Seis días con Cervantes y D. Quijote de la Mancha (V)

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La composición del Quijote. Por Ellen M. Anderson y Gonzalo Pontón Gijón

No hay, pues, unanimidad en torno a la fecha inicial: 1605, 1607, incluso 1609 son los años más favorecidos. En cambio, parece existir cierto consenso sobre la posibilidad de que Cervantes detuviera la redacción de la obra, acaso hacia 1611-1612 para dar fin a las Novelas ejemplares (1613). Esa hipotética solución de continuidad, defendida de forma explícita o implícita por Murillo, Nicolás Marín y Eisenberg, se ubica en torno al capítulo 30, antes del inicio de las aventuras en el palacio de los duques. Es indudable que la Segunda parte presenta tres grandes secciones narrativas (capítulos 1-29, primeras aventuras de los protagonistas; capítulos 30-58, estancia en el mundo palaciego de los duques, con las aventuras de la ínsula; capítulos 59-74, conclusión de la obra, marcada por la presencia del apócrifo), y que la primera de estas secciones despliega unas peripecias y unos personajes más cercanos a los de la Primera parte que a los del resto de la continuación. Tal circunstancia se ha tenido por señal de una composición no demasiado alejada del Quijote de 1605.

Abunda en esta presunción la aventura del barco encantado (capítulo 29), que ha despertado sospechas sobre su ubicación primitiva. Después de la aventura de la cueva de Montesinos y el episodio del pueblo de los rebuznadores, en las proximidades de las lagunas de Ruidera, don Quijote y Sancho alcanzan las orillas del Ebro en apenas dos días («Por sus pasos contados y por contar, dos días después que salieron de la alameda llegaron don Quijote y Sancho al río Ebro», II, 29, 867), lapso inverosímil para una distancia cercana a los quinientos kilómetros. Por otra parte, la aventura acaba con una nota de decepción que será típica de capítulos posteriores, como el episodio de la manada de toros (58) o el de la piara de cerdos (68). Quizá en un plan primitivo la aventura fluvial sobrevenía después de la estancia con los duques, y Cervantes la desplazó a su posición actual cuando renunció a seguir la derrota de Zaragoza.

Ya se ha indicado que en la Segunda parte no abundan las incongruencias que delaten estadios de redacción previos. El único lugar claramente anómalo se encuentra en el capítulo 45, el primero sobre la estancia de Sancho en la ínsula Barataria. A su llegada, el mayordomo le dice al nuevo gobernador que los habitantes esperan que responda a una pregunta «que sea algo intricada y dificultosa» (II, 45, 992), pero Sancho se pone de inmediato a resolver litigios entre sus gobernados. ¿Hay que entender que Cervantes olvida la prueba? Quizá, como aventura Martín Morán, esta pueda identificarse con la «pregunta que un forastero le hizo» (II, 51, 1045) al gobernador a propósito del puente de la horca, seis capítulos más adelante. Pero eso no es todo: tras aclarar Sancho el pleito de las caperuzas, el narrador admite que «si la sentencia pasada de la bolsa del ganadero movió a admiración a los circunstantes, esta les provocó a risa» (II, 45, 994). Sin embargo, la sentencia de la bolsa no se menciona hasta unas páginas más abajo, después del episodio del báculo. Flores ha propuesto una explicación de este desorden a partir de un trastrueque del original en la imprenta; con todo, lo más probable es que Cervantes cambiara de parecer en la elaboración de los juicios de Sancho, y desplazara el episodio de la bolsa al último lugar, quizá añadiéndolo en el manuscrito usado en la imprenta, alterando una hipotética serie primitiva bolsa-caperuzas-báculo en caperuzas-báculo-bolsa. ¿A qué fin? Quizá para ordenar los elementos según la capacidad de suscitar la admiración de los lectores, que crece a medida que el ingenio de Sancho se aguza: ante el primer pleito, sentido común; en el segundo, perspicacia para descubrir el engaño que se ofrece ante sus ojos; en el tercero, astucia al provocar que la culpable se ponga en evidencia. Como sucede a menudo en la Primera parte, Cervantes no habría borrado por completo las huellas del estadio anterior. Pero no son estas las únicas incoherencias detectadas en la historia del gobernador Sancho. El capítulo 51, que contiene el intercambio de cartas entre este y don Quijote, presenta un final que parece señalar la conclusión del episodio: «En resolución, él ordenó cosas tan buenas, que hasta hoy se guardan en aquel lugar», y se nombran «Las constituciones del gran gobernador Sancho Panza» (II, 51, 1053). Además, la existencia de esas constituciones u «ordenanzas tocantes al buen gobierno de la que él imaginaba ser ínsula» (II, 51, 1052) es desmentida más tarde por el propio Sancho ante los duques: «aunque pensaba hacer algunas ordenanzas provechosas, no hice ninguna, temeroso que no se habían de guardar» (II, 55, 1083). Eisenberg deduce de ello que el episodio se elaboró en fases sucesivas, e, incluso, que pudo darse una interpolación de materiales previos. Lo cierto es que estas anomalías no afectan en lo sustancial al desarrollo de la historia, ni mucho menos a su concepción, pero ponen de relieve que las incongruencias textuales son más frecuentes cuando Cervantes opta por una construcción episódica, que le permite modificar más libremente la peripecia en revisiones posteriores.

