Rafael Arocha Guillama: recuerdos de la calle de Santo Domingo (I)

Rafael Arocha Guillama es hoy un personaje prácticamente desconocido para la mayoría del público. Sin embargo, fue uno de los escritores y periodistas destacados del primer tercio del siglo XX y, a lo largo de su dilatada vida, nos legó, a través de sus artículos, valiosas pinceladas de nuestra historia y de la vida cotidiana de otros tiempos.

Nacido en La Laguna en 1878, Arocha Guillama dejó por escrito numerosos recuerdos de su infancia y juventud. En uno de sus artículos evocó la calle de Santo Domingo, las fiestas de San Miguel y del Rosario, así como sus años de estudiante en el antiguo Seminario de Santo Domingo. Sus palabras nos trasladan a la ciudad de finales del siglo XIX, a una Laguna de calles, iglesias, celebraciones populares, estudiantes y personajes que formaban parte de la vida cotidiana.

Arocha Guillama comienza su relato:

«En esta calle vivió mi padre en la época anterior a mi nacimiento. Y yo, sin ser vecino de ella, la anduve a diario más tarde, cuando ya estaba estudiando en el Seminario. ¡Calle inolvidable, de gratos recuerdos de mi mocedad, en esa época de la vida en que bulle la sangre y sueña la imaginación!

Recuerdo que, siendo yo muy pequeño, me llevó mi padre un día a la iglesia de Santo Domingo, lo cual me causó una impresión profunda. Es una iglesia rara, evocadora, sugerente y sugestiva, que me encantó.

Era el tiempo en que don Manuel González, el sochantre, estaba en el apogeo de sus facultades. Aquella voz tremenda que resonaba en el coro alto y se difundía, vibrante, por los ámbitos del templo me impresionó tanto que no fueron motivos para hacérmela olvidar las explicaciones que luego me hizo mi padre acerca de la iglesia y del inmenso y pintoresco cuadro de la familia de Santo Domingo.»

El escritor continúa recordando sus años de estudiante y aquellas mañanas en las que recorría la calle camino de sus clases:

«Por esta calle marchaba yo todas las mañanas para ir a la clase de latín. Y al desayuno de chocolate. El romántico pozuelillo y el pan tierno armonizaban muy bien con el musa, musae y el dominus, domini.

Mañanitas frescas de invierno, con lluvia y neblina; mañanas soleadas de la primavera, llenas de luz y colorido, cuando ya los exámenes estaban cerca y había que ordenar la traducción y analizar las oraciones.

¡Y aquellos versitos de la prosodia tan pintorescos, y aquellas evocaciones de la antigua Roma, con sus comicios y su Senado de Patres Conscripti, con sus legiones y su castra!»

Sus recuerdos adquieren especial viveza cuando llega el final de septiembre. Las fiestas de San Miguel se mezclaban entonces con el comienzo de un nuevo curso y con los temidos exámenes:

«Al día siguiente de San Miguel, que cae el 29 de septiembre, es San Jerónimo, día 30, día de exámenes de ingreso. Y de liquidación de las calabazas de junio.

Van llegando los internos. Hay gente nueva entre los externos. Caras conocidas. Otras no sé quiénes son. Los profesores forman tribunal. El secretario, en aquella habitación del piso alto, clara y espaciosa, matricula. Suben y bajan los estudiantes.

De la cocina viene un aroma de carne que hierve para la sopa y el cocido. Señor Pepe, el despensero, abre la despensa y saca chocolate. Uno de los superiores, retrasado, se desayuna.»

Arocha Guillama construye así una escena llena de pequeños detalles: el chocolate del desayuno, el cocido preparándose en la cocina, los estudiantes que llegan al Seminario y el bullicio de una ciudad que acaba de celebrar sus fiestas. Incluso los olores de la calle forman parte de su memoria:

«Viniendo de la calle traemos olores de las fiestas de San Miguel. Estuvo lloviendo por la noche. Ahora está el tiempo bueno. Hace sol. Ya se han marchado casi todos los puestos de ruleta y rifas.

Queda alguno que otro ventorrillo. El suelo está lleno de voladores quemados, de aros de turrón, de cáscaras de plátanos, de heces de vino… Hay un olor acre por todas partes.

Y este olor tan característico de una fiesta en desorganización nos acompaña por la calle de Santo Domingo hasta el Seminario. Lo sentimos cuando leemos en la traducción los fragmentos que trae don Raimundo de Miguel en las lecciones morales; cuando vamos a la pizarra a desenvolver la teoría de los números primos, a la invitación de don Miguel Belamendia:

“Degollando santos —es su expresión— se obtiene la tabla de los números primos. ¿Y usted cree que porque un número sea impar es un número primo? ¡Por vida del chapiro verde!”

Y cuando vamos a ver a don Mariano llenando hojas de la matrícula.»

El testimonio de Rafael Arocha Guillama posee un valor que va mucho más allá de la simple nostalgia. Sus recuerdos permiten asomarnos a la vida cotidiana de La Laguna de finales del siglo XIX: la enseñanza, las costumbres estudiantiles, las celebraciones religiosas y populares, los personajes de la ciudad e incluso los sonidos, sabores y olores que acompañaban a quienes transitaban por la calle de Santo Domingo.

Son precisamente estos pequeños detalles —el chocolate caliente, la lluvia de septiembre, los restos de los voladores, los ventorrillos que comienzan a desmontarse o la voz del sochantre resonando bajo las bóvedas de Santo Domingo— los que convierten el relato de Arocha Guillama en un pequeño documento de memoria histórica.

Gracias a testimonios como el suyo podemos reconstruir no solo cómo era La Laguna, sino también algo mucho más difícil de conservar: cómo se vivía, se sentía y se recordaba la ciudad hace más de un siglo.

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