A las puertas de la Romería Regional de San Benito Abad hacemos un “Breve Viaje por Nuestras Indumentarias Tradicionales”. Por Julio Torres
La Laguna celebrará el domingo día 8 de julio la Romería Regional de San Benito Abad, una romería que quiere cuidar las indumentarias de las Isla
Aquéllos que estamos interesados en recuperar las indumentarias tradicionales de nuestros antepasados solemos recurrir a las descripciones, ya por todos conocidas, de Alfred Diston o Pereira Pacheco. Pero existen otros muchos viajeros cuyas descripciones, aunque no tan minuciosas, aportan datos de indudable interés para la investigación etnográfica. En este relato pretendemos acompañar a estos viajeros, a modo de breve viaje por nuestras indumentarias tradicionales.
En sus Cartas desde la isla de Tenerife, P. Kinderley (1764) dice, refiriéndose a la indumentaria femenina, que “durante el día nadie sale sin el manto; exactamente este manto es como dos enaguas cosidas juntas, hechas con estameña negra; una sirve como enagua superior y la otra cae sobre la cabeza, así que la mujer está completamente tapada por ella, excepto una pequeña abertura sobre los ojos que les sirve para guiarse (…) En su mayoría tienen largos cabellos negros, que trenzan y dejan caer sobre sus espaldas como una cola, sin ningún tocado (…) Se visten con una chaqueta y una falda con los extremos almidonados, de las que, a pesar de todo, ninguno está torcido; llevan zarcillos, pulseras y cruces; las joyas que más aprecian son las esmeraldas y las perlas orientales. Se perfuman muy fuerte y algunas se pintan”.
Kinderley nada dice sobre la vestimenta masculina, por lo que podemos completar su relato con el que sólo algunos años después (1776) hace James Cook, en su “Tercer Viaje”: Las mujeres llevan vestidos negros, como en España; los hombres parecen menos dominados por esta costumbre y se visten con trajes de toda clase de colores, como los franceses, de quienes imitan, por otra parte, las modas”.
Ya en el s. XIX (1812) hallamos una descripción bastante más extensa en M. J. Milbert (“Viaje pintoresco a la Isla de Tenerife”), quien, a pesar de su condición de pintor no hace dibujo o boceto aluno sobre su estancia en la isla: “Su traje (el de la mujeres de Santa Cruz) es aproximadamente uniforme; en general se visten de negro y están ridículamente cubiertas de grandes velos de gasa. A lo sumo se puede adivinar su talle pero es imposible verles la cara; incluso ellas no pueden ver si no separan un poco sus velos. Las de clase alta no llevan sombrero; su manto o velo es de sarga fina o de una tela aproximadamente parecida al crespón. Las de clase media se ponen por encima de la cabeza una especie de falda que llevan sujeta a la cintura, junto con la de la parte baja. Las mujeres del pueblo también usan el manto, pero llevan un sombrero de fieltro por encima; estos sombreros son de fabricación inglesa. Normalmente los mantos es- tán ribeteados con una ancha cinta que a veces está tejida en la tela en forma de chef; el color varía según el gusto. Los mantos de las mujeres del pueblo son de una lana muy basta, blancuzca, sucia; algunas campesinas los llevan amarillos con un ribete negro del ancho de dos dedos (…).
La indumentaria de los hombres no difiere nada del vestido adoptado en Europa, excepto en la costumbre que tienen, como en toda España, de llevar la capa (…), La gente del campo mete sus cabellos en una redecilla, hecha de lana o de seda, que se halla adornada con nudos de distancia en distancia; la cima de la cabeza está coronada con un nudo más grueso que los otros; el cabello, reunido en una larga trenza, cuelga por detrás. Este adorno casi sólo se usa en los días de fiesta; encima llevan un gran sombrero; un chaleco sin mangas deja ver las de la camisa. Cuando llueve o cuando hace frío, se ponen por encima otra chaqueta mayor y más ancha; sus calzones son cortos, de paño pardo y adornados con cintas en las costuras; se abrochan con botones blancos de hueso o de porcelana. Los bajos son de lana o de algodón guarnecidos de encajes.
Los días de gran gala llevan en sus zapatos enormes hebillas de plata que les cubren una gran parte del pie. Los campesinos hacen uso de un calzado llamado esparteña; se compone de cuerdas artísticamente trenzadas y se ata alrededor de la pierna con cintas ( …).
Más adelante nos cuenta Milbert que “en La Laguna, así como en el resto de la Isla, en general, el pueblo va vestido con ropas de lana; las personas ricas, o de una condición más alta, llevan telas ligeras de seda en la estación cálida, pero, hacia el atardecer, se cubren con un abrigo de paño. Las telas de algodón no son raras en la Isla; los ingleses llevan muchas del género común. Todas las que he visto son bastas; me han asegurado que se confeccionan con el algodón del país. La seda que se recoge, a parte de la cantidad necesaria para fabricar los bajos, se lleva cruda a Europa. Los habitantes más ricos son los únicos que utilizan bajos de seda. La última referencia de este via- jero relativa al tema que nos ocupa se centra en los campesinos que observó en el, para él, sorprendente mercado lagunero: “Estos campesinos parecen gozar de una buena po- sición, pero no saben disfrutarla. Sobre un traje muy desaliñado, se ve una gran cantidad de rosarios; los llevan colgados en el cuello, por encima de la chaqueta, y en los bolsillos, mezclados con el dinero y con un pequeño saco de tabaco ( …).
En nuestra pequeña “aventura etnográfica” nos encontramos con la recopilación que de las narraciones de viajeros anónimos hace D. D’urville en 1841. De “Viaje pintoresco al rededor del mundo” entresacamos el siguiente fragmento: “Muchos han criticado el traje de las mujeres de Tenerife, pero en mi concepto esta crítica es muy injusta, porque su corto guardapies de lana amarilla con anchos ribetes negros no carece de gracia; y aunque su velo parece formar un contraste desagradable con el sombrero redondo, sin embargo este contraste desaparece por el aire que saben darle a su porte (lam 3). Las mujeres ricas no llevan sombrero redondo, porque no van mas que por la ciudad o a la sombra; y el tejido de su manto es generalmente de seda o de muselina adornada de largos encajes ( …) Su paso es lento, su actitud flemática; por medio de su abanico ocultan en parte su rostro, y nunca lo vuelven por cumplimiento alguno”.
M. Hernández González (Profesor de Historia de América de la Universidad de La Laguna) recopiló una serie de relatos que “encontramos en bibliotecas norteamericanas en nuestra estancia (…) en la Universidad de Jonh Hopkins de Baltimore”, entre los que se halla “Aventuras y observaciones en la costa occidental de África y sus Islas” de Chas. W. Thomas (1855). Este sacerdote protestante “con estudios universitarios” cuenta que: “En los días de mercado (en La Laguna) (…) multi- tudes de campesinos, con sombreros de lana de anchas alas, luciendo cuerdas y borlas que les caen por la espalda1 y bastos calzones cortos de estameña, sujetos en las rodillas con lazos de cintas de alegres colores, ocupaban las esquinas y numerosas ta- bernas; todos fumando papelitos (…).
Finalizamos esta breve travesía por nuestras indumentarias tradicionales con una descripción de Ch. Van Beneden (“ Al noroeste de África: Las Islas Canarias”, 1882): en Icod “las mujeres llevaban unas enaguas finas de color rosa y un pañuelo de muselina, puesto con descuido en las espaldas; los hombres un simple calzón blanco y una camisa suelta que les llegaba a las caderas; también tenían un sombrero de alas anchas (…).
Deseamos que este viaje haya resultado tan placentero como lo ha sido para nosotros a los ya más o menos iniciados en estas lides; para los neófitos, el humilde deseo de que estas páginas les lleven a comprender que no necesitan inventar nada: es más fácil recurrir a las fuentes que, afortunadamente, los documentos escritos de la Historia nos brinda.
