En «Un rincón tinerfeño. La Punta del Hidalgo» (I)

En «Un rincón tinerfeño. La Punta del Hidalgo», uno de los mejores trabajos sobre «este privilegiado sitio de lo pintoresco «, Mª Rosa Alonso narra la conversación imaginaria entre varios individuos, a través de la cual va desgranando, muchas veces en clave de ironía, la «vida más real y auténtica que la suya propia, allá en los ss. XVII y XVIII» de este personaje. De ella entresacamos muchos datos de nuestro relato
La vida de Amaro Pargo -como sugirió M» Rosa Alonso- no puede sino ser narrada a dos voces, la popular y la oficial, pues las luces y las sombras que arrojaron sobre ella la verguenza que hizo padecer a la clase social a la que perteneció no dejan que sea de otra forma. Hasta tal punto llegó el hochorno, que hicieron pensar -algo insostenible actualmente- que existían dos individuos distintos.
Amaro Felipe Machado Lorenzo de Castro y Núñez de Villavicencio -que es éste su nombre oficial- nació en 1677, fruto del matrimonio entre Juan Rodríguez Felipe y Beatriz Tejera Machado. La voz popular cuenta que salió un «bala perdida» en la familia, motivo por el cual o lo embarcó su padre o él mismo tomó la decisión de ir a servir a las galeras reales. En cierta ocasión, cuando la nave en que servía se vio abordada por una embarcación enemiga, aconsejó a su capitán que simulase una rendición para sorprender desprevenido al enemigo y apoderarse de él y su botín; el éxito del proyecto le hizo ascender de categoría.
Tal vez esta fuera la chispa que encendiera su posterior «vocación». De cualquier forma, lo que cuentan es que, con el transcurrir del tiempo, obtuvo de la Corona «patente de corso» contra los piratas que frecuentaban los mares de la ruta a las Américas. Esta actividad degeneró en piratería, lo que le aportó grandes beneficios.
Es entonces cuando tomó o le pusieron el nombre de Amaro Pargo, por algún desconocido motivo relacionado con el pez homónimo; si bien también se le conoció como Mateo Amaro. En cualquier caso, cualquiera de estos motes resulta evidentemente más poético y romántico que el oficial.
Al adquirir suficientes riquezas decidió instalarse en La Punta -cuyas playas y bahías proporcionaban a sus naves seguro refugio y, según afirman, parece que sus dominios llegaron hasta «La Hoya». Su residencia se encontraba a la sombra del roque de los Dos Hermanos, dondc la imaginación podía adivinar hasta que desaparecieron, tras los derruidos muros de las «Casas Bajas», la fortaleza que albergó su factoría. En la cueva de San Mateo (pues allí se halló un cuadro de este Santo) dicen que Amaro Pargo escondía el contrabando y el resultado de sus correrías. También cuentan que esta oculta cueva, que llega hasta el mismo mar y cuya profundidad se desconoce, comunicaba con la casa del pirata. Junto a la cueva, la llamada «Piedra del Navío» atestigua su presencia.
Este hombre de mar tuvo enjaque a los de su época y, como todos los piratas, fue envuelto en los velos de la fantasía popular. Unos le temían como al diablo, mientras otros le acumulaban virtudes que lo colocan poco menos que en el terreno de la santidad. Dicen que atemorizaba tanto a los navíos que.
undefinedcuando se topaba con alguna embarcación temerosa de caer bajo su rapiña, le preguntaban ignorando quién era: «¿Ha visto a Amaro Pargo?» Y él contestaba desvergonzadamente: «Tras ese perro ando».
Lógicamente, también tuvo fama de cruel y tirano en La Punta.
El temor proverbial que le profesaban sus gentes les llevó a nombrarlo «señor de soga y cuchillo»;aunque, como afirma Mil Rosa con ironía, más adecuado sería el apelativo de «vidas y haciendas», pues se adueñó de lo que compró y de lo que no compró… Así, se cuenta que cuando algún puntero le llevaba un regalo o pagaba un tributo le contestaba al preguntarle Pargo de quién era el regalo: «Suyo y… mío, señor».
Dicen también que una vez se negó a pagarle tributo un corpulento y gigantesco pastor negro de la «Guancada», que juró matarlo donde lo encontrara. Amaro al fin le cogió miedo, elevó anclas y se fue.
