Inmemorian «La Oficina» de Verdugo (1944-2009). Por Julio Torres Santos

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Paseando por La Laguna pasé por la calle de Los Bolos, en ese momento me embargó la nostalgia, el vino fino,  las garnbanzas y  Ramón Mario

El titular tiene una doble lectura: La Oficina es de Verdugo porque él fue uno de sus más carismáticos personajes; pero también fue su lugar de trabajo, es decir, su oficina.

Fundada el 8 de diciembre de 1944 por Enrique Fernández Remigio y Ramón Herrera Amaya, La Oficina tuvo sus orígenes en la antigua carbonería ubicada en la trasera del Teatro Leal, donde, junto con el carbón, se vendía el dorado vino herreño. Pero, el atuendo de sus clientes acababa mancillado por delatadores residuos carbónicos; por lo que decidieron buscar otro emplazamiento más digno, que hallaron a dos pasos de La Concepción, en La Oficina. Para encontrarle un nombre hicieron varias propuestas; al final ganó el que todos conocimos, precisamente apuntado por Manuel Verdugo. Fue La Oficina una de las tabernas literarias laguneras y la única que perduró hasta el pasado 21 de julio de 2009, día que sucumbió a la voracidad de la pala mecánica. Sobre sus añejas y desgastadas barricas depositaron sus, al final, más o menos desequilibrados cuerpos, personajes de la notoriedad de: López Ruiz, Bonin, Nijota, Comado Bonilla, González de Mesa, Juan Oliva, Leopoldo Renciow, hasta el propio José Mª Peman.., figuras con diferentes profesiones e ideologías, pero con un punto de encuentro: charlar de literatura, de arte, de poesía, de política -siempre entre dientes- y, también, ¡cómo no!, de ese tema tan mundano y banal, práctica habitual de los laguneros, que es el «chismorreo». Si se hiciese una antología del chismorreo, nadie más preparado ni más mordaz que un «lagunero»; hablando «en plata», la amarilla prensa inglesa está «en pañales» ante cualquiera de las ingeniosas socarronerías de esos cultos contertulios de ayer.

En definitiva, «la experiencia es la madre de la ciencia», y nadie tiene más práctica en esos menesteres que los ensolerados en la Muy Noble, Leal, Fiel y de Ilustre Historia, Episcopal y Universitaria Ciudad de San Cristóbal de La Laguna Bien Cultural Patrimonio de la Humanidad.

Hay quien piensa que uno de los clientes de lujo de este local, síntesis de la personalidad lagunera, ecléctica entre lo mundano y lo trascendente, fue José María Pemán. Nosotros, sin desmerecer a este ilustre dramaturgo, atribuimos también esa categoría a Manuel Verdugo Bartlett. Nacido en Manila en 1877 e hijo del general Federico Verdugo y Massieu y de Julia Ignacia Bartlet de Tarríus, a la edad de 11 años ya escribía buenos versos, en muchos de los cuales hacía referencia a un autor que le apasionaba: Julio Verne.

Nadie como él supo captar esa dualidad inherente a la naturaleza de La Laguna, pues la describió como:

Ciudad tranquila de los conventos y de las huertas…

Pero, su monóculo también fue capaz de captar los organismos que vivían y viven bajo su epidermis superficial. Así conjugó esa caracterización conservadora de La Laguna con la ixónica metáfora de «clínica de urgencias»:

Aquí está la de Tomás.
Si te parece mezquina
existen más por fortuna.
En esta triste Laguna
hay ventas en cada esquina.

Predicando con el ejemplo, Manuel Verdugo fue paciente habitual de estas clínicas que sanaban su ánimo y le hacían olvidar problemas, al mismo tiempo que enardecían su capacidad creadora. En ellas sin duda halló remedios para su controvertido espíritu.

Pero una fue su clínica predilecta: La Oficina, de la que escribió:

Tiene mucho de bar y de bodega
y también de colmado… Nadie llega
a definirlo de concreto modo.
Te diré con Bartrina: «no analices».
Lleva el vaso fragante a tus narices
a tu boca después… y empina el codo.

Después de todo, para Verdugo se trataba de una clínica de urgencia, y nada había que analizar, sólo dejarse sanar por el «vaso fragante». Así lo explica en uno de sus más populares versos, que tristemente desaparecidos adornaban las paredes de su oficina:

Contra la sed ardorosa,
es buena medicina
la inyecciónintra-vinosa;
para informes, La Oficina.

Al trascribir estos versos evocamos el ambiente en que se gestaron: en un reducido espacio se congregaban interlocutores inteligentes y hábiles que, enardecidos por la euforia que producen los inmateriales vapores del vino – 2’50.-Ptas. el litro- y las más etéreas voluptuosidades del tabaco, que colaboraban a enrarecerlo, místicas musas, estaban al servicio de ordas de etílicos duendes invocados por Baco. Fluían entonces el humor, la ironía, las interminables charlas sobre literatura, poesía,…, siempre, eso sí, sin perder la compostura. Después de todo, Verdugo supo controlar las flaquezas del alma, que lo son si no se las controla; como ser inteligente supo reconocerlas y utilizarlas, permitiéndoles que tratasen de emerger para que lo iluminasen y luego relegar las al mayor de los olvidos.

En los versos que escribieron en las paredes de La Oficina que aún conservaban en el reservado a los poetas famosos poetas del ayer lagunero, el visitante podía captar esa atmósfera intangible que era parte de la historia no escrita de La Laguna.

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