La Carrera, antiguo Bar Alemán (y X). «El hombre de la voz de campana». Por Julio Fajardo Sánchez
En el año 60 hubo en Canarias un eclipse total de sol. Al mediodía comenzó y en unos minutos se hizo completamente de noche. Los animales, que siempre han vivido sin reloj, -por eso a las gallinas las hacen sufrir una vida doble encendiéndoles la luz a media noche para explotarlas- se retiraron a dormir como si tal cosa:
las vacas echadas junto a sus dornajos, las cabras en sus rediles, las gallinas en sus palos, cada cual según su costumbre. Al instante, el falso amanecer hizo cantar por segunda vez a los gallos, los perros ladraron al sol y los pájaros comenzaron a revolotear inquietos mientras en el horizonte, lo primero en clarear, se podía ver la estela blanca de un reactor: un caza del ejército nórteamericano que se había trasladado al aeropuerto de Los Rodeos para filmar el acontecimiento, y cuya visión, la primera en las islas de este tipo de aparatos, causó mayor expectación que el propio fenómeno astronómico.
Este preámbulo obedece a su relación con ciertos carteles que aparecieron en Las Palmas, donde el denominado «hombre de la voz de campana», extravagante artista natural de Guía, anunciaba un ultimatum a sus admiradores exhibiendo una fotografía suya en la que lucía unos mostachos superlativos de los que colgaban pequeñas campanillas. La amenaza consistía en que si no lograba la atención mayoritaria del público sus bigotes desaparecenan con el próximo eclipse de sol.
El Oráculo se cumplio y Don Manuel, que así se llamaba el individuo, se afeito sus bigotes, y cansado del continuo fracaso de su arte en Gran Canaria decidió trasladar el campo de sus operaciones a La Laguna, con esa fijación admirativa hacia la ciudad de los Adelantados que los canariones alimentan con la misma intensidad, como su odio a los chicharreros: y recaló como es lógico en el bar Alemán.
El bar y los parroquianos lo recibieron con la curiosidad suficiente para que el hombre hiciere inmediatamente alarde de todo su repertorio, que consistía en las distintas gamas de vocales de la flauta, la campana y la guitarra hawaiana. Cada tipo de voz disponía de una de una canción que opresa como demostración, y así para la flauta, interpretaba una versión muy personal del tema de la película “Lily” de Leslie Caron: para la campana el familiar y famosísimo “Oh mí papá: y para la guitarra hawaiana”,“Cuando quieres de veras”.
La técnica de la voz de flauta, seguramente la más sencilla de todas consistía en un aterrador aullido dentro del cual difícilmente se podía identificar un a silaba. Cada sonido se emitía entrecortado y, más que la dulce música de Dios Pan, parecía el bocinazo agudo de un vehiculo sorprendido violentamente en una esquina, La canción se interpretaba completa mientra Don Manuel se iba poniendo rojo y sacando cada vez más sus órbitas a sus ojos asombrados de iluminado, a la vez que vacíos y premonitorios de una cabeza repleta de estupidez. La voz de campana se emita desde el fondo de la garganta haciendo un rápido tintineo al vibrar, a gran velocidad, la punta de la lengua con la región palatina. El efecto era el de una campana afinada en la tesitura de un pífano; un sonido molesto en el que se regodeaba el trémolo en las emisiones vocales, obteniendo unos efectos convincentes en las aes acentuadas de “pa-pá”. Era una voz diabólica que le hacia entrar en un trance especial, sobre todo en el momento de alcanzar el vibrátor, que aprovechaba para dejar caer los ojos hacia atrás, como en un éxtasis.

