No es casual que sea Julio Fajardo el primero de los fundadores que aparezca en la obra Los Sabandeños: las otras voces del mito:
«Doña Luisa Sánchez, la madre de Julio Fajardo, les pidió que le fueran a cantar a su hijo, que estaba en cama con coxalgia. Se dice que ya por entonces los hermanos Bacallado, pese a sus pocos años, eran unos virtuosos del laúd, la bandurria y la guitarra; algo por lo que siempre —reconoce el propio Leoncio— le han estado agradecidos a su padre, que fue quien les inculcó el amor a la música desde muy pequeños: cuando el menor de los tres hermanos apenas sumaba siete años, don Leoncio Bacallado decidió introducirlos en el mundo de la música; habló con Manuel el Campanero —hermano del director de la banda municipal, Antonio González Ferrera—, para que les diera clases de pulso y púa, y le asignó a cada uno, casi por tamaño, un instrumento musical: a Antonio, el mayor, con diez años, la guitarra; a Juan José (Checho), con nueve, el laúd; y a Leoncio, con siete, la bandurria».
Y es Checho (Juan José