Otro 14 de septiembre que se repite en San Cristóbal de La Laguna desde 1602. Por Julio Torres Santos
Los días anteriores al 14 de septiembre en La Laguna, tradicionalmente se asoma el otoño; en los campos circundantes a la vieja Ciudad, ya se está vendimiado y en otros muchos se están sembrando las papas; mientras los niños ya estrenaron los uniformes y tienen los libros nuevos, los mayores ya pensamos en las castañas y en el vino nuevo que llegará en los próximos meses.
En La Laguna comienza, tempranamente, a “otoñar” y, por eso, en este año del Señor de 2019, un denso cielo azul, y un poderoso sol que no dejó de caer a plomo, vigorosa y poderosamente a lo largo de todo el recorrido de la Procesión del tradicional e histórico 14 de septiembre lagunero, imponiendo así un subyugante calor que no desalentó a los miles de fieles, locales y foráneos que llenaron de bote en bote a la Ciudad de los Adelantados en sábado festivo.
Puntual a la cita, a las 10:00 a.m., el Estandarte Real de la isla de Tenerife, concedido, allá por 1511 por la reina doña Juana a la entonces capital de la Isla, procesionó, con la asistencia de las primeras autoridades civiles y militares, desde las Casas Consistoriales hasta la S.I Catedral. Esta nutrida concurrencia, que acompañó al solemne traslado cívico-militar a lo largo de la calle Carrera, se hizo multitud a las puertas de la Catedral lagunera, donde el Estandarte Real de la Isla de Tenerife fue recibido por el Cabildo Catedral, con el Obispo al frente.
A las 11:00 a.m. había llegado a las puertas de la Catedral la representación oficial de S.M. D. Felipe VI, Rey de España Esclavo Mayor Honorario Perpetuo, que este año ostentó el Excmo. Sr. Don Luis Yeray Gutiérrez López, alcalde de San Cristóbal de La Laguna, que fue cumplimentada por las autoridades civiles y militares y por el Esclavo Mayor, quien le hizo entrega del bastón de plata de la Pontificia, Real y Venerable Esclavitud del Stmo. Cristo de La Laguna. Cuando sonó el último acorde del himno nacional, poderosamente interpretado por la Banda de Música del Mando Unificado de Canarias, la multitud allí congregada irrumpió en cerrado y caluroso aplauso, un aplauso de respeto y cariño a nuestra nación.
Seguidamente dio comienzo la solemne Celebración Eucarística, presidida por D. Bernardo Álvarez Afonso, Obispo de la Diócesis de San Cristóbal de La Laguna. Como es tradición, cantó la Santa Misa, el Orfeón La Paz de La Laguna.
Al término de ésta, se desarrolló la solemne Procesión del Retorno. Bajo el sol brillaba la resplandeciente plata del majestuoso trono, orgullo de los laguneros y grandiosa muestra de la orfebrería de la Ciudad que despuntó en Canarias durante los siglos XVII y XVIII.
En la actualidad no hay que recurrir a la literatura para hablar de aquellas largas filas de esclavos que otrora inmortalizara en sus versos el poeta Verdugo. El Cristo, es de la gente, como pudimos constatar ayer, la devoción al Stmo. Cristo de La Laguna supera los límites de la ciudad, de la isla y de la provincia y hasta las estupideces que se les ocurran a los que dirigen una hermandad misógama a la que no dejan acceder a mujeres: a su paso, un año más, la gente le pedía protección, murmurando una oración de respeto, devoción y rogativa. Él parecía escucharlos a todos y a todas, y ampararlos con sus desnudos brazos abiertos, plenos de generosidad y misericordia.
Entre el apretujado gentío, presenciaban la procesión muchos familiares de los soldados que daban escolta al Cristo; realmente, los soldados que acompañaban el paso solemne del Crucificado Lagunero con sus lustrosos uniformes, más que una escolta eran ramos de devoción al Protector de los artilleros laguneros.
A los pies del Santísimo Cristo, adornaban el impresionante trono flores de delicada belleza y carácter exótico que Teofrasto, discípulo de Aristóteles, quiso denominar “orquídeas”. La elección de este acertado ornamento floral no es casual, hace años que a un tal Ramón Álvarez Colomer y a un tal Juan Trujillo se les ocurrió esta idea, que nos es nueva, pues para los expertos en botánica, su simbología general es «belleza suprema» – como la de la talla del Señor de La Laguna-, «fervor» – como es el sentimiento unánime de todos sus devotos-, o la «pureza espiritual» de quienes quieren poner todos su «amor y bienes a tu disposición».
Evolucionando a través de una enredada e interesante historia, el significado principal de las orquídeas son el amor, la belleza y la fuerza. Pero también tienen un lenguaje específico, dependiendo de su color.
Cerraban la procesión la banda de guerra y tres baterías del Regimiento de Artillería 93. Emocionados, escuchamos a lo largo de todo el trayecto el aplauso de todos los presentes, queriendo así mostrar su orgullo y reconocimiento, su amor y añoranza hacia sus artilleros de un modo tan sencillo e indeliberado, que fueron uno solo. La Laguna arropó a los hombres y mujeres que conforman las baterías de su artillería.
Nuestra descripción de esa procesión del 14 de septiembre, día grande de la Muy Noble, Leal, Fiel, y de Ilustre Historia, Bien Cultural Patrimonio de la Humanidad, Ciudad Universitaria y Episcopal de San Cristóbal de La Laguna Capital de Canarias hasta 1833, ha sido hasta ahora “colateral”, pues sólo hemos narrado aspectos secundarios. Porque lo importante es Él, el Hijo de Dios, representado por la talla del Cristo de La Laguna.
Cada vez que la contemplamos, no podemos dejar de pensar en qué o quién inspiró la gubia del anónimo imaginero para que su mano tuviese tal alarde de maestría. No se trata sólo de una talla hermosísima, sino que es tal su perfección, que el Stmo. Cristo de La Laguna ofrece dos perfiles tan distintos que, según la perspectiva, podría atribuirse a imágenes diferentes.
Así, queriendo observarlo en varios puntos de su recorrido procesional, contemplamos su perfil izquierdo, amparados bajo la centenarias palmeras de la plaza de la Catedral. Ahí se nos apareció como un Hombre aún con vida, pero agonizante, a punto de dejarse vencer por el insoportable y lacerante dolor de una tortura que ya había superado los límites humanos. De entre sus resecos labios entreabiertos creímos escuchar: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.
En la calle Nava y Grimón, desde el pórtico palaciego de la casa del III Vizconde del Buen Paso (Casa Guerra) contemplamos su perfil derecho. Ahora es ya un cadáver que humildemente ha aceptado esa dolorosa muerte que redimió a la que fue, es y será una desagradecida Humanidad. Aunque Él lo sabe, su rostro expresa resignación, un amor incondicional y una entrega desinteresada.
Desde un punto de vista u otro, contemplar a esta Imagen excepcional, incomparable e inconmensurable, nos obliga a recordar aquellas palabras emocionadas de un artillero de la Batería de Montaña de La Laguna de 1921-22: “¡Viva el Cristo de La Laguna!”, “¡Vivan los artilleros!”, “¡Vivan sus hijos, los laguneros!”.
