Mantener vivo el espíritu romero: “Breve Viaje por Nuestras Indumentarias Tradicionales” (y III). Por Julio Torres

Vestirte de mago nos es ir disfrazado

En nuestra pequeña “aventura etnográfica” nos encontramos con la recopilación que de las narraciones de viajeros anónimos hace D. D’urville en 1841. De “Viaje pintoresco al rededor del mundo” entresacamos el siguiente fragmento: “Muchos han criticado el traje de las mujeres de Tenerife, pero en mi concepto esta crítica es muy injusta, porque su corto guardapies de lana amarilla con anchos ribetes negros no carece de gracia; y aunque su velo parece formar un contraste desagradable con el sombrero redondo, sin embargo este contraste desaparece por el aire que saben darle a su porte (lam 3)3. Las mujeres ricas no llevan sombrero redondo, porque no van mas que por la ciudad o a la sombra; y el tejido de su manto es generalmente de seda o de muselina adornada de largos encajes ( …) Su paso es lento, su actitud flemática; por medio de su abanico ocultan en parte su rostro, y nunca lo vuelven por cumplimiento alguno”.

M. Hernández González (Profesor de Historia de América de la Universidad de La Laguna) recopiló una serie de relatos que “encontramos en bibliotecas norteamericanas en nuestra estancia (…) en la Universidad de Jonh Hopkins de Baltimore”, entre los que se halla “Aventuras y observaciones en la costa occidental de África y sus Islas” de Chas. W. Thomas (1855). Este sacerdote protestante “con estudios universitarios” cuenta que: “En los días de mercado (en La Laguna) (…) multi- tudes de campesinos, con sombreros de lana de anchas alas, luciendo cuerdas y borlas que les caen por la espalda1 y bastos calzones cortos de estameña, sujetos en las rodillas con lazos de cintas de alegres colores, ocupaban las esquinas y numerosas ta- bernas; todos fumando papelitos (…).

Finalizamos esta breve travesía por nuestras indumentarias tradicionales con una descripción de Ch. Van Beneden (“ Al noroeste de África: Las Islas Canarias”, 1882): en Icod “las mujeres llevaban unas enaguas finas de color rosa y un pañuelo de muselina, puesto con descuido en las espaldas; los hombres un simple ca1zón blanco y una camisa suelta que les llegaba a las caderas; también tenían un sombrero de alas anchas (…).

Deseamos que este viaje haya resultado tan placentero como lo ha sido para nosotros a los ya más o menos iniciados en estas lides; para los neófitos, el humilde deseo de que estas páginas les lleven a comprender que no necesitan inventar nada: es más fácil recurrir a las fuentes que, afortunadamente, los documentos escritos de la Historia nos brinda.

También te podría gustar...