Ventas, bodegas, tabernas y cafeterías del entorno de la Catedral de La Laguna «Antonio el Puntero» (XVII). Por Julio Torres

Cuando las luces tenían nombres y apellidos

Hoy las iluminaciones navideñas se contratan a empresas especializadas, que disponen de modernos equipos, sistemas de montaje y tecnología que permite realizar decoraciones de extraordinaria complejidad. Nada de eso existía en aquella Laguna de mediados del siglo pasado, donde había que recurrir al ingenio, al conocimiento de los oficios y, sobre todo, a la voluntad de colaborar. Las estructuras se fabricaban después de terminar la jornada laboral, las bombillas se pintaban a mano, los portalámparas se colocaban uno a uno y las decisiones se tomaban, muchas veces, alrededor de una mesa en Casa del Puntero. Quizá por eso aquellas primeras iluminaciones dejaron un recuerdo tan especial entre quienes tuvieron la oportunidad de contemplarlas, porque, aunque no fueran tan espectaculares como las actuales, tenían algo que difícilmente puede medirse en metros de cable o en número de bombillas: el trabajo, la ilusión y el entusiasmo de una ciudad.

Y tenían, sobre todo, nombres y apellidos. Los de aquellos hombres de la peña «Caldisín» que, entre un vaso de vino y un plato de pescado en Casa del Puntero, contribuyeron a escribir una pequeña, pero entrañable, página de la historia de la Navidad lagunera.

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