LAS FIESTAS DE SAN BENITO DEBEN DE SER EL RECUERDO DE UNA ARTESANÍA SECULAR. Por Julio Torres

Sombrero de palma de Tenerife

Con la romería por toda la ciudad, de San Benito a la Plaza Abajo, evocamos gran parte de nuestra tradición agrícola y ganadera. Las carretas vuelven a atravesar las calles cargadas de trigo, el ganado luce olvidadas galas, los romeros visten como sus antepasados,… Cestos, sombreros, balayos, cintas,… vuelven a aparecer para recordarnos que, aunque hoy sean en su mayoría productos más o menos industriales, en otros tiempos fueron generados por una artesanía secular que el tiempo casi hizo desaparecer (decimos “casi” pues, gracias a la labor desarrollada por distintas instituciones y colectivos canarios, ésta ha vuelto a florecer). Cesteros, sombrereros, fabricantes de escobas, son sólo algunos de los artesanos a los que estas páginas pretenden brindar un modesto homenaje que, al tiempo, nos sirva para recuperar tradiciones prácticamente olvidadas.

Era el oficio de cestero o banastero un oficio humilde que, como tal, utilizaba las más humildes herramientas. Éstas se limitaban a un cuchillo con mango de madera y a un punzón y una cruceta del mismo material.  Con ellas la intuición y el trabajo del artesano transformaban sencillas cañas y mimbres en banastos cuidadosamente trenzados.

Si laboriosa era la tarea de trenzar la caña o el mimbre, también lo eran las relacionadas con obtener y preparar estos productos para que adquirieran flexibilidad y así adaptarse dócilmente a las hábiles manos del cestero.

Los mimbres se podaban cuando comenzaban a florecer, esto es, durante los meses de febrero y marzo. Luego se amontonaban y se dejaban secar. Cuando estaban lo suficientemente secos se ponían en remojo durante quince o veinte días.

Las cañas se cortaban anualmente en los cañaverales silvestres, bajo el creciente lunar de enero; y, después de apilarlas y dejarlas secar, se limpiaban. Entonces se partían con la cruceta de madera en cuatro porciones que posteriormente duplicaría el cuchillo del artesano.

Ya bien preparados los materiales, se comenzaba a trenzar la caña con los mimbres desde el fondo hasta la superficie, que los cesteros denominaban caireles, y que era el borde o remate con mimbre

Tan laborioso era el trabajo, que el cestero no podía terminar más de dos o tres cestos al día; y, como hemos dicho, tan humilde, que, en otros tiempos,  su esfuerzo no le reportaba más de dos o tres pesetas, según el tamaño de los banastos.

Otro producto artesanal, típico de las Islas, eran las escobas de palma. También su fabricación era un oficio humilde pues, aunque los artesanos llegaron a venderlas a dos cuartos, en tiempos próximos a la desaparición de esta labor artesana, su venta no producía más de veinte o treinta céntimos, incluyendo su transporte a la ciudad. En sus calles su pregón llegó a hacerse familiar:

“¡Escobas! ¿Quién compra escobas?”

La fabricación de escobas de palma comenzaba por arrancar del gajo la hoja extraída del palmar, valiéndose de esa navaja curva que los campesinos denominan podona. Posteriormente se iban separando por tamaños y, a continuación, se agrupaban según sus dimensiones en torno a una larga trenza fabricada con la resistente fibra del cogollo de la palma. Esta labor consistía en disponer las hojas de tres en tres, a lo largo de la trenza de palma, intercalando una de mayor longitud entre cada grupo. Luego se enrollaba la trenza fuertemente.

Para rematar la parte superior, en un principio se utilizaron juncos, que luego serían sustituidos por la aneya o cáscara del corazón de la platanera, más flexible que el junco y, por lo tanto, más fácil de trabajar. Por último, se continuaba envolviendo la trenza y se igualaban las hojas con un tajo de machete. El gajo de la palma, una vez desprovisto de hojas, servía para articular la escoba.

La hoja de palma fue siempre un elemento imprescindible en la artesanía campesina; escobas, abanadores, esteras y -¡cómo no!- los antiguos sombreros que remataban la indumentaria de las campesinas o “magas” no hubieran sido posibles sin ella. Quizá sea la fabricación de sombreros la única actividad artesana que ha sobrevivido hasta nuestros días, aunque con escasos representantes.

Para elaborar un sombrero de forma artesanal, ya sea llano, calado o de pico, es preciso trenzar cinco tiras de palma que después se cosen con rafia. Previamente, las hojas de palma deben ponerse a secar, de forma que las hábiles manos del artesano puedan retorcerla en finas trenzas. Las trenzas se alargan y se enroscan sobre sí mismas y, poco a poco, el sombrero va adquiriendo forma y volumen. Ya sólo resta añadirle la cinta de suave terciopelo y las agujas enhebradas con hilos de diversos colores.

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