Ventas, bodegas, tabernas y cafeterías del entorno de la Catedral de La Laguna: «Antonio el Puntero» (III). Por Julio Torres

El carnaval, el Orfeón La Paz y las mesas de Casa del Puntero
Además de la Navidad —un tema que abordaremos ampliamente en los últimos capítulos dedicados a Casa del Puntero y a la Peña del “Caldisín”—, hubo otra época del año en la que aquel establecimiento adquiría un ambiente muy especial: el carnaval.
Y hablar del carnaval lagunero no significa hablar solamente de las murgas, a las que ya hemos dedicado ampliamente el capítulo anterior. No, no. Había otro mundo estrechamente relacionado con aquellas fiestas y con la tradición musical de La Laguna y de Tenerife: el de las rondallas. Y, dentro de él, ocupaba un lugar fundamental el Orfeón La Paz.
El Orfeón tuvo inicialmente su sede en la plaza de La Concepción, apenas a unos cuatrocientos metros de Casa del Puntero. Más tarde, ya a comienzos de los años setenta, se trasladó a la calle Juan de Vera, todavía más cerca del establecimiento. Tanto en una etapa como en la otra se hizo habitual que, durante las horas previas a los ensayos del coro y de la rondalla, muchos de sus componentes se reunieran en Casa del Puntero.
Allí se tomaban sus cuartas y sus medias de vino, que solían acompañar con pulpo, carne con papas y otros platos de la casa. Y, por supuesto, estaban los grandes vinos que traía el Puntero, procedentes normalmente de Tacoronte y de El Sauzal.
Sobre aquellos vinos también merece la pena hacer una aclaración, porque alguna vez alguien me ha dicho:
—No, no. A los laguneros les gustaba el vino muy oscuro.
Pues yo puedo decir, porque transité aquellos lugares y conocí aquel ambiente, que no era exactamente así. Naturalmente que se bebía vino tinto, pero el gusto lagunero se inclinaba más hacia un tinto de tonalidad algo más clara y no hacia aquellos vinos oscurísimos, casi negros. Hipólito, el de la funeraria, tenía una expresión magnífica para referirse a uno de aquellos vinos extremadamente oscuros: lo llamaba «vino sangre garrapata».
Ustedes me dirán que sí, que aquel vino era prácticamente negro. Pues precisamente ese tipo de vino no era el más demandado en La Laguna.

Pero volvamos al Orfeón
Casa del Puntero no era solamente un lugar donde beber algo antes de los ensayos. Sus mesas servían también para hablar, discutir, reconciliarse y, cuando hacía falta, limar asperezas. Allí llegaron a sentarse a cenar, después de algún encontronazo, Manuel Hernández, director del coro del Orfeón, y Tomás Monte de Oca, director de las cuerdas.
Aquellas diferencias terminaban muchas veces resolviéndose alrededor de una mesa de Casa del Puntero.
Así me lo recordó Julián Brito, que fue presidente del Orfeón hasta no hace demasiados años y que llevaba vinculado a la institución desde muy joven. Sin ser entonces un hombre de avanzada edad, había entrado tan joven en el Orfeón que conocía perfectamente su historia, sus personajes y aquel ambiente. Y recordaba Casa del Puntero precisamente como uno de esos lugares apropiados para sentarse, cenar, conversar y arreglar las diferencias que surgian entre los directores.
También Gerardo «Lalo» Guerra, hijo del conocido fotógrafo y orfebre lagunero Agustín Guerra Molina —un artista en toda regla—, me habló de la cocina de Antonio Puntero. Lalo recuerda especialmente el pescado al horno que preparaba Antonio. Según su relatao, era espectacular.
De esta manera, Casa del Puntero terminó formando parte, casi sin proponérselo, de la vida cotidiana del Orfeón La Paz. Allí los componentes del coro «afinaban» y calentaban las voces, ayudados, por qué no decirlo, por aquellos vinos de Tacoronte. Y allí también los miembros de la rondalla hablaban de los arreglos, de las cuerdas, de las voces y de todo cuanto rodeaba la preparación de sus actuaciones carnavaleras.

Pero la relación de aquellas mesas con el carnaval iba todavía más allá
Jorge Pedro Dávila, hermano de Luis Dávila, estuvo igualmente vinculado a ese ambiente creativo. Los hermanos Dávila fueron grandes diseñadores de disfraces. Luis destacó especialmente por sus diseños para reinas del carnaval, mientras que Jorge participó también en el diseño y la confección de los disfraces con los que el Orfeón se presentó durante varios años al carnaval, obteniendo importantes premios.
Y muchos de aquellos diseños, ideas y preparativos también se hablaron y discutieron alrededor de las mesas de Casa del Puntero.
Por eso, cuando llegaban los últimos meses del año y comenzaba a acercarse el carnaval, aquel establecimiento se transformaba. Desde finales de año, durante todo enero y hasta los primeros días de febrero, Casa del Puntero vivía el ambiente carnavalero de una manera muy especial.
Entre vasos de vino, platos de pulpo, carne con papas y pescado al horno; entre conversaciones, ensayos, discusiones y reconciliaciones; entre voces que se preparaban para cantar y cuerdas que empezaban a imaginar los arreglos de aquel año, una parte del carnaval lagunero se fue construyendo también alrededor de aquellas mesas.
Porque Casa del Puntero no era únicamente el lugar al que se iba antes o después de un ensayo. Durante muchos años fue también uno de esos rincones de La Laguna donde las fiestas, la música y la vida cotidiana se mezclaban de tal manera que resultaba difícil saber dónde terminaba una cosa y empezaba la otra.
