San Juan Bautista, patrón de la ciudad contra la peste (IV), por Carlos Rodríguez Morales

Las fiestas de junio y el culto en la ermita

La relevancia devocional de san Juan Bautista propició que la festividad de su nacimiento, el 24 de junio, sobresaliera en el calendario litúrgico. Esto, unido a su coincidencia con el solsticio de verano —con todo lo que supone— explica que haya noticias sobre su celebración en La Laguna a cargo del Concejo desde fechas tempranas, previas a su declaración como patrono[1]. Los acuerdos capitulares recogen respecto a varios años que ese día se corrían toros en la plaza mayor[2] y además las ordenanzas de la isla prescribían, suponemos que para esta primera etapa, «que se encargue siempre a los caballeros que vbieren de jugar cañas, que salgan y jueguen lo mejor que fuere posible»[3]. El voto de 1582 determinó una nueva forma de organizar los festejos conforme a la recién estrenada condición del santo como protector de toda la ciudad, aunque la construcción de la ermita se retrasó más de lo previsto y, por lo tanto, también la entronización en ella del titular[4]. La documentación permite considerar que la primera fiesta celebrada con la nueva escultura tuvo lugar en su ermita, aún sin concluir, en 1584. Tras su llegada a la Isla la imagen permaneció en la iglesia parroquial de Santa Cruz hasta que a comienzos de junio de aquel año se decidió su traslado hasta La Laguna, primero hasta la Ermita de Nuestra Señora de Gracia, a donde se acudiría en procesión a recibirla, y luego hasta la Ermita de San Miguel, donde se celebrarían las vísperas. El día de su festividad, la efigie sería conducida hasta su templo y allí, aderezado «lo mejor que se pudiere», se celebraría la misa mayor. El acta de la sesión capitular en la que se trató sobre este asunto informa, además, sobre algunos detalles de los festejos: «e se hagan dansas y se corran toros, aya regoçijo de a cavallo e juego de cañas e se haga la demás solenidad e fiesta que convenga e luminarias e se comete a los señores diputados lo hagan hazer y vnas andas en que venga e que la arcabusería salga a resebirle e se pregone públicamente para que todos lo sepan y entiendan, atento ques patrón desta çiudad»[5].

En 1602 la ermita fue reducida a la jurisdicción de la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción y quedó estipulado que para la fiesta de san Juan «las dos perrochias desta çibdad guarden ermandad» acudiendo los beneficiados de ambas en procesión cada año, alternativamente, desde una de ellas «como se haze en las otras fiestas de çiudad»[6]. En efecto, este rango de procesión común solo era entonces compartido con la que cada mes de febrero se encaminaba al santuario de la Virgen de Candelaria, con las de los domingos de Ramos y de Resurrección y con las de las festividades de Corpus Christi, san Cristóbal y santa Ana[7]. Hubo pronto algún conflicto con los eclesiásticos a cuenta de su asistencia; en 1593 el procurador general de Tenerife Rodrigo Ruiz expuso al rey que ese año, «auiendo la çiudad pedido a los veneficiados fuesen con la dicha procesión a la dicha iglesia como solían los quales no auían querido ir ni auían ido porque luego antes de la dicha proçesión no se les auía pagado el premio dello, de que auía resultado escándalo, interrumpiendo devoçión tan justa y contra enfermedad tan contagiossa»[8].

Para disponer de fondos con los que la fiesta se celebrara «con la mayor avtoridad que pudiere y con la solenidad ques razón aver»[9], como prescribía el acuerdo del voto, el Cabildo recurrió en varias ocasiones a la corona; mediantes reales cédulas, el monarca hacía merced de gastar ciertas sumas de los bienes propios concejiles por un plazo que podía más adelante renovarse. Los documentos que conocemos sobre esta práctica cubren el periodo comprendido entre 1586 y 1751[10]. La licencia de 1601, otorgada por Felipe iii, nos permite acercarnos a la celebración durante aquellos primeros años, pues recoge algunos detalles expuestos por el procurador general de Tenerife, Bernardino de Palenzuela: «todas las gentes de la çibdad y los pueblos en su día se juntauan e yban en prosesión, i ella y la justicia y regimiento, en forma de çibdad, lleuando toda la cleresía, música y los conventos con su sera, y se desía misa i sermón, y se corrían toros i jugaban cañas, i hasían otros regosijos por onrra del santo»[11].

