25 Aniversario «La Laguna Patrimonio Mundial»: Avatares del Convento de San Miguel de las Victorias (y II). Por.Julio Torres

EL INCENDIO DE 1810
No había transcurrido un siglo todavía de la inundaciones cuando esta catástrofe, más desgraciada todavía que la anterior por irremediable, sobrevino al templo y convento de San Francisco. En la noche del 28 de julio de 1810, el vecindario de La Laguna despertó alarmado por el incesante clamor de las campanas tocando a fuego. Cuando se supo que el incendio era en el convento de San Francisco, el dolor de la ciudad fue inmenso.
El incendio comenzó por el campanario y de allí pasó al coro; de éste se propagó a las techumbres de las naves y a los artesonados de las capillas dando apenas tiempo a salvar el Santísimo Sacramento, haciéndose esfuerzos sobrehumanos para liberar de aquella hoguera al Stmo. Cristo y otras Santas Imágenes,»no si que estos sagrados objetos -cuenta Rodríguez Moure- y sus libertadores salieran bastante chamuscados».
Relata Moure que lograron sacar al Cristo de La Laguna por la sacristía, junto con el valioso altar y retablo de plata con que se le daba culto y que «tan a tiempo se realizó esta peligrosa operación que al poner el pie en el umbral de la sacristía el P. Escobar, que llevaba el Sacramento, se desplomaba a sus espaldas (…) la techumbre de la capilla mayor».
Sigue Moure relatando que, según oyó a un testigo presencial, el acto más imponente y que más pavor infundió en este triste drama fue la traslación de la Imagen del Cristo a la parroquia de los Remedios a las tres de la madrugada, alumbrando su paso con los trozos de tea arrancados del incendio.
Parece que desde los primeros momentos acudieron los hombres de los alrededores y de las eras del Llano -pues era época de trilla- para tratar de salvar el templo.
Sólo cuando se vieron impotentes para conseguirlo intentaron rescatar las imágenes y objetos del culto; pero ya era tarde, y -relata B. Bonnet y Reverón- «toda aquella riqueza artística habría sido devorada por las llamas, si las mujeres, con una decisión y fortaleza de ánimo increíble en su sexo, no hubieran ido sacando, a pesar del humo y del calor y con mucha antelación, lo más notable en joyas, ornamentos, plata labrada, imágenes y cuadros de mérito, trabajo que continuaron impávidas hasta el momento extremo en que comenzaron a desplomarse las techumbres. Las mujeres fueron verdaderas heroínas en aquellas trágicas horas de angustia y dolor y, como dijo el insigne Quevedo de las de otras épocas, fueron «todas matronas y ninguna dama».
En términos similares se pronuncia R. Moure cuando afirma que «en este memorable siniestro hasta las mujeres dieron pruebas de un valor insospechado(…) Asi fue que a su arrojo se debió la consevación (…) del púlpito y las pilas de mármol del agua bendita, las que sólo perdieron la última pieza de las bases porque no las pudieron desprender del mortero en que estaban asentadas».
La aurora del nuevo día 29 alumbró un montón de cenizas y escombros. El hermoso templo, la bellísima capilla mayor, su magnífico artesonado, el artístico retablo… toda la riqueza de siglos que se complacían en describir Quirós, Núñez de la Peña y Viera y Clavijo había desaparecido para siempre.La reedifica
