PASTELES POR LA CONCEPCIÓN (III). TORRES SANTOS, J.

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El día de Navidad en casa de María Gracia: María Gracia tuvo su taller en una antigua casa solariega en la calle San Agustín, hoy desaparecida, propiedad de la familia de Nava.

Cuando llegaba la Navidad, y especialmente en Nochebuena, el taller de María Gracia se transformaba. Para recibir convenientemente, entre aromas de brezo y romero, a los asiduos clientes de entonces, sus operarios bajaban de los montes circundantes el ramaje necesario para engalanar el zaguán y el patio de la antigua casona.

La fama de sus pasteles fue tal que acudían a encargarlos –e incluso a consumirlos allí mismo, acompañándose de una copita de anís o mistela- gentes procedentes de toda la Isla, si bien eran mayoritariamente laguneros y vecinos de Santa Cruz. Y es que los pasteles laguneros se hicieron imprescindibles en las Navidades tinerfeñas, como denota esta copla, por demás cruel.

Esta noche es Nochebuena,
noche de comer pasteles;
el que no tiene dinero
se arrima “pa” las paredes.

Las vendedoras de pasteles: Hoy es la iluminación navideña de las calles, el tumulto de gentes o el horario de apertura de los comercios; pero entonces eran las gangocheras -vendedoras ambulantes del producto de temporada, en este caso pasteles- las que anunciaban la proximidad de la Navidad.

Sólo algunos afortunados pueden evocar en su memoria el recuerdo de estas entrañables vendedoras de pasteles, con su balayo a la cabeza, su farol en la mano y su pregón en la boca, que luchaba por prevalecer sobre el voceado por las paveras y vendedoras de ñames:

“¡ Ay qué pasteles calentitos, qué pasteles!”

Desde La Laguna bajaban a Santa Cruz una veintena –tal vez más- de pasteleras que han quedado relegadas en el olvido. Aunque quizás algunos recuerden a seña Escolástica. Según nos contó un bisnieto, pertenecía a la familia apodada como “Los Farrunchos” y vivía en el camino de la Montaña de la Mina, en la zona conocida como “Cercado Bello”. Ella añadía a su pregón:

“¡Soy la última y entro ahora!”

De esta forma, seña Escolástica aseveraba pícaramente que ella era la última en llegar, la que traía pasteles laguneros recién sacados del horno, aunque había recalado en la capital desde primeras horas de la mañana. Y es que seña Escolástica tenía la necesidad de defender el prestigio de su mercancía, que no siempre lograba proteger de la horda de golosos chiquillos que la convertían en blanco de sus trastadas.

También era frecuente verlas, al finalizar la Misa del Gallo, en las afueras de la iglesia de la Concepción, al socaire de la torre de piedra que lo preside, o su mercancía. A esas horas de la noche, los pasteles resultaban, si cabe, aún más apetecibles.

Todas vendían los pasteles a cuatro cuartos la unidad y después a real la pareja. Para ellas, dos reales por cada peso vendido.

Los balayos en los que las vendedoras portaban sus deliciosos y apetecibles pasteles los confeccionaba Juan el Carrequeño, en la lagunera calle de Fagundo (hoy Cabrera Pinto). Costaban seis pesetas .

…Y en los años sesenta…

Degustar sabrosos pasteles siempre ha sido una tradición navideña conservada por todos los laguneros. Pero, en los años sesenta, don Luis Ramos y el cofundador de “Los Sabandeños”, Enrique Martín –o mejor, Kike, como lo conocimos y recordamos todos- discurrieron una particular manera de convertir este placer gastronómico en un goce compartido entre amigos. La idea es, en sí misma sencilla y, tal vez, por eso, genial. Simplemente recorrieron las calles de La Laguna invitando a todos los vecinos a pasteles calentitos. Puesto que ambos gustaban de cuidar todos los detalles, los pasteles estaban recién sacados del horno y dispuestos en balayos, adornados con hojas de helechos y convenientemente protegidos por mantelitos calados. Mujeres ataviadas con trajes típicos se encargaron de transportarlos y de repartir su delicioso cargamento entre los viandantes.

La iniciativa, reiterada en los siguientes años, dejó el cálido olor y sabor de los pasteles en los sentidos de todos los que tuvieron la suerte de disfrutarla y convirtió esas noches de reparto en noches de amor y de convivencia, como deben ser las noches de Navidad.

El relato precedente rememora tiempos pasados y evoca la historia de nuestros famosos pasteles. Hoy no existen, con las características artesanales citadas, pasteleros, ni fabricantes de lebrillos ni de balayos. Pero en Navidad continuamos disfrutando el sabor de los pasteles, ahora con procedimientos de elaboración propios de una sociedad que se apresta a vivir el nuevo milenio. Por eso no nos equivocamos al afirmar que los pasteles, otrora exclusivamente laguneros, son pasteles de todos los tinerfeños.

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