Seis días con Cervantes y D. Quijote de la Mancha (II)

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La composición del Quijote. Por Ellen M. Anderson y Gonzalo Pontón Gijón

Cervantes escribió la Primera parte del Quijote a lo largo de un período de tiempo bastante dilatado, durante el cual su concepción de la obra fue creciendo y cambiando. Según parece, los capítulos 1 a 18 se escribieron como texto seguido, sin divisiones internas y, por consiguiente, sin epígrafes. Es posible que Cervantes abandonara la historia durante un tiempo, mientras se dedicaba a otros proyectos, y que al regresar a ella decidiera desarrollarla y dividirla en capítulos: tal decisión se produjo en la linde del actual capítulo 19. Los cambios pudieron deberse a la voluntad de interpolar nuevos materiales en lo que ya había escrito; así, la nueva y más elaborada parodia de las novelas de caballerías que Cervantes tenía en mente implicaba una división retrospectiva del texto.

¿Qué clase de adiciones realizó Cervantes y cómo las concilió con lo que ya había escrito? Stagg recuerda que una novela, a diferencia de lo que sucede con la narración breve, se abre camino mediante la acumulación de detalles, que generan una atmósfera particular. La trama novelesca se desarrolla a través de la proliferación de episodios y la elaboración compleja de sus elementos. Al volver a su historia, Cervantes interpoló pasajes que confirieron a la trama un alcance mayor (lo que le permitía alargarse a voluntad y resultar creíble), al tiempo que añadía detalles precisos. Parecen muestra de ello las redundancias del capítulo 5 (la reiteración de la amistad que el cura y el barbero profesan a don Quijote; la repetición del topónimo del Campo de Montiel; la identificación del maltrecho protagonista por parte del labrador Pedro Alonso como «señor Quijana», circunstancia que repite y contradice la multiplicación de nombres del capítulo 1), que se insertaron durante la revisión que convirtió al texto en una narración mucho más extensa.

Mientras iba conformándose la idea del Quijote como parodia de los libros de caballerías, Cervantes tuvo que introducir cambios en pasajes preexistentes y añadir episodios completos que concentraran o amplificaran ese foco paródico. Según Stagg, la más célebre de esas interpolaciones tempranas fue probablemente el escrutinio de la librería. El episodio está entre dos capítulos (5 y 7) en los que Cervantes, acaso por imitación del Entremés de los romances, presenta a su protagonista declamando versos del romancero, en lugar de frases tomadas de los libros de caballerías. La interpolación del capítulo 6 parece demostrarse asimismo porque el episodio entraña una contradicción: el ama de don Quijote quema sus libros mientras este duerme; sin embargo, en el párrafo siguiente, el cura y el barbero deciden que «le murasen y tapiasen el aposento de los libros, porque cuando se levantase no los hallase» (I, 6, 89). ¡Un aposento cuyo contenido acaba de reducirse a cenizas! La incoherencia podría indicar que el episodio del escrutinio y auto de fe se escribió posteriormente y se insertó entre los actuales capítulos 5 y 7.

Al tiempo que realizaba estos cambios, Cervantes inició la división en capítulos, empezando por el actual número 18, donde se localiza la primera mención al respecto. Robert M. Flores piensa que el escritor se limitó a insertar en el lugar en que debía de producirse la solución de continuidad las palabras «lo que se dirá en el siguiente capítulo» (I, 18, 198), tras las que escribió un epígrafe que resumía los contenidos de la nueva sección. A su juicio, la elección de los lugares en que se operó la división retrospectiva dependió menos de la lógica narrativa que de exigencias prácticas, como el ahorro de tiempo, trabajo y papel. Es probable, así, que las últimas y las primeras palabras de cada capítulo se escribieran en la hoja o página contigua del manuscrito original. Ello habría permitido a Cervantes interpolar pulcramente el encabezamiento del nuevo capítulo en la parte superior de la página siguiente, sin alterar en lo más mínimo los contenidos de las secciones. Aunque esta forma de proceder dio buenos rendimientos, su arbitrariedad produjo un tipo de error que aumenta en número e importancia a lo largo de la Primera parte: los epígrafes incorrectos (por ejemplo, el del capítulo 10, en que califica de «yangüeses» a los «gallegos»). Es posible que Cervantes escribiera esos epígrafes bastante después de poner fin a la redacción original, lo que explicaría el olvido de algunos detalles. Al igual que sucede en el resto de sus obras, Cervantes no revisó en profundidad los capítulos cuando introdujo cambios. Lo cierto es que las discrepancias entre contenido y encabezamiento se reiteran a lo largo del libro.

Una característica fundamental de los métodos de redacción y revisión de la Primera parte del Quijote es la tensión entre el desarrollo de la trama principal y la elaboración de episodios individuales e historias intercaladas. Parte de la crítica piensa que la imagen mental que Cervantes tenía de su historia progresaba unidad a unidad, episodio a episodio, sobre todo a partir del capítulo 9. José Manuel Martín Morán ha sostenido que Cervantes era materialmente incapaz de imaginar como un todo coherente una trama tan extensa: mediante formas de composición oral, habría empleado un método próximo al collage, yuxtaposición suelta de episodios e historias, con los que habría conformado una narración continua. La imaginación cervantina prefería como unidad básica de composición el episodio en lugar de la trama unificada; ello contribuiría a explicar la proliferación, a lo largo de la Primera parte, de historias intercaladas, conectadas de forma muy leve con las aventuras de don Quijote. Del mismo modo, esta hipótesis permite dar cuenta de la descuidada revisión cervantina: sencillamente, cuando el escritor se concentraba en la escritura o corrección de un capítulo concreto no era capaz de retener una imagen coherente y detallada de toda la historia.

