Tras la huella de la Iª Peregrinación tinerfeña a Roma en 1950 (XIX). El regreso a Nápoles (II)

In las imágenes Nápoles en 1950, tal y como la conocieron los peregrinos tinerfeños.

Hagamos un alto sobre la marcha, sin embargo, porque, de pronto, abajo, a la izquierda de la carretera de nuestro tránsito, tranquilo y solitario, brillante como un espejo, remansado y silencioso, aprisionado entre montañas de perpetua vegetación, como despertando del letargo de la noche al contacto del sol que en este momento se le acerca acariciante, nos ha sorprendido la existencia de un lago de regulares dimensiones, que más bien parece un gran estanque represado: trátase del lago Albano. Encantadora visión desde esta altitud nos ofrece el lago en esta festiva mañana. Adhirióse la mirada tan fuertemente al plato de cristal de su líquida superficie, a la circular línea de todo su contorno, aquella que separa el agua de la tierra, a las laderas de los montes que lo rodean a la blancura de las casas por ellas diseminadas, que al intentar apartarla por tener que seguir adelante, prodújose en nuestra alma una especie de abatimiento hijo del desconsuelo. Un poco más allá de donde lo estamos contemplando, en un mismo plano horizontal a nuestro mirador, álzase majestuoso el Castillo de Castelgandolfo, residencia veraniega del Santo Padre, el cual parece estar presidiendo, con su elegante esbeltez, recoleto y silencioso, aquella sorprendente creación de la naturaleza panorámica.

Continuada nuestra marcha, media hora después, se nos pre¬senta otro lago: el Nemi, más alargado, sinuoso, pero de menor belleza que el anterior, y entramos en el Agro Pontino, cuyas proximidades evocan el lugir del martirio de Santa María Geretti.

Vamos recorriendo un extenso territorio convertido, también por brillante ejecutoria de Benito Mussolini, de llanura pantanosa e inculta, desértica e insalubre, donde imperaba la malaria, ea paraje de exuberante producción, completamente saneado y foco de acrecimiento de riqueza para el acervo nacional italiano. El sistema empleado para la obtención de este resultado práctico fué el drenaje o desagüe de todo aquel terreno pantanoso, pues, una vez obtenido el saneamiento hidráulico, fué cosa fácil conseguir la transformación agraria. Así, a la derecha de nuestra carretera y siguiendo el curso de la misma, vemos iniciarse una especie de canal el cual va aumentando en anchura y en caudal a medida que vamos dejando terreno detrás, debido a las cortadas que en forma transversal se han hecho al terreno, las que afluyen todas al canal. Llega un momento en que este canal se convierte en un verdadero río en el que, a tramos más o menos largos, aprécianse algunas compuertas que lo sangran, por medio de las cuales se le suministra al terreno el agua que necesita y cuando la necesita. Viñedos y campos de patatas, arrozales y hortalizas, naranjales y otras muchas variedades frutales, tomateros, caña brava, terrenos de pan llevar, nopales entre los caseríos de los Lepinos, cabezas de ganado sobre todo ovejuno, como en una cinta cinematográfica han ido apareciendo a lo largo de nues¬tro recorrido.

Hemos llegado otra vez a Terracina; ahora, de día. Es una población de 24 mil habitantes, lugar de veraneo, pues comprobamos que se encuentra junto al mar, que tiene un clima excelente y que cuenta con muchos y modernos hotelitos. Fueron breves los instantes de nuestra permaneneia en este lugar. Hecha una ligera consumisión en el café que ya conocíamos, reanuda¬mos la marcha a lo largo de un terreno montañoso y abrupto, pe¬ro agrícolamente bien aprovechado. Admiremos todavía el Golfo de Gaeta y entremos por fin en Nápoles. Son las cuatro de la tarde. Hemos recorrido 232 kilómetros.

Algunas insidencias, sin otra consecuencia que retardarnos el viaje algo así como dos horas, ocurrieron en esta jornada de retorno: un encontronazo con una camioneta que subía hácia Monte Porcio y nuestro autocar número 4, donde viajaban los simpáticos y alegres chicos del «Frente de Juventudes», siendo el choque en una curva un tanto cerrada y de costado y sufriendo desperfectos ambos vehículos, aunque no de gran importancia. Reanudada la marcha, y a los cinco minutos escasos del anterior encuentro, cuando aún no nos habíamos repuesto del susto, el mismo autocar vuelve a enfrentarse con un tranvía que proceden¬te de Roma se dirigía también a aquel lugar de donde nosotros descendíamos. La pericia y rapidez de los dos conductores, fre¬nando sus respectivos vehículos, dejó a estos materialmente pegados de frente sin que rozaran en lo más mínimo. Anotemos, por último, el percance ocasionado por agotamiento del motor de otro de nuestros autocares, uno de los que salieron de Ostia, el cual tuvo que ser remolcado desde Terracina a Nápoles.

También te podría gustar...