Además, pronto se incorporaron al programa festivo las representaciones teatrales. Contamos con varios contratos de la primera mitad del siglo xvii —fechados entre 1611 y 1645[12]— mediante los que diversos autores de comedias se concertaron con los regidores diputados de fiestas a recitar una o dos obras, comprometiéndose en alguna ocasión a introducir «entremeses, loas y danças»[13]; en todos los casos que conocemos la obligación concernía también a otras fiestas de ciudad, las del Corpus Christi y san Cristóbal. También se contrataban conjuntamente los tablados para el escenario que se levantaba en la plaza del Adelantado, así como los asientos para «las mugeres, clérigos i frailes» y los «vistuarios de la comedia», como especifica un documento de 1631[14]. Para las primeras décadas de esta centuria hay también varios documentos que informan sobre la participación de danzas en las procesiones de las tres fiestas de ciudad, contratadas por los diputados[15].

Como ermita cuyo patronato correspondía al Concejo, en 1586 se alcanzó licencia del rey Felipe ii para que se pudiese destinar la renta de dos suertes de tierra «para ayuda a vn capellán que sirua en la dicha iglessia e reparos e proçisiones que en ella se an de haçer»[16]. Esta merced fue renovada mediante reales cédulas, al menos durante el siglo xvii[17].  Aunque correspondía al Cabildo, como patrono del recinto, su ornato básico y su mantenimiento, el primer retablo mayor fue costeado por María Sánchez Encinoso, quien encomendó su hechura al carpintero Salvador López[18]. En 1671 la institución isleña encargó un tabernáculo y costeó su pintura, además de una casulla de damasco y pequeñas reformas como trastejar la capilla y enladrillarla[19].

Al margen de la fiesta anual de junio, en la que las celebraciones religiosas se entrelazaban y complementaban con actos lúdicos, entonces y a lo largo del año había culto en la ermita fruto de la piedad popular; y también su ornato se debió, en parte, a iniciativas particulares. Las noticias que conocemos son escasas y resulta difícil saber hasta qué punto son fragmentarias, pues carecemos de libros propios del templo y del primero de la cofradía instituida en 1767. Antes incluso de concluir las obras tenemos alguna noticia en este sentido. En 1587, María de Ayala dispuso en su testamento que se entregara «a la Iglesia de señor San Juan desta ciudad, que agora se haze, un retablo del descendimiento de la Cruz y dos candeleros de açófar para su altar, mando que se le dé después de acabada dicha iglesia y se diga mysa en ella a el mayordomo della»[20]. En 1592 Juan del Valle encomendó entre sus últimas voluntades la celebración de una misa por su alma «en la iglesia fabricada por el Ayuntamiento»[21]. En 1628 Luis de Palenzuela de Paz dotó una misa cantada con vísperas el día de san Juan Bautista o en su octavario en la Ermita de San Juan, asistiendo los beneficiados de los Remedios en procesión con cruz alta[22]. Cuatro años después, Juana Zambrana, «de color moreno», impuso sobre una casa que poseía en la calle de los Pescadores el pago de dos misas rezadas que debían oficiarse en el templo, una a la Virgen de Candelaria y otra a san Blas, en sus días u octavarios[23]. Décadas más tarde Ana Lorenzo tenía en la ermita una imagen de santa Lucía en cuyo honor dispuso en 1676 que se celebraran cuatro misas rezadas anuales, además de dos misas rezadas a san Juan Bautista[24].

Por algunos instrumentos notariales otorgados por miembros de la familia Cabrera de Rojas conocemos una costumbre iniciada por María de Cabrera, viuda del escribano público y mayor del Concejo Francisco de Rojas. En una preciosa cláusula de su testamento cerrado en 1600 dispuso «quen cada vn año en el día de los finados mis herederos hagan que vn saserdote diga vna misa resada por las ánimas del purgatorio e dicha vaya a donde están los simenterios de los que murieron de landres en esta siudad, que se entiende en San Christóval e San Juan, donde está enterrada mucha gente, e diga en cada vna parte vn responso y por ello se le dé seys reales de limosna al tal saserdote por que haga lo dicho y eche agua bendita en los dichos simenterios»[25]. Medio siglo después su nieta Magdalena de Cabrera dispuso algo parecido; dotó una misa rezada «en la Ermita de señor San Juan Baptista desta siudad o en la de Sant Christóual, con declarasión que vn año se diga en vna ermita y otro año en otra; y assí alternatiuamente se baya disiendo i el saserdote que la dixere después que la aya acabado diga algunos responssos en los simenterios sircumbesinos, por la notisia que tengo de haberse enterrado en dichas partes muchos fieles en tiempo de peste, esparsiendo agua bendita en ellos»[26].

