Ventas, bodegas, tabernas y dulcerías del entorno de la plaza del Cristo de La Laguna: La dulcería de la calle Las Cruces (y X). Por Julio Torres Santos

Un dulce recuerdo de La Laguna: hasta la próxima Navidad

A lo largo de los diez capítulos dedicados a la dulcería de la calle Las Cruces, hemos realizado un recorrido por la historia de aquel obrador lagunero, por la vida de sus propietarios, Claudio y Chona, y por la figura de uno de sus empleados más recordados, Melchor Llano Espósito.

Hoy ponemos fin a esta serie, aunque no nos despedimos definitivamente de sus protagonistas. Queda pendiente una cita muy especial: la Navidad, una época de intensa actividad para los comercios laguneros y, de manera muy particular, para las dulcerías, cuyos obradores se llenaban de trabajo para atender los numerosos encargos de aquellas fechas.

A través de la vida de Melchor hemos podido acercarnos a una parte poco conocida de la historia de nuestra ciudad. Desde aquel niño huérfano que comenzó como pinche en el obrador de Rita, pasando por los difíciles años de la Guerra Civil y el servicio militar, hasta su trabajo en la dulcería de Claudio y la posterior elaboración de dulces en su propia casa de San Benito, su trayectoria nos ha permitido recuperar recuerdos, oficios y formas de vida que pertenecen a la memoria de La Laguna.

Y quizá lo más entrañable sea pensar que muchos de aquellos dulces que un día acompañaron los cafés y las tertulias del Café Central continuaron formando parte de la vida cotidiana de otras familias laguneras. Aquellas recetas, aprendidas y perfeccionadas durante años de trabajo, encontraron una nueva continuidad en su pequeño obrador familiar.

Porque la memoria de una ciudad no se conserva únicamente en sus grandes edificios, sus monumentos o los acontecimientos que recogen los libros de historia.

También permanece en el recuerdo de sus pequeños comercios, en los nombres de quienes trabajaron detrás de un mostrador, en los obradores donde comenzaba la jornada antes del amanecer y en aquellos sabores que, aunque hayan desaparecido de nuestras mesas, todavía permanecen vivos en la memoria de quienes tuvieron la fortuna de conocerlos.

Y entre esos recuerdos ocupa un lugar especial Melchor Llano Espósito, el maestro dulcero que llevó una parte de la tradición repostera del Cristo hasta el corazón del barrio de San Benito.

Sin embargo, la historia de Melchor y de su pequeño obrador no termina aquí. Nos queda por recuperar uno de los capítulos más intensos y entrañables de su actividad: las Navidades, cuando los encargos se multiplicaban y toda la familia tenía que arrimar el hombro para que ninguno de aquellos pedidos faltara a su cita con las mesas navideñas de los laguneros.

El horno encendido durante largas jornadas, las masas preparadas con esmero, las bandejas que entraban y salían y las manos de pequeños y mayores colaborando en cuanto podían formaban parte de una actividad familiar en la que el esfuerzo y la ilusión iban de la mano. Eran días de mucho trabajo, pero también de esos recuerdos que permanecen para siempre en la memoria de una familia.

Pero esa será otra historia. Una historia a la que volveremos cuando diciembre nos traiga, una vez más, el espíritu y los sabores de la Navidad lagunera.

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