La Laguna Ahora.-Resulta de todo punto imposible conocer las raíces exactas y establecer la fecha de origen del villancico, término que deriva de villano -esto es, aldeano o plebeyo- y que literalmente significa “canto rústico o del pueblo”.
Establecido, pues, en lógica correspondencia con la procedencia del término, que los villancicos son cánticos populares, se sabe que éstos formaban parte de las actuaciones de los juglares y danzantes que amenizaban las fiestas navideñas de los señores feudales, y que fue así como se propagaron por todos los pueblos de Europa durante la Edad Media, especialmente a partir del s. XIV
Sin embargo, será sólo en torno a finales del s. XV o principios del XVI cuando el villancico aparece como música popular adaptada a los cánticos religiosos de las fiestas navideñas. Fue cuando el arzobispo de Granada, F. Hernando de Talavera, entre otros, autorizó la sustitución de los responsorios entonados en los maitines de Navidad -tradicionalmente en latín- por villancicos.
Así, si bien durante el Renacimiento prosperó el villancico profano, que desde España se extendería, tras el descubrimiento de América, por todo el nuevo continente, despuntando el s. XVIII la Iglesia consideró que este tipo de cantos tan festivos no encajaban con los asuntos religiosos, por lo que intentó erradicarlos a golpe de sanción. Pero, tal vez porque no se puede luchar a contracorriente de lo que el tiempo y las raíces convierten en tradición popular, tal vez porque muchos clérigos, frailes y monjas -entre los que cabe citar a Fray Iñigo de Medonza, Santa Teresa de Jesús o a San Juan de la Cruz- se habían dedicado a componer villancicos en especial para la Navidad, las autoridades eclesiásticas acabarían decidiendo, avanzado el s. XVIII, que estarían exentos de castigo los cánticos populares que acompañaran a las festividades de Navidad y de Corpus Christi. El gusto por los villancicos alcanzó en este siglo una dimensión tan extraordinaria que las catedrales ricas imprimían los textos que repartían a los fieles la noche de Navidad en bandejas de plata servidas por monaguillos vistosamente ataviados. Las iglesias que distribuían los textos con anterioridad exigían que éstos debían mantenerse en secreto, en algunos casos bajo pena de excomunión. Y es que durante el Siglo de Oro el villancico alcanza su plenitud en España, de la mano de Lope de Vega. Populares y aceptados, los villancicos se acompañaban de palmas y de instrumentos como la zambomba y la pandereta. Recuperamos aquí dos estrofas pertenecientes a dos villancicos emanados de la genialidad de Lope de Vega. La primera referida a la búsqueda infructuosa de albergue de San José y la Virgen:
Una Virgen y un Cordero
hoy sin albergue se ven
porque no quiso Belén
más que abrigar al dinero.
Y la segunda a la Adoracón de los Magos de Oriente:
Reyes que venís por ellas
no busqueís estrellas ya
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas.
Puesto que el villancico se ha cultivado en todas las épocas, además de los ya citados, compositores destacados de los mismos han sido: Encina, M. Flecha el Viejo, P. de Pastrana, C. Morales y Gómez Manrique, así como algunos poetas de la Generación del 27.
Si bien ha sido en España donde este género ha evolucionado de una forma más rica, existen cantos similares en Inglaterra -donde también es tradicional ir cantando por las calles de puerta en puerta para pedir el aguinaldo- y en Francia. Así, en Canadá existe un coro dedicado exclusivamente a interpretar villancicos: Los Pequeños Cantores de Montreal. Fundado en 1956 por Leandro Braul, está compuesto por voces blancas de niños entre cinco y doce años.
Hasta aquí un breve esbozo de la historia del villancico en España, en la que hemos omitido aspectos tales como su estilo polifónico, estructura del fraseo, modificaciones que dichos aspectos han experimentado con el transcurrir de los siglos, recopilaciones efectuadas desde el siglo XV.