Si bien no puede negarse la influencia de los métodos de composición oral en Cervantes, es cierto que tal influencia no lo explica todo. En primer lugar, la trama única y unificada, tan admirada por los novelistas del siglo xix, no gozaba del mismo prestigio a principios del siglo xvii. Además, el autor del Quijote tuvo que enfrentarse al mismo problema que Mateo Alemán, López de Úbeda y otros pioneros de la ficción extensa: ¿cómo mantener el interés del lector a lo largo de un número elevado de páginas, sin menoscabo de la verosimilitud y el decoro narrativos? ¿Lograrían unos pocos personajes, con puntos de vista y experiencias restringidos, entretener a un público en disposición de leer y releer las mismas páginas una y otra vez? La popularidad de la novela de caballerías invitaba a esperar una respuesta negativa. Por otra parte, el crédito concedido a Heliodoro y sus imitadores confirmaba el atractivo que tenían las tramas con muchos y variados episodios.

Alonso López Pinciano, en su Philosophía antigua poética, recomendaba la armonización de unidad y diversidad mediante la inclusión en la trama principal de episodios ajenos a esta. Parece indisputable (o al menos así lo creen Stagg y Martín Morán) que Cervantes recurrió al tratado del Pinciano para encontrar respuestas a los problemas que le planteaba la composición de una obra de ficción extensa que resultara interesante, y por lo tanto comercial. El escritor halló en ese libro una exhortación a variar la historia y a capturar la atención del lector mediante la inclusión de episodios que fueran tan interesantes que pudieran separarse de la narración principal y disfrutarse por sí mismos. A partir del capítulo 22 de la versión impresa, el número de episodios de este tipo se multiplica. En el esquema primitivo, los veintidós primeros capítulos se centraban en las aventuras de don Quijote y Sancho; los demás, escritos bajo la influencia de la reciente lectura del Pinciano, se decantaron por las historias intercaladas.

Aun si Cervantes pensó desde un principio en este orden y procedimiento de composición, tal perspectiva nos permite aclarar sus modos de revisar y trasladar materiales previos para ajustarse a la idea —siempre en evolución— del tipo de libro que estaba escribiendo. Dos excelentes ejemplos de esta fase de composición son los problemas ocasionados por la redacción y la transposición de la historia de Grisóstomo y Marcela (los actuales capítulos 11-14) y la desaparición de la montura de Sancho.

Según Stagg, Cervantes escribió el episodio de Grisóstomo y Marcela dentro del conjunto narrativo que hoy conforman los capítulos 21-25, y luego lo trasladó de esa ubicación original al lugar que ocupa en la primera edición. Esta hipótesis explica una serie de discrepancias narrativas presentes en la versión publicada:

  1. El epígrafe del capítulo 10 («De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno y del peligro en que se vio con una caterva de yangüeses», 112) no se corresponde con su contenido: el combate con el vizcaíno ha concluido al final del capítulo 9, y la aventura de los gallegos no ocurre hasta el capítulo 15, después de la historia de Grisóstomo y Marcela. La incorrección del epígrafe parece indicar que en alguna fase de elaboración de la novela el episodio de los arrieros seguía al del vizcaíno.
  2. Una extraña frase de Sancho Panza, que presenta la aventura de los gallegos como inmediata a la del vizcaíno: «¿Quién dijera que tras de aquellas tan grandes cuchilladas como vuestra merced dio a aquel desdichado caballero andante había de venir por la posta y en seguimiento suyo esta tan grande tempestad de palos que ha descargado sobre nuestras espaldas?» (I, 15, 163). Ello aumenta la impresión de que los capítulos 11-14 se interpolaron.
  3. Tras el combate con el vizcaíno, don Quijote y Sancho entran en un bosque, a primera hora de la tarde, y comen al final del capítulo. Esta secuencia aparece repetida en su integridad, de forma innecesaria, al inicio del capítulo 15. Cervantes utiliza las mismas palabras para describir las dos comidas y su atmósfera de cordialidad («en buena paz y compaña/compañía», I, 10, 118, y 15, 159).

Lo más probable es que Cervantes diseñara, ya en su primera redacción de la obra, el ámbito del encuentro de don Quijote y Sancho con los arrieros gallegos. La interpolación de los capítulos 11-14 (posiblemente para repartir por la novela las historias independientes, en un principio concentradas en torno al capítulo 23, como se verá más adelante) obligó al autor a trasladar a sus protagonistas de la majada de los cabreros a un escenario de llanuras y espacios amplios, parecido al que habían abandonado en el capítulo 10. Apurando ese argumento, puede afirmarse que la persecución de Marcela por parte de don Quijote tiene menos que ver con un intento de ridiculizar al hidalgo como caballero andante que con su utilidad como mecanismo para situar a la pareja protagonista en un espacio adecuado al encuentro con los arrieros. En su revisión, Cervantes habría modificado el final del capítulo 10 y el principio del capítulo 15, reparando así las nuevas y evidentes fracturas de la historia.

 


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