Hemos documentado otra celebración especial, por infrecuente, que tenía también como escenario la Ermita de San Juan; así lo dispuso Francisco de Coronado en el testamento que escribió de su letra en 1614 y que fue abierto tras su muerte en 1620. En una de sus cláusulas indicó lo que debía realizarse «en memoria y devosión del Santísimo Sacramento que Christo, nuestro Redentor, hizo e instituió en el jueves de la sena», obligando a su cumplimiento a los sucesores en los dos vínculos que había fundado sobre el heredamiento que poseía en la Fuente del Adelantado (hoy, La Esperanza). Los jueves de Cuaresma de cada año deberían hacerse quinientos panes de trigo amasado en aquella propiedad y «se traigan a esta çiudad en vn carro acompañado d[e] vno de los susesores vinculados por sus días y se pongan en la Iglezia del señor San Juan Batista desta çiudad y allí en esta iglezia se repartan por el dicho susesor y uno de los [señores be]nefisiados v otro qualquier clérigo saserdore que el señor vicario eligiere y mandare o por el dicho señor vicario, si tu[viere] desocupasión para esta buena obra, se repartan [en]tre criaturas chicas i grandes de hasta edad de (roto) que allí acudieren, a campana tañida, en aquel dicho día de las cuaresmas a las oras que al dicho señor vicario [pare]siere hasta bísperas, a vn pan por cada criatura, y otro [a quien] trugere en brasos a los chequitos[27].

A pesar de la fuerza con la que arraigó el culto a san Juan y de su condición institucional de patrono isleño, no parece que esta devoción fuera tan popular como cabría suponer. Quizá porque su protección especializada se refería a algo muy concreto, la pestilencia, la presencia de la imagen del santo precursor en rogativas y celebraciones extraordinarias fue, hasta donde sabemos, muy limitada. En este sentido habría que advertir que a partir de 1648 el Cabildo y sobre todo la elite local promocionó el culto como abogado de la salud a san Juan Evangelista, cuya representación pictórica había sudado en la Iglesia de la Concepción. El 24 de junio de 1714 se decidió llevar la imagen del Bautista en rogativa hasta la Iglesia de los Remedios «por respeto de hallarse allí la del señor san Roque en rogativa de la salud pública»; es decir, en realidad se había recurrido a otro protector y la participación de la de san Juan fue circunstancial, al coincidir con su fiesta[28]. Tenemos noticia también de que en 1722 se llevó la efigie de nuevo a la Iglesia de los Remedios para la celebración de un novenario[29].

[1] Desde 1506 fue fiesta de guardar, declarada así por el obispo Muros. Rodríguez Mesa [2001], p. 7.

[2] Rodríguez Yanes [1997], p. 1020; García Barbuzano [2001], p. 70; Rodríguez Mesa [2001], p. 17.

[3] Las ordenanzas estiupulaban que lo mismo (correr toros y jugar a las cañas) debía hacerse el «día de Santiago en la plaça de la villa de Arriba» en lo que podría valorarse como sendas fiestas del inicio del verano en cada una de las dos villas o jurisdicciones de la ciudad. Ordenanzas [1670], f. 86v.

[4] Rodríguez González [2017].

[5] AMLL: Sección 1, Actas capitulares, oficio 2, libro 3, ff. 257v-258r, 4/6/1584. Se acordó además que hasta que concluyeran las obras la efigie quedara depositada en el Monasterio de Santa Clara. Véase también Rodríguez González [2017].

[6] AMLL: Sección 1, Actas capitulares, oficio 2, libro 3, ff. 221v-222r, 8/8/1583.