Si hay un hecho indiscutible en la génesis de la Segunda parte es que la continuación de Alonso Fernández de Avellaneda alteró la forma final de la novela. ¿En qué momento conoció Cervantes el libro? La licencia de publicación es del 4 de julio de 1614; en rigor, Cervantes podría haberlo leído a fines de ese mismo mes, pero lo más probable es que llegara a sus manos en el otoño. La primera mención inequívoca de la existencia de una continuación falsa se halla en el capítulo 59: «Por vida de vuestra merced, señor don Jerónimo, que en tanto que traen la cena leamos otro capítulo de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha» (II, 59, 1110). La crítica cervantina ha preferido creer que el escritor convirtió a la novela de Avellaneda en materia literaria inmediatamente después de leerla, con lo cual la mención del capítulo 59 señalaría a la posteridad el momento en que conoció la obra. Sin embargo, las cosas no tuvieron que suceder necesariamente de ese modo: es posible que Cervantes leyera el libro, decidiera los cambios que iba a imponer al suyo y escogiera finalmente el lugar más adecuado para introducir la primera mención del apócrifo. Cierto que el lugar más adecuado significa también el que implica un menor número de cambios, pero no puede descartarse que revisara material ya escrito, e incluso que desechara algunas páginas.

Las consecuencias más evidentes provocadas por la continuación de Avellaneda fueron el cambio de itinerario de Zaragoza a Barcelona y la inclusión del rival en la trama de la obra. Sobre el primer aspecto resultan elocuentes las palabras de don Quijote, al término del capítulo 59: «Por el mismo caso … no pondré los pies en Zaragoza y así sacaré a la plaza del mundo la mentira dese historiador moderno» (II, 59, 1115). Es sabido que el designio de ir a las justas de Zaragoza se presentaba al final de la Primera parte («solo la fama ha guardado, en las memorias de la Mancha, que don Quijote la tercera vez que salió de su casa fue a Zaragoza, donde se halló en unas famosas justas que en aquella ciudad se hicieron, y allí le pasaron cosas dignas de su valor y buen entendimiento», I, 52, 591), pero ello no implica que Cervantes previera a esa altura el rumbo de la Segunda parte. De lo que no puede dudarse es de que ambos continuadores se hicieron eco de la invitación con que concluía la novela de 1605. El cambio de rumbo comportó la inclusión de nuevas historias (Roque Guinart, la visita a la imprenta, la aventura de las galeras) y la remodelación de algunas ya previstas (la continuación de la historia de Ricote, la derrota del protagonista a manos de Sansón Carrasco). Es muy probable que Cervantes se sintiera en la necesidad de completar cuanto antes su novela, para atenuar los efectos del apócrifo. Las lógicas prisas implicaron acaso una selección de los materiales: algunas de las últimas historias (Roque Guinart, la cabeza encantada, el episodio de las galeras) son unidades narrativas que exigían relativamente poco esfuerzo al escritor, por tratarse de invenciones cuya estructura y contenido le resultaban familiares.

Las menciones a la novela de Avellaneda se reiteran en el tramo final de la obra: tras su inclusión en el capítulo 59, regresará a escena en la imprenta barcelonesa (capítulo 62), la visión infernal de Altisidora (capítulo 70), el encuentro con don Álvaro Tarfe (capítulo 72) y el testamento de Alonso Quijano (capítulo 74). No falta alguna imitación inequívoca de pasajes de Avellaneda: por ejemplo, la ironía de don Antonio Moreno dirigida a Sancho, «Acá tenemos noticia … que sois tan amigo de manjar blanco y de albondiguillas, que si os sobran las guardáis en el seno para otro día» (I, 62, 1133), remite a un episodio del capítulo 12 apócrifo («Y apartándose a un lado, se comió las cuatro [pellas] con tanta prisa y gusto como dieron señales dello las barbas, que quedaron no poco enjalbegadas del manjar blanco; las otras dos que dél le quedaban se las metió en el seno, con intención de guardarlas para la mañana», p. 230). Durante la resurrección de Altisidora, en el capítulo 69, le colocan a Sancho una coroza en la cabeza, para lo que tiene que despojarse de su caperuza. Cervantes no había mencionado antes ese tocado, inseparable del escudero falso.

Esos indicios de imitación resultan más problemáticos cuando se manifiestan en lugares de la novela anteriores al capítulo 59, pues de ser ciertos implicarían que Cervantes volvió sobre sus materiales para introducir retoques, e incluso episodios enteros. Se ha destacado el parecido entre la destrucción del retablo de Melisendra (capítulo 26) y el acceso de locura del don Quijote apócrifo durante la representación de El testimonio vengado (capítulo 27); asimismo, las dos segundas partes contienen sendas cartas de Sancho a su mujer. Por último, algunos parecidos textuales detectados por Martín de Riquer resultan demasiado evidentes para no encubrir una imitación: al fragmento de Avellaneda «yo le tengo aparejado aquí el rucio, en que podrá ir como un patriarca. El cual, como ya sabe, anda llano de tal manera, que el que va encima puede llevar una taza de vino en la mano, vacía, sin que se le derrame gota» (capítulo 9, pp. 176-177) parece corresponder el de Cervantes «lleva un portante por los aires sin tener alas, que el que lleva encima puede llevar una taza llena de agua en la mano sin que se le derrame gota, según camina llano y reposado» (II, 40, 952). La cuestión aún no ha sido aclarada de un modo satisfactorio, pero parece evidente que estas coincidencias revelan puntos de contacto o imitación previos al capítulo 59. Abandonadas ya, por improbables, las hipótesis sobre algún tipo de influencia anterior a la impresión (así, que Cervantes hubiese leído el manuscrito de Avellaneda, como creía Ramón Menéndez Pidal, o bien que Avellaneda hubiese sabido de algunos episodios de la continuación cervantina, como supuso Stephen Gilman), parece sensato pensar que Cervantes revisó algunos pasajes de la novela que preceden al lugar por el que iba cuando conoció la obra de su imitador. Marín, que sostiene que los retoques afectaron prácticamente a todo el texto, encarna la posición extrema de este argumento.

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