La Carrera, antiguo Bar Alemán (VIII)

Por Julio Fajardo Sánchez

corpus carrera

No sé yo si el Corpus y sus alfombras será hoy una fiesta muy ecológica.

Antes, cuando participaba de niño preparando la alfombra del colegio, salíamos como un . enjambre rabioso arrasando, retamas, hortensias, cactus, rosas, geranios y otras especies de hoja densa y pequeña.

Luego, reunido el botín floral, se procedía al deshoje y clasificación; unas, identificadas con el color del modelo, pasaban a formar parte del tapiz; las otras volarían desde las ventanas al paso de la procesión, para terminar todas, más tardes, en el camión de la basura después de ser holladas por el trono santísimo y pisoteadas por canónigos y beneficiados, alcalde y concejales,catedrácos, magistrados, consules y otras representaciones dignísimas.

Al final, después de un meneo acompasado propinado por la banda de música, eran machacadas y trituradas por las botas rítmicas de la tropa, con lo que se entendían prestas para su envío al vertedero después de un breve proceso de fermetación aeróbica.

En el fondo se trataba de una nueva modalidad del sacrificio tradicional, en el que en lugar del cordero se inmolaba la flor inocente en honor de la divinidad. No era muy ecológico quebrar el destino de tanta flor sin libar, interrumpir tanto vuelo azaroso de sus semillas, tronchar tanta retama, descorolar tanto cáliz, quemar tanto brezo; aunque algún mandatario municipal hiciera previsión de tanto destrozo y, como en una granja especial, tuviera hecha reserva de hermosas flores de mundo, a las que, de vez en cuando, mandaba fumigar con azulina para obtener los hermosos añiles de sus pétalos.

Como esto último tampoco era ecológico, las autoridades responsables de la conservación del medio natural arrancaron recientemente las hortensias plantadas en el Camino de las Hiedras, en el cercano Monte de las Mercedes, sin llegar a saber que el alcalde las había mandado plantar allí como vivero permanente para el Corpus Christi. Las plantas desaparecieron por no pertenecer al entorno natural, víctimas de la xenofobia botánica que no les permitía vivir en armonía con sus congeneres, igual que si se tratara de erradicar a un gitano del barrio de Salamanca. Así terminaron sus días en algún parterre de la Trinidad y en las macetas de los invernaderos.

Aunque actualmente existe una importante aportación de capullos de rosa desechados de los invernaderos, (no -confundir con los otros) algunos efectos especiales sólo pueden ser conseguidos con los materiales tradicionales, endémicos y exóticos para los visitantes foráneos, como son las flores de los verodes, las semillas del tártago, las corolas enteras de las tuneras, imprescindibles para conseguir el dorado viejo de los cálices, ciertas clases de espanagueras y culantrillos para simular las barbas del Salvador y pequeños racimos de bolitas de pimentera que, junto a un panecillo elaborado a propósito, representan a las sagradas especies.

El Corpus de ahora es más ecológico. Las alfombras son elaboradas con arroces tintados con anilinas variadas, con lentejas y judías brillantemente barnizadas, con perfumados garbanzos, elementos todos ellos más cercanos a la intención propiciatoria del sacrificio, que lleva implícita la entrega de alguna riqueza natural de carácter alimenticio. Tal vez tenga esto que ver con un regreso a nuestras tradiciones, en imitación de la decoración que lucen las carretas de la romería de San Marcos de Tegueste, que después de ser siempre el titular de un pequeño cementerio se ha convertido, por mor de unos carteles europeos, en la «Cuna de las Costumbres Populares Canarias».

El Corpus es ahora más moderno, más limpio, más ecológico, no sólo por la utilización en la confección de sus alfombras de mondadientes, virutas de maderas finas y otros productos reciclables, sino además porque han desaparecido también aquellas feroces demostraciones de la dureza militar, que sería hoy escándalo rabioso para insumisos y objetores; sobre todo en el famoso cubrecalles, donde los pobres guripas permanecían varias horas sometidos al implacable sol de una tarde de junio sin alterar su posición, de la que caían desvanecidos, siendo sustituidos inmediatamente por sus retenes, que en términos castrenses eran denominados «machacas».

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