Mantener vivo el espíritu romero: “Breve Viaje por Nuestras Indumentarias Tradicionales” (II). Por Julio Torres

Vestirte de mago nos es ir disfrazado
En el s. XIX (1812) hallamos una descripción bastante más extensa en M. J. Milbert (“Viaje pintoresco a la Isla de Tenerife”), quien, a pesar de su condición de pintor no hace dibujo o boceto aluno sobre su estancia en la isla: “Su traje (el de la mujeres de Santa Cruz) es aproximadamente uniforme; en general se visten de negro y están ridículamente cubiertas de grandes velos de gasa. A lo sumo se puede adivinar su talle pero es imposible verles la cara; incluso ellas no pueden ver si no separan un poco sus velos. Las de clase alta no llevan sombrero; su manto o velo es de sarga fina o de una tela aproximadamente parecida al crespón3 .Las de clase media se ponen por encima de la cabeza una especie de falda que llevan sujeta a la cintura, junto con la de la parte baja. Las mujeres del pueblo también usan el manto, pero llevan un sombrero de fieltro por encima; estos sombreros son de fabricación inglesa. Normalmente los mantos es- tán ribeteados con una ancha cinta que a veces está tejida en la tela en forma de chef; el color varía según el gusto. Los mantos de las mujeres del pueblo son de una lana muy basta, blancuzca, sucia; algunas campesinas los llevan amarillos con un ribete negro del ancho de dos dedos (…).
La indumentaria de los hombres no difiere nada del vestido adoptado en Europa, excepto en la costumbre que tienen, como en toda España, de llevar la capa (…), La gente del campo mete sus cabellos en una redecilla, hecha de lana o de seda, que se halla adornada con nudos de distancia en distancia; la cima de la cabeza está coronada con un nudo más grueso que los otros; el cabello, reunido en una larga trenza, cuelga por detrás1. Este adorno casi sólo se usa en los días de fiesta; encima llevan un gran sombrero; un chaleco sin mangas deja ver las de la camisa. Cuando llueve o cuando hace frío, se ponen por encima otra chaqueta mayor y más ancha; sus calzones son cortos, de paño pardo y adornados con cintas en las costuras; se abrochan con botones blancos de hueso o de porcelana. Los bajos son de lana o de algodón guarnecidos de encajes2 .
Los días de gran gala llevan en sus zapatos enormes hebillas de plata que les cubren una gran parte del pie. Los campesinos hacen uso de un calzado llamado esparteña; se compone de cuerdas artísticamente trenzadas y se ata alrededor de la pierna con cintas ( …).
Más adelante nos cuenta Milbert que “en La Laguna, así como en el resto de la Isla, en general, el pueblo va vestido con ropas de lana; las personas ricas, o de una condición más alta, llevan telas ligeras de seda en la estación cálida, pero, hacia el atardecer, se cubren con un abrigo de paño. Las telas de algodón no son raras en la Isla; los ingleses llevan muchas del género común. Todas las que he visto son bastas; me han asegurado que se confeccionan con el algodón del país. La seda que se recoge, a parte de la cantidad necesaria para fabricar los bajos, se lleva cruda a Europa. Los habitantes más ricos son los únicos que utilizan bajos de seda. La última referencia de este via- jero relativa al tema que nos ocupa se centra en los campesinos que observó en el, para él, sorprendente mercado lagunero: “Estos campesinos parecen gozar de una buena po- sición, pero no saben disfrutarla. Sobre un traje muy desaliñado, se ve una gran cantidad de rosarios; los llevan colgados en el cuello, por encima de la chaqueta, y en los bolsillos, mezclados con el dinero y con un pequeño saco de tabaco ( …).
