introduciendo accidentalmente otra anomalía: el epígrafe de 36 anuncia el episodio de los cueros de vino ex post facto. Quizá Cervantes no advirtió el error porque el viejo epígrafe permaneció en la última página, con la conclusión del capítulo previo: ello impidió que se percatara de que el epígrafe no se correspondía con el contenido.
Esta interpolación, como la de El capitán cautivo, creó un nuevo problema: el equilibrio narrativo entre las aventuras de don Quijote y Sancho y las historias intercaladas se había decantado de forma manifiesta en favor de estas últimas. Como ha señalado Flores, el discurso de las armas y las letras pronunciado por don Quijote (capítulo 38) concede al protagonista de la novela la oportunidad de brillar nuevamente en el centro del escenario, después de una larga ausencia, dirigiéndose, prácticamente sin interrupción, a una luminosa asamblea de damas y caballeros de alta alcurnia. Pero incluso esta ingeniosa interpolación dio pie a una nueva anomalía textual: en el capítulo 42, el grupo cena por dos veces en una misma noche («Ya en esto estaba aderezada la cena, y todos se sentaron a la mesa, eceto el cautivo y las señoras, que cenaron de por sí en su aposento», I, 42, 496).
En conclusión, puede considerarse la Primera parte del Quijote como una especie de laboratorio en el que Cervantes, de forma consciente y resuelta, experimentó numerosas y variadas técnicas de la narrativa extensa en prosa. Las críticas a la Primera parte, que el autor recoge en tono de broma en el capítulo 3 de la Segunda, pueden verse como una reflexión crítica sobre el proceso creativo desarrollado: episódico, variado, gracioso, heroico y edificante. Las historias intercaladas, que constituyen el sello de la Primera parte, desaparecen en la Segunda para ceder su lugar a una mayor concentración de aventuras y al despliegue de las personalidades del caballero y su escudero. Cide Hamete Benengeli, mecanismo al que recurre Cervantes con la misma facilidad con que lo abandona, se convierte en la Segunda parte en un filtro indispensable de la acción. Todos estos cambios revelan al lector atento y paciente la imaginación incansable y observadora del artista consciente que fue Miguel de Cervantes a lo largo de los sinuosos caminos y los ásperos lugares de su vasto universo de invención.
3. Los abundantes y detallados estudios sobre la composición del Quijote de 1605 contrastan con la escasez de investigaciones sobre la elaboración de la Segunda parte. Esta asimetría no se debe, por supuesto, a que la continuación haya suscitado un interés menor, sino a que el texto de 1615 impone unos límites a la especulación sobre un plan primitivo. Gracias a los epígrafes incorrectos, los cambios repentinos de escenario, los pasajes que se duplican o se anulan y los acontecimientos que suceden y no se refieren, la Primera parte presenta trazas de una concepción original de la obra que fue modificándose a lo largo del tiempo. En la Segunda, por el contrario, apenas hay espacio para que el crítico ponga a prueba su talento de escudriñador: la arquitectura de la novela es más trabada y su acción avanza hacia el desenlace sin titubeos evidentes. Cervantes deja bien sentado que «en esta segunda parte no quiso ingerir novelas sueltas ni pegadizas, sino algunos episodios que lo pareciesen, nacidos de los mesmos sucesos que la verdad ofrece, y aun estos limitadamente y con solas las palabras que bastan a declararlos» (II, 44, 980). Con la eliminación de las grandes tramas episódicas, susceptibles de manipulación previa, el estudioso ve reducidas las posibilidades de rastrear por la obra la pista de refundiciones o interpolaciones. El Quijote de 1615 se ofrece a primera vista como un conjunto desarrollado en un solo aliento creativo. Claro está que esa impresión no impide reflexionar sobre las fases de composición del texto, pero la ausencia de indicios sitúa toda propuesta en el ámbito de la mera hipótesis. Tan solo podemos estar seguros de que la lectura de la continuación de Avellaneda afectó a los planes y al ritmo de elaboración de la obra.
