Pregón de las Fiestas del Cristo de La Laguna 2018 (II). Por Rosario Álvarez Martínez

«La guagüita de los cochitos» ilusión de los más pequeños hasta los primeros años de los 60. El osito de la puerta era una calcamonia que también tenían pegadas muchas cabeceras de cunas.
(…) Y qué decir de toda la parafernalia de la feria, con los caballitos del tío vivo, las norias y cochitos, artilugios mecánico-eléctricos, que empezaron a llegar más tarde ya los que todos queríamos subir, o también las tómbolas y las casetas de tiro… En fin, de esta parte lúdica de la fiesta que era la que hacía las delicias de niños y adolescentes me llegan aún algunos retazos a la memoria, que fueron truncados al trasladarse mi abuela a vivir a Santa Cruz. Ya de joven y estudiante en la Universidad subía a la fiesta la víspera exclusivamente para ver los fuegos del Risco, bellísimo espectáculo de luz y sonido con su estupenda traca final, alejándome al finalizar estos de toda aquella barahúnda que seguía teniendo la plaza con variadas atracciones que desde el punto de vista sonoro eran para mí cada vez más molestas, al estar inmersa ya por esos años en otro tipo de sonoridades. Pero nunca me olvidaré de esa inmensa algarabía que se fue acentuando con el tiempo y que ponía como ejemplo a mis alumnos cuando tenía que explicar la maravillosa música de feria ideada porIgor Stravinsky para su ballet Petrushka, en la que se pueden identificar los distintos elementos que en ella colisionan: vendedores ambulantes, el organillo de un ciego, domadores de animales, colectivos de criadas, tío vivo y sobre todo las marionetas protagonistas de la historia. La plaza del Cristo en esas fechas, y antes de la llegada de los altavoces, resumía perfectamente este bullicioso ambiente que quiso retratar el músico ruso, superponiendo distintos mundos lingüísticos que el paseante recogía como un totum revolutum confuso y aturdidor. Pero ¿dónde quedaría la alegría de una feria sin todo lo que conlleva el mundo sonoro?
En cambio, poco recuerdo sobre la parte religiosa de aquellos años, ni siquiera la procesión, núcleo fundamental de esta fiesta que encierra el momento cumbre del año en que todos los devotos del Cristo lagunero se vuelcan en su amado Señor para acompañarlo, dar gracias por los favores recibidos y contribuir con su presencia y sobre todo con la oración colectiva a mantener su culto, un culto que se dice perdura desde hace casi 500 años, aunque no existan documentos fidedignos que corroboren este aserto.
Al hilo de las lecturas que he tenido que hacer para preparar este pregón, me he dado cuenta de que tanto la llegada de la imagen a La Laguna como su autoría y los comienzos de esta arraigada devoción, no están confirmados con certeza, al no haberse encontradodocumentos que prueben las hipótesis más o menos verosímiles que prestigiosos historiadores del arte barajan, aunque el origen flamenco de la talla esté ya suficientemente demostrado, porque sus características estilísticas hablan por sí mismas. Naturalmente yo en ello no voy a entrar, porque no soy especialista en estos temas, pero sí quiero decir que a mí me parece hermoso que estas cuestiones no se hayan verificado o aclarado del todo, porque ello le confiere a la imagen un atractivo halo de misterio que ha contribuido a propagar su devoción, reforzada con el paso de los siglosporsus numerosos milagros, recogidos los más antiguos por el padre provincial de la orden franciscana fray Luis de Quirós en su libro Milagros del Cristo de La Lagunaen la fecha de 1612. Esta fecha no es lejana de aquella de 1576 en que aparece por primera vez la mención de esta imagen en las actas del Cabildo de la isla, donde se le denomina el “Crucifijo de Santa Clara”, puesto que eran las monjas franciscanas las que lo custodiaban desde 1547, al haberles cedido sus hermanos de regla su cenobio de San Miguel de las Victorias, mientras se fundaba y edificaba el suyo propio en la calle del Agua. Los frailes se habían trasladado entre tanto al hospital de San Sebastián que estaba al otro lado de la misma plaza y tuvieron muchos problemas para poder regresar a su convento, al dilatarse más de los previsto la marcha de las monjas.
En las citadas actas del Cabildo donde se habla de nuestro Cristo lagunero por primera vez, se hace con motivo de la urgente venida de la Virgen de Candelaria a La Laguna a causa de una sequía pertinaz. Era entonces el último año de estancia de las monjas en el convento de San Miguel, por lo que se solicita el permiso para sacar al Crucificado tanto al padre guardián de los franciscanos como a la madre abadesa de las clarisas, porque en aquellos momentos las monjas seguían todavía allí. Con la procesión del Cristo y de la Virgen las lluvias volvieron y la sequía finalizó ante la alegría general por el evidente milagro.El investigador Lorenzo Santana es quien nos da cuenta de este documento y más recientemente de otros extraídos del Archivo Histórico Nacional y del Archivo de la Inquisición del Museo Canario que demuestran que hasta esas fechas tardías de la década de los setenta del quinientos la devoción popular al Cristo no había prendido aún.
Es, pues, en un entorno femenino donde la devoción se impone, quizás propiciada también por el suceso extraordinario que vivió SorAlmerina de la Cruz que, según se cuenta, vio durante varias noches seguidas unas luces misteriosas en la capilla del Cristo cercana a su celda, que lo iluminaban todo, y difundió el hecho como algo sobrenatural, pensando que el Cristo deseaba un culto más exigente y especial. Fuere este hecho real o no, lo cierto es que ya en la década de los ochenta la devoción a esta imagen cobra auge debido tanto a que se requiere su obligada presencia en las rogativas tendentes a erradicar lasplagas de langosta o la sequía, sino también a la bula papal que los franciscanos obtuvieron en 1587 por la cual la capilla mayor del convento equivalía en cuestión de indulgencias a la basílica romana de San Juan de Letrán.
Es a partir de entonces cuando los documentos notariales muestran cómo la piedad femenina se vuelca en el Cristo lagunero, apareciendo mandas testamentarias con diversas donaciones para su culto o para su ajuarlitúrgico,como un velo de tafetán negro para cubrir la imagen en el caso de Catalina de Baena en 1580, dos candeleros de plata y un paño labrado de hilo de oro y plata para su altar en 1609 por parte de Francisca de Lugo, nieta del Adelantado; candelas, aparte de velar la imagen por días enteros en 1622 si nos referimos a una tal Juana Suárez, o inclusola donación de unas tierras en el Rosario para que la cofradía se ocuparade pagar el aceite necesario para tener encendida día y noche una de las dos lámparas de plata que tenía el Cristo,en el caso de María de Párraga en esas mismas fechas del seiscientos. En todos ellos aflora esa devoción femenina que irá in crescendo a partir de esos momentos. Eran los tiempos en que existía una cofradía mixta, de hombres y mujeres, que se extinguió al fundarse en 1659 la Esclavitud, formada exclusivamente por hombres de las altas clases sociales, como todos saben. De todas formas, la implicación de las mujeres a lo largo de los siglos va mucho más allá de lo que acabo de consignar. De ellas tan solo quiero añadir el arrojo y valentía que tuvieron al salvar de entre las llamas todos los objetos de culto y alhajas que pudieron en aquella aciaga noche del 28 de julio de 1810 tras declararse el pavoroso incendio que destruyó el convento de San Miguel de las Victorias para siempre, mientras los hombres se ocupaban de atajar el fuego en eledificio (…).
