«MARIANO DE COSSÍO: UNA INNOVACIÓN QUE ILUMINA». Por Juan Pedro Rivero González

En la iglesia de Santo Domingo de Guzmán, en La Laguna, late el fresco de Mariano de Cossío que parece abrir una ventana al siglo XX desde el corazón del XVI. Ese diálogo entre épocas no rompe la armonía del templo, sino que la prolonga y enriquece. Es prueba viva de que la innovación, cuando brota de la devoción, puede dar nueva vida a lo sagrado.
Un templo no es un museo petrificado, sino un espacio vivo donde el ayer y el hoy se abrazan. Bajo los pesados techos mudéjares, las pinceladas modernas de Cossío traen frescura sin traicionar el recogimiento. Es como si el arte de nuestra época se adentrara en el claustro y, en un suspiro, alumbrara con luz nueva lo que ya estaba consagrado.
La innovación auténtica no niega, sino que fecunda. En los muros centenarios de Santo Domingo, los colores contemporáneos dialogan con la historia en una armonía que no divide, sino que suma. Cada trazo de Cossío se abre paso sin imponerse, como un eco cálido que responde al silencio de los siglos.
Las generaciones que han pasado por ese templo han dejado su huella: tallas, retablos, vidrieras… y también frescos. No se trata de competencia, sino de canto conjunto. Y así, el arte litúrgico se convierte en crónica viva de aquellos que, en cada época, han mirado a Dios con los ojos de su tiempo.
La belleza que habita en el arte sacro no se encierra en un estilo, sino que brota de la entrega. El pintor que firma el fresco no lo hace desde el exhibicionismo, sino desde la interioridad. Ofrece lo suyo -su lenguaje visual- para que se sume a lo que ya existía, sin anularlo.
El fresco de Cossío nos recuerda que lo sagrado no teme lo nuevo. Dios, en su misterio, se muestra también en las formas más recientes y atrevidas. Y en la mirada de quien lo contempla nace una oración distinta, hecha con pigmentos del presente, que honra sin negar.
Quien entra en Santo Domingo no ve un museo, sino una casa donde la fe respira. Allí, lo viejo y lo nuevo se entrelazan para recordarnos que la fe no es estática, sino respirable y compartida. En ese espacio se celebra la continua renovación del espíritu humano, que encuentra en el arte un lenguaje para acercarse a lo divino.
Generación tras generación, los templos atesoran más que patrimonio; son crónicas de fe encarnada en arte. El fresco de Mariano de Cossío -con su innovación respetuosa- es una página más en esa historia. Una página que nos recuerda que la belleza auténtica no divide épocas: las une y las eleva hacia lo eterno.