Al igual que sucede en la Primera parte, en la intriga novelesca hay muy pocos elementos sobre los que basar una cronología aproximada. No hay duda de que el episodio de Sancho y Ricote (capítulo 54) tuvo que escribirse después de la expulsión de los moriscos, acaecida en 1609-1610. Si, como cree Joseph Sánchez, una mención del Quijote en El caballero puntual (1613) de Salas Barbadillo se refiere a la continuación en ciernes (que el autor, como amigo de Cervantes, podría haber conocido mucho antes de su conclusión), tendrá que convenirse en que el episodio de los leones (capítulo 17) ya estaba escrito a la altura de 1613, cosa que, de otra parte, era de suponer. En el prólogo a las Novelas ejemplares, redactado hacia julio de ese mismo año (es la fecha de la dedicatoria al Conde de Lemos), Cervantes promete al lector que «primero verás, y con brevedad, dilatadas las hazañas de don Quijote y donaires de Sancho Panza», lo que parece prueba de que en esos días la Segunda parte estaba bastante avanzada. Estos indicios no aportan una información sustancial, y se limitan a reafirmar la impresión de que la obra tuvo que gestarse en un período de tiempo dilatado, como cabía esperar. Ello le confiere especial valor a la única fecha contenida en el cuerpo de la novela: veinte de julio de 1614, día en que Sancho dicta la carta para su mujer (capítulo 36). Es muy posible que Cervantes le pusiera a la epístola la fecha del día en que la escribió. Ese acto, ya fuera deliberado o fruto del descuido, sitúa la acción en el verano de 1614, rompe la cronología interna de la Segunda parte y, de paso, desarticula sus vínculos con la Primera. Sorprende que tan solo medio año antes de la conclusión de la novela (la aprobación es del 27 de febrero de 1615, aunque el libro no se publicó hasta noviembre) a Cervantes le quedara por escribir más de la mitad de la obra. No puede descartarse que estuviera interpolando la carta en un texto previamente escrito, y que introdujera la fecha para crear un marco adecuado a la presencia de sucesos contemporáneos como la publicación de la novela de Avellaneda.
La tradición cervantista ha tendido a pensar que la redacción de la Segunda parte no comenzó inmediatamente después de la publicación de la Primera, sino que transcurrió cierto tiempo antes de que Cervantes se decidiera a escribir la continuación. Con tal fin se ha aducido una célebre frase de Sansón Carrasco sobre la fortuna editorial de la Primera parte: «tengo para mí que el día de hoy están impresos más de doce mil libros de la tal historia: si no, dígalo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso, y aun hay fama que se está imprimiendo en Amberes» (II, 3, 647). Si esta afirmación se acepta como literal, hay que situarse forzosamente después de 1607, cuando se publicó la edición de Bruselas, que quizá Cervantes confunde con Amberes. Pero esta imprecisión, junto con la mención de Barcelona, que no imprimió una edición del Quijote hasta 1617, aconsejan no tomar la frase al pie de la letra, pues podría reflejar igualmente un momento anterior, al arrimo del éxito inicial exagerado por la pluma del autor (las ediciones de la Primera parte estampadas en Lisboa y Valencia se publicaron antes del otoño de 1605). En el capítulo 16, dos semanas más tarde de la conversación con Carrasco, don Quijote le dice a Diego de Miranda: «he merecido andar ya en estampa en casi todas o las más naciones del mundo: treinta mil volúmenes se han impreso de mi historia» (II, 16, 752), aseveración a la que puede darse tanto crédito como a la anterior.
Para defender una redacción temprana de los primeros capítulos, Daniel Eisenberg ha traído a colación las referencias al robo del asno contenidas en el inicio de la novela. Con la explicación que pone en boca de Sancho, Cervantes intenta disimular una incongruencia textual: la desaparición y reaparición de un asno cuyo robo y restitución no se mencionan. Pero la verdad era que la mayoría de lectores no había advertido tal incongruencia, por cuanto la segunda edición madrileña de Francisco de Robles (1605), y a su zaga todas las posteriores, incluía dos pasajes interpolados sobre la pérdida del rucio. Eisenberg ha supuesto, así, que las precauciones de Cervantes se comprenden solo si se enmarcan en los meses siguientes a la publicación de la princeps. Tras la segunda edición, los lectores podrían quejarse de las imprecisiones de la historia, pero no de que al autor «se le olvida de contar quién fue el ladrón que hurtó el rucio a Sancho, que allí no se declara, y solo se infiere de lo escrito que se le hurtaron» (II, 3, 655). Con todo, el argumento plantea no pocos problemas. Cuando menos, resulta curioso que Cervantes procediera con tanto cuidado al incluir referencias al episodio en un nuevo texto, y con tanta despreocupación al insertar en la segunda edición los pasajes que remediaban el problema. Por otra parte, una vez resuelta (mal que bien) la laguna de la princeps, el autor podría haber suprimido ese pasaje de la continuación. Lo más prudente es suponer que Cervantes, tiempo después de 1605, volvió sobre uno de los puntos más debatidos en el momento de la publicación, sin importarle que ese conflicto ya se hubiera remediado.