[7] Sánchez Herrero [1988], p. 831; AHDLL: Fondo parroquial de Santo Domingo de Guzmán, La Laguna, libro 157, Libro de mandatos de la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios, ff. 232r-233r, 247v-248r.

[8] AMLL: Sección 1, r-x, 35.

[9] AMLL: Sección 1, Actas capitulares, oficio 2, libro 3, ff. 164v-166r.

[10] AMLL: Sección 1, R-IX, 33, R-XI, 2 y 44, R-XII, 17 y 49, R-XIII, 6, R-XXI, 43 y Reales Cédulas y Privilegios, XI, Cuaderno I de testimonios, 85.

[11] University of Miami Libraries: Canary Islands Collection, 22.

[12] Además de los documentos citados por Rodríguez Yanes [1997], t. 2, p. 1007, podemos aportar los siguientes: AHPT: Sección Histórica de Protocolos Notariales, 924, escribanía de Bartolomé de Cabrejas, ff. 783r-784v; 928, escribanía de Bartolomé de Cabrejas,  ff. 162r-163r; y 1544, escribanía de Bartolomé de Cabrejas, ff. 153r-153v, 15/4/1627.

[13] AHPT: Sección Histórica de Protocolos Notariales, 924, escribanía de Bartolomé de Cabrejas, ff. 783r-784v.

[14] AHPT: Sección Histórica de Protocolos Notariales, 1071, escribanía de Cristóbal Guillén del Castillo, ff. 75v-76r, 22/4/1631.

[15] Añadimos a los documentos referenciados Rodríguez Yanes [1997], t. 2, p. 1002, conservados en el AMLL, uno localizado en los protocolos notariales. AHPT: Sección Histórica de Protocolos Notariales, 89, escribanía de Mateo de Heredia, ff. 32v-38v.

[16] AMLL: Sección 1, R-XI, 33.

[17] AMLL: Sección 1, R-XI, 5, R-XII, 2.

[18] Tarquis/Vizcaya [1977], pp. 205-206.

[19] Rodríguez Yanes [1997], t. 1, p. 462.

[20] AHPT: Sección Histórica de Protocolos Notariales, 1511, escribanía de Bernardino de Madrigal, ff. 352r-357r, 2077/1587. En un nuevo testamento, otorgado dos años después, reiteró esta voluntad, además de la entrega de unos manteles. AHPT: Sección Histórica de Protocolos Notariales, 671, escribanía de Lucas Rodríguez Sarmiento, f. 437v, 5/8/1589.

[21] Rodríguez Mesa [2001], p. 10.

[22] AHPT: Sección Histórica de Protocolos Notariales, 480, escribanía de Juan de Azoca Recalde, 147r-150r.

[23] AHPT: Sección Histórica de Protocolos Notariales, 484, escribanía de Juan Alonso Argüello, ff. 433r-438r, 8/9/1633.

[24] AHPT: Sección Histórica de Protocolos Notariales, 297, escribanía de Bernardino Reguilón, ff. 229v-230v, 10/2/1676.

[25] AHPT: Sección Histórica de Protocolos Notariales, 795, escribanía de Juan Cabrera Real, s.f., 20/1/1600. Se da la circunstancia de que María de Cabrera fue suegra de Bernardino Justiniano, encargado por el Concejo de las obras de la Ermita de San Juan; y también del licenciado Diego de Arguijo, que junto a su hermano Gaspar propició la adquisición en Sevilla de la imagen de San Juan Bautista, como ha documentado Rodríguez González [2017].

[26] AHPT: Sección Histórica de Protocolos Notariales, 285, escribanía de Simón Fernández de Villarreal, ff. 60r-68r, 9/3/1655.

[27] AHPT: Sección Histórica de Protocolos Notariales, 479, escribanía de Juan de Azoca Recalde, f. 200v, 12/5/1614 (abierto en 1620). Este puede ser el origen de la tradición, que aún se mantiene, de repartir panes en la ermita la víspera de san Juan.

[28] En esa ocasión, el Cabildo ofreció un manto a la imagen de San Juan. AMLL: Sección 1, Actas capitulares, oficio 1, libro 34, ff. 79r-79v, 2/7/1714.

[29] AHDLL: Fondo Histórico Diocesano, Documentación organizada por pueblos, legajo 8.

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