EL MONTE DE LAS ÁNIMAS (I)

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Los días que nuestra cultura honra a “Todos los Santos” y a los “Fieles Difuntos” integran una tradición que se remonta al siglo VIII, como celebraciones cristiananizadas por el Papa Gregorio III. Con tal motivo “La Laguna Ahora” recupera (en dos capítulos) lo que fue un clásico de las mismas: la leyenda “El monte de las ánimas” del poeta y narrador español Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), inscrito en el movimiento romántico.

El género fantástico no fue un componente tradicional del romanticismo español, por lo que es natural que el elemento de lo siniestro no se haya presentado con la profundidad con que lo hizo en Alemania o Inglaterra. Sólo contamos con algunos ejemplos en que el terror gótico y sobrenatural deja sentir su influencia en España: en Don Juan Tenorio, y en algunas leyendas, de José Zorrilla, en El estudiante de Salamanca de José de Espronceda, y algunos pocos ejemplos más. Sin embargo, ya en el ocaso del romanticismo, contemporáneo a los grandes realistas españoles, realizó su aparición la figura de Bécquer, heredero en sus narraciones de un estilo sobrenatural, ingrávido y subjetivo que jamás se había presentado anteriormente en la narrativa española. “El Monte de las Ánimas” es un claro exponente de todo ello. “Ese monte que hoy llaman de las Animas pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez”.

Se trata de una leyenda soriana, una leyenda típica cuyo tema es la venganza de los muertos por las burlas de los vivos. La acción transcurre en la Edad Media, durante la noche de los difuntos, en noviembre En esta obra abunda el diálogo, también aparece la narración, y hay algo de descripción. Igual que en las otras leyendas, Bécquer expone los mismos temas como: tentación, pecado y castigo.

Sus personajes principales son: Alonso, heredero de todas las fincas y castillos en que se desarrolla la acción, es joven y está muy pendiente de su prima Beatriz. Parece que esté enamorado de ella, es un poco inmaduro y Beatriz, no está muy bien de salud, es bella y joven, y paga su estupidez con la vida de él y de ella.

El móvil principal es el amor, como en las otras leyendas, pero en este caso acaba en muerte tanto del pecador como de la mujer que lo ha hecho pecar.

EL MONTE DE LAS ANIMAS

(Leyenda soriana)

La Noche de Difuntos, me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas. Su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.

Intenté dormir de nuevo. ¡Imposible! Una vez aguijoneada la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarlo de la rienda. Por pasar el rato, me decidí a escribirla, como en efecto lo hice.

A las doce de la mañana, después de almorzar bien, y con un cigarro en la boca, no le hará mucho efecto a los lectores de El Contemporáneo. Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire de la noche.

Sea de ello lo que quiera, allá va, como el caballo de copas.

-Atad los perros, haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Animas.

-¡Tan pronto!

-A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras, pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.

-¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?

-No, hermosa prima. Tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa historia.

Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos. Los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían a la comitiva a bastante distancia. Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:

-Ese monte que hoy llaman de las Animas pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla, que así hubieran solos sabido defenderla corno solos la conquistaron. Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres. Los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos. Cundió la voz del reto, y nada fue a parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras. Antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería. Fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres. Los lobos, a quienes se quiso exterminar, tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte, y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse. Desde entonces dicen que cuando llega la noche de Difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos. Y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria lo llamamos el Monte de las Animas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche.

La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporársele los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.

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