Fiestas en honor de San Benito Abad: Vestir de mago o de maga, no es disfrazarse
Por Julio Torres Santos
Vestir de mago o de maga, no es disfrazarse
Hombres de Tacoronte y Mujer de Icod el Alto (Diston “Costumes of the Canary Islands”
Es tiempo de romerías, por eso cabe ahora plantear, aunque tal vez no más que en otras épocas del año, el tema de esas desafortunadas mixturas, e incluso invenciones, que sufren nuestras indumentarias tradicionales y padecemos todos los que gustamos de conservar y recuperar las tradiciones que integran el acervo popular. La variedad y riqueza de nuestras antiguas indumentarias es tal que no es preciso recurrir a tales prácticas, que no hacen más que desvirtuar nuestro pasado y nuestras costumbres, en definitiva, nuestra historia. Son muchos los textos que, de investigadores de reconocido prestigio, podemos citar para apoyar la ya mencionada riqueza de la vestimenta tradicional; pero, tal vez uno de los menos conocidos es el que publicó Dacio V. Darías y Padrón en el desaparecido periódico lagunero Las Noticias, en 1927, y que reproducimos a continuación casi en su totalidad.
Siendo como era entonces y es ahora, este Archipiélago un aislado y apartado rincón del suelo hispano, conservaban nuestros antepasados en el conjunto de su vida habitual costumbrista y de traje, más acentuada, si cabe, cierta sencillez, caracterizada por cierta regularidad que, en la época que nos referimos –principios del s. XIX-, informaban la sociedad española, girando todo alrededor de la veneración a la Iglesia, al Rey y a los padres. Todo esto, claro está, reducían, como dice un historiador, la iniciativa individual y hasta marcaban de antemano, la conducta a seguir por medio de normas tan inflexibles como invariables.
Por no ser objeto especial de este artículo, no nos referimos a la mo¬destia de la vida general española, puesta aquí entre nosotros todavía más de relieve, en la sencillez del mobiliario casero, reducido en las casas principales a unos cuantos cuadros religiosos y de familia, cuando más, cornucopias, altarcitos, arcones, escritorios, alguno que otro bargueño, unos cuantos candiles o velones de bronce para alumbrarse, con la sala de recibir, presidida por el «estrado», compuesto de un canapé, sillones, sillas de pata de águila, etc., además de los expresados cuadros, cornuco¬pias y escritorios o bargueños. Eso tratándose de las familias de más alto copete, que en las más modestas -no hay para que decirlo- su mobiliario era pobre y escaso.
A este propósito los señores Barker-Webb y Berthelot consignan en su Histoire naturelle des Iles Canaries, la que traducimos a continuación: «Así las clases medías presentan siempre en sus individualidades tipos característicos; ellas han conservado los antiguos usos y un poco de esas costumbres primitivas que uno desea tanto volver a encontrar; los vestidos, las habitaciones, los muebles han permanecido iguales y el viajero que tenga que recorrer el país, no ha de temer la monotonía de una insípida uniformidad». Hecha la anterior aclaración, pasemos a describir algunas indumentarias, comenzando por las de sociedad y acabando por las típicas de Tenerife, así como algunas otras.
Mujer de Candelaria y vendedor de carbón (Diston “Costumes of the Canary Islands”)
Trajes Civiles. No tuvieron aquí entrada, por las causas antes expuestas, ciertos refinamientos y gusto elegante importados del extranjero, en cuanto a modas se refiere, sino que, por lo general, persistió el tipo antiguo y algo severo del traje español, pues ni siquiera el gracioso y vistoso traje de “majas y chisperos», que inmortalizaron los pinceles de nuestro incomparable Goya, pudo arraigar en Canarias, por ser opuesto a nuestro carácter y costumbres.
Según el Prebendado Pereyra de Pacheco, nuestras damas usaban por la época, en traje de casa, un centro o fondo de tafetán y encima una falda transparente y estrecha de talle alto estilo Imperio, con adornos rameados en su parte inferior, corpiño de mangas largas, zapato de punta y tacón alto, trenza de pelo a la garganta con medallón de oro colgante, pañuelo de seda en la mano y los cabellos rizados, adornados con alguna joya y recogidos hacia atrás por una moña o lazo.
El traje de iglesia, consistía en un corriente manto y sayo de alopín u otro género de lana o seda, llevando en la mano un abanico. Las sirvientas o dueñas llevaban traje análogo de tela inferior, sin abanico. Es de advertir que el llamado manto y saya, consistía en dos sayas negras iguales, atadas a la cintura, de las cuales una subía a la cabeza, estando arrollada por los brazos, no dejando ver sino la cara.
Era costumbre por aquellos tiempos, que las señoritas de la clase alta y media se disfrazasen para ir a pasear por los patios de las ferias que se celebraban en frecuentes festividades, para lo cual se vestían como las mujeres del pueblo, llevando, por ejemplo, enaguas de tela color canela, justillo amarillo y beca blanca para disimular el rostro, con sombrero de montar parecido a la chistera, aunque con el ala delantera caída, media blanca y chinelas negras. A estas distinguidas tapadas, se las llamaba «currutacas» disfrazadas y concurrían, como decimos, a todas las fiestas de la Isla, intrigando a los galanes.
Mujer de la Victoria y Mayordomo de Garachico (Diston “Costumes of the Canary Islands”)
Vestidos de Hombre. Después de lo manifestado anteriormente, creemos innecesario manifestar que los elegantes de la moda llamados petimetres y «currutacos”, de frac verde inglés, chaleco blanco bordado, tupé rizado, gran sombrero de felpa, corbata amplísima de muselina, medias blancas y capa encarnada, se exhibieron poco o nada en estas islas, toda vez que el elemento masculino canario de posición mediana y acomodada, vestía redingot o casaca de largos faldones, con solapa y vuelillos, corbata blanca de musolina o encaje, chupa con bolsillos de cartera, calzón corto, media y zapato de corte bajo con hebilla de plata, peluca o peluquín de coleta tocada con sombrero de tres picos y escarapela encarnada. Todas esas prendas de color negro.
El labrador más o menos acomodado, se distinguía por su calzón corto ceñido, chaquetilla corta con faldetas, chaleco con solapilla y faldriqueras de cartera, medias de lana, zapato con hebilla, larga capa de cordoncillo, pelo largo de coleta, recogido con cinta hacia atrás y sobre su cabeza, gran sombrero redondo de anchas alas vueltas hacia arriba. Es¬te sencillo indumento también era negro, excepto la capa.
No dejaban de ser originales como distintivos característicos de su profesión los que adoptaron los médicos escasísimos en la provincia por entonces, pues además de las prendas de vestir ya descritas, llevaban ca¬pa colorada, indispensable sobre todo por las tardes, y un bastón con borlas.
Otros trajes populares en las poblaciones. Lo eran, verbigracia, el de las aguadoras, que llevaban enaguas blancas, jubón o corpiño con pañuelo al cuello de lo mismo, camisa de manga corta, man¬tilla amarilla, pies descalzos, no dejando de la mano la indispensable cánula y el barril a la cabeza.
Las “cocineras”, que entonces se tenían por muy limpias, se caracteri¬zaban por una toca monjil de lana blanca fina, camisón de manga corta y muy plegada, justillo encarnado sujeto con cordones, delantal blanco, enaguas de listas encarnadas y azules, listillas blancas, medias y zapatos negros con hebillas de metal blanco.
Labrador de Tegueste. Según Pereira Pacheco siglo XIX
Indumento Regional. Indudablemente es interesante el estudio, más detallado de lo que exige este corto espacio, del traje que, con carácter regional, usaron en las islas las gentes pertenecientes a la clase campesinas, cuyos indumentos, tal como realmente fueron, creemos que se irán perdiendo de día en día, en cuanto al singular carácter que revistieron, y se diferenciaron, siquiera en el detalle, a veces dentro de una misma isla.
No nos cabe duda, que nuestros antiguos trajes típicos, trajeron su origen, más o menos remoto, de las regiones del Norte de la Península y aún de algunas partes de Andalucía. Quien haya tenido ocasión de visitar en la Corte la Exposición permanente del «Traje regional», y se haya fijado en los del hombre asturiano, con su montera, en el de la mujer de la misma región y de Coruña con su mantilla o beca; el del navarro con su montera idéntica al del antiguo herreño; la de la mujer oscense con su mantilla blanca y el del soriano con su traje y capa de cordoncillo igual aI del Hierro, y la mantilla de la aldeana jaenesa, creerá ver en ella la clásica beca canaria.
Como traje propio antiguo de nuestras aldeanas, copiamos aquí lo que Mados consigan en su Diccionario: “Llevan generalmente un guardapiés que llaman enaguas de cordón, hechas de lana de listas de variados colores, un justillo al cuerpo sobrepuesto de un pañuelo corto al cuello, y en la cabeza, una mantilla de bayeta amarilla, con sombrero de hombre encima, bajo de copa: los labradores y sirvientes, visten en invierno una manta de cama doblada, con jareta al cuello, que figura capa corta». Esto era lo general; pero de una comarca a otra se ofrecía a veces cierto tipo indumentario, algunos de los cuales intentamos ahora dar a conocer brevemente, desde luego.
Hombre y mujer de Tacoronte-Tenerife (Diston “Costumes of the Canary Islands”)
Entre otra gente común, era de notar el peón de esta Ciudad y sus contornos, que no disponía de otro vestido, sino de una camisa y calzón de lienzo blanco sin zapatos; el gañán o pastor de ganado vacuno de la vega lagunera, entonces propiedad del Municipio que la arrendaba a los vecinos, iba generalmente jinete a caballo, sin más arreo que una soga echada al cuello del bruto, llevando camisa, calzón, polainas de lana, una manta plegada, como ahora, atada al cuello, su indispensable palo bajo el brazo, no usando calzado alguno.
Los hombres en general, aldeanos o campesinos, dicen los citados autores franceses, van cubiertos de la manta, especie de cobertura de lana que les cubre todo el cuerpo; portando un sombrero de paja o de fieltro, un chaleco guarnecido de cintas, calzones cortos abiertos desde la corva hasta medio muslo, con un calzoncillo de lienzo que dejan al descubierto; medias de lana o polainas de cuero, sandalias o zapatos de grandes hebillas, hoy de plata, pero antiguamente de oro de Méjico y de peso de 7 a 8 onzas. En el camino, se desembarazan a veces de su chaqueta y de sus calzones y recogen su ancho calzoncillo hasta lo alto de los muslos para caminar con más comodidad.
El marino de la matrícula de1 vecino puerto de Santa Cruz, se particularizaba por su pantalón azul con faja encarnada, camisa blanca con rayas amarillas, pañuelo atado al cuello, gorra frigia encarnada y chinelas negras.
El trompetero del Cabildo secular de Tenerife, llevaba larga levita galoneada, de botones dorados, con sendas faldriqueras y cartera de galones a los lados, chupa encarnada también exornada de lo mismo, calzón corto, media blanca, zapatos con hebilla de plata, sombrero de ¬tres picos galoneado bajo el brazo y su trompeta con un paño o bandera. Se colocaba entre los maceros del Ayuntamiento, cuando éste salía en forma de ciudad.




