Fotos, coplas y poemas a las fiestas de otoño (XV)

Seguramente que a todos, la palabra “Campana” nos suena, y sin lugar a dudas al escuchar su sonido, nuestra imaginación se dirige hacia la torre de alguna iglesia cercana -Salvo en la imaginación de «arguno» que las odia y las haces callar con amenazas y altanería -.
El nombre de campana procede de una región del sur de Italia, y su invención, tal como hoy la conocemos, se debe a San Paulino Obispo, que la introdujo en el culto divino, en el siglo V en la región antes citada. Aunque las campanas ya eran conocidas por griegos y romanos, la forma y la utilidad de hoy en día no es tan antigua, pues no fue hasta el siglo XII, cuando empezaron a construirse torres en las iglesias para colocar en ellas las campanas, las cuales comenzaron a fabricarse de un tamaño mayor. Se dice de Santa Teresa que en cada fundación que realizaba de un nuevo convento, daba una gran importancia a la colocación en un lugar visible de una campana, la cual no faltaba en ninguna de sus casas.
Prácticamente no existía iglesia en nuestros pueblos y ciudades que no dispusieran de una o varias campanas. Constituían un elemento primordial tanto para marcar los actos religiosos como para los demás acontecimientos de la vida civil.
Nuestro poeta no fue ajeno a las campanas, torres y espadañas laguneras:
Campana de Aguere
A veces nos embarga la emoción
al oír las campanas de la ciudad,
pregonando alguna Festividad
o convocando a una celebración.
Sus bronces suenan por la población
con mensajes a la Comunidad,
y en días plenos de tranquilidad
percibimos doquier su vibración.
Doblando con tristeza, misteriosas,
o alegres repicando jubilosas, la grande,
la pequeña o la mediana.
todas las campanas de La Laguna
van marcando puntualmente,
una a una, el ritmo de la vida cotidiana.
José Manuel García Cabrera
