Ventas, bodegas, tabernas y dulcerías del entorno de la plaza del Cristo de La Laguna: La venta y casa de comidas de María Gutiérrez (I). Por Julio Torres

Con la ventana y la puerta abiertas «Casa María». La Laguna años 40. Foto: Enrique de Armas.
Continuamos nuestro recorrido por las antiguas ventas, bares, tascas, cafeterías y casas de comidas que formaron parte de la vida cotidiana del entorno de la plaza del Cristo, en La Laguna
En esta ocasión vamos a detenernos en una de aquellas casas de comidas que permanecieron durante años en la memoria de muchos laguneros: la de María Gutiérrez, conocida como el bar de María, la venta de María y también, durante una época, como la venta de José el Esperancero.
Aunque el nombre de su marido quedó asociado al establecimiento, quien verdaderamente llevó las riendas del negocio fue María. Ella estaba al frente de prácticamente todo: la cocina, la barra, las mesas, la atención a los clientes y hasta el orden dentro de la casa. Era otra época, una sociedad en la que con frecuencia el nombre del hombre terminaba figurando por delante del de aquellas mujeres que, en la práctica, sostenían y dirigían estos pequeños negocios familiares.
A través de los próximos capítulos iremos conociendo con mucho más detalle quién fue María Gutiérrez, cómo era aquella casa de comidas, qué se servía en ella, quiénes la frecuentaban, cómo transcurría una jornada cualquiera y cuáles eran esas pequeñas historias que se fueron acumulando entre sus paredes.
Con ello intentaremos recuperar algo más que la historia de un establecimiento. Queremos rescatar una forma de vida y una manera de entender las antiguas casas de comidas de La Laguna: lugares donde se comía y se bebía, naturalmente, pero que eran también espacios de encuentro, conversación y convivencia.
Muchos de aquellos negocios habían nacido décadas atrás y algunos consiguieron sobrevivir hasta tiempos relativamente recientes, aunque cambiando de propietarios, de nombres y, finalmente, de carácter. Otros desaparecieron por completo.
Hoy comenzamos a recuperar la historia de otro de ellos.

La casa y la taberna de María. La casa de comidas de María Gutiérrez
En uno de los laterales de la Plaza del Cristo, formando parte de aquella hilera de casas que durante tantos años dibujó uno de los rincones más populares de La Laguna, se encontraba la casa de María. Desde fuera poco hacía pensar que tras aquella fachada sencilla se desarrollaba todo un pequeño mundo de comidas, vinos, conversaciones y vida familiar.
La fachada guardaba la sobriedad propia de muchas viviendas de entonces: una ventana, una puerta central, otra ventana y una segunda puerta. Una parte correspondía a la casa y otra daba acceso al negocio, aunque aquella división era mucho menos tajante de lo que hoy podríamos imaginar. Allí vivienda y taberna convivían bajo el mismo techo y la frontera entre ambas se desdibujaba continuamente a lo largo del día.
Al atravesar la puerta del bar, lo primero que aparecía ante los ojos era un gran mostrador de madera que se extendía prácticamente de una pared a otra. Era el corazón de la taberna, el lugar alrededor del cual transcurría buena parte de su actividad. En él se servía, se cobraba, se conversaba y se observaba todo cuanto ocurría en el establecimiento.
Incorporada al mostrador había una vitrina de cristal y, en su parte baja, se guardaban las golosinas. Entre ellas estaban aquellos pequeños bombones de interior blanco que ejercían una irresistible atracción sobre los niños de la casa. Bastaba que María se alejara unos instantes o pareciera entretenida en otros menesteres para que alguna pequeña mano encontrara el camino hasta la vitrina. Seguramente María sabía perfectamente lo que ocurría. Quizá, simplemente, prefería no darse por enterada.
Tras el mostrador estaba el territorio de María. Allí se encontraban el fregadero y las estanterías, cargadas con los productos propios de una venta de aquellos años. Grandes botes de cristal dejaban ver las galletas y las aceitunas que se despachaban a granel; alrededor se alineaban botellas de distintas bebidas y licores y, entre ellas, el vino Sansón, uno de aquellos nombres inseparables de las antiguas ventas y tabernas.
En uno de los extremos, una parte del mostrador podía levantarse para permitir el paso hacia el interior. Era una pequeña puerta improvisada dentro de la propia barra, atravesada innumerables veces a lo largo de cada jornada por quienes vivían y trabajaban allí.
A la izquierda se abría una segunda estancia para los clientes. No era un gran comedor, sino una habitación sencilla, con unas pocas mesas —cuatro o cinco aproximadamente— en las que se sentaban quienes acudían a comer, beber un vaso de vino o prolongar durante un rato la conversación. Podemos imaginar el murmullo de las voces, el ruido de los vasos sobre las mesas y el ir y venir desde la cocina mientras María atendía unas veces la barra y otras el comedor.
Pero el establecimiento no terminaba allí
Tras aquellos espacios abiertos al público, la construcción continuaba hacia las habitaciones de la familia. Y es precisamente ahí donde se comprende mejor lo que significaba una casa de comidas como aquella. La casa y la taberna eran, en realidad, partes de una misma vida.
No existía una separación absoluta entre trabajar y vivir. Tras el mostrador comenzaba la casa y desde la casa se regresaba una y otra vez al negocio. Por aquellas habitaciones circulaban los miembros de la familia mientras, apenas unos metros más allá, entraban y salían clientes. Allí se cocinaba para unos y para otros; se atendía la venta, se preparaban las comidas y, al mismo tiempo, transcurrían las pequeñas rutinas domésticas.
La venta de María era, por tanto, mucho más que un bar o una casa de comidas. Era una casa abierta a la calle, una vivienda en la que el mostrador y las mesas se habían incorporado a la existencia cotidiana de la familia.
Y durante muchos años, detrás de aquel largo mostrador de madera, estaba María.
