PREGÓN DE SEMANA SANTA 2017 San Cristóbal de La Laguna (III). Por Eduardo Rodríguez Rodríguez

Dame un punto de apoyo…
¡Qué bien, muestra esa vida la imagen que hemos escogido este año para el cartel y el programa de Semana Santa! La imagen del Viviente, del que está vivo, del Resucitado. Del Dios que nos grita que la muerte no ha podido con Él, que el sepulcro ya no es su casa. Que se acabaron todas las muertes que arrastra el corazón humano porque Él decidió cargarlas sobre sí mismo y aplastarlas con su vida.
Ya escribió Bonhoeffer, el teólogo y mártir alemán que sufrió las consecuencias del nazismo: “Para los hombres de hoy hay una gran preocupación: saber morir, morir bien, morir serenamente. Pero saber morir no significa vencer a la muerte. Saber morir es algo que pertenece al campo de las posibilidades humanas, mientras que la victoria sobre la muerte tiene un nombre: resurrección. Sí, (…) es la resurrección de Cristo, lo que dará un nuevo viento que purifique el mundo actual. Aquí es donde se halla la respuesta a dame un punto de apoyo y levantaré el mundo”.
Necesitamos un punto de apoyo para nuestras vidas. Si preguntásemos a la gente cual es su punto de apoyo, lo que eleva su vida y la plenifica, seguro que muchas serían las respuestas. Unos dirán que su deseo de ser alguien, de auto-realizarse. Otros, afirmarán que es perder el tiempo hacerse estas preguntas, que la vida se pasa tan rápido, que hay que aprovechar el momento o que nada tiene sentido, que la vida es una náusea que hay que soportar.
Pero en el fondo, cuando uno se queda solo, cuando entra en sí mismo y se mira, al final, tiene que cuestionarse: ¿Qué hago aquí? ¿Cuál es la última razón de mi vida? ¿En qué se apoyan mis esperanzas? ¿Cuál es el eje de mi existencia?
Todos nos hacemos preguntas y más cuando la vida va pasando y las sienes comienzan a teñirse de plata. Permítanme, por tanto, que esta tarde, les devuelva la pregunta: ¿Cuál es el punto de apoyo en el que reposa tu vida?
¡Ojalá cada uno pueda responderla con coherencia y con verdad! Para los cristianos, lo que ha cambiado nuestras vidas es saber que son eternas, que se apoyan en la Resurrección de Jesús. ¡Cuánto cambiaría nuestra vida si los cristianos nos atreviéramos a vivir a partir de la resurrección, si viviéramos sabiéndonos resucitados!
La Semana Santa que vamos a vivir es una llamada a sentirnos amenazados de vida. De esa vida que se resiste a tanta tristeza aunque cuenta con ella. De esa vida que nos hace abrir los ojos, a descubrir, levantándole la piel a los acontecimientos, la empecinada esperanza presente en todo lo bueno, bello y verdadero.
Está cansado nuestro mundo de vendedores de tormentas, de hombres y mujeres expertos en catástrofes, certificadores expertos en muertes. Necesita nuestro mundo, hombres y mujeres con luz en el alma, con esperanza en el corazón, con fe inquebrantable en que el mal no tiene la última palabra y que solucionarlo, en parte depende de mí.
“Cristianos, ¿Qué habéis hecho de vuestra alegría?”, se preguntaba José Luis Martín Descalzo, “¿cuántos cristianos se dan cuenta de que ése es su «oficio», que ésa es la tarea que les encomendaron el día de su bautismo? Me pregunto, decía él, por qué los creyentes no «perseguimos» al mundo con la única arma de nuestras risas, de nuestro gozo interior. Me pregunto por qué a los cristianos no se les distingue por las calles a través del brillo de sus ojos. Por qué nuestras eucaristías no consiguen que salgan de las iglesias oleadas de alegría. Cómo puede haber cristianos que se aburren de serlo. Que dicen que el Evangelio no les «sabe» a nada. Que orar se les hace pesado. Que hablan de Dios como de un viejo exigente cuyos caprichos les abruman. Me pregunto, sobre todo, qué le diremos a Cristo el día del juicio, cuando nos haga la más importante de todas sus preguntas.
¿Y hoy? Han pasado veinte siglos y aún no hemos perdido el miedo. Aún no estamos convencidos de que las cosas puedan terminar bien. Y nos hemos fabricado un Dios triste, un Cristo triste, una Iglesia triste, unos cristianos aburridos (…)
Y sin embargo, lo esencial de los cristianos es ser testigos de la Resurrección. ¿Lo somos?” .
A eso les invito en esta Semana Santa. A dejarnos encontrar por el Resucitado, como se dejaron encontrar aquellos discípulos después del Calvario. A abrir bien los ojos para descubrirle detrás de cada paso procesional, de cada celebración, de cada persona con la que me encuentro, especialmente detrás de quienes peor lo pasan. Dejar que nos ayude a vernos y a entendernos como somos, que nos devuelva la ilusión perdida, que cure nuestras tristezas y angustias, que nos repita que el dolor no tiene ya la última palabra en nuestra vida, desde que Él cargo sobre sí mismo con todos ellos. Desde esa experiencia, desde ese encuentro, convertirnos en testigos de la alegría que se hace contagiosa en la Pascua. La esperanza es un riesgo que hay que correr. Cristo es un bien que humaniza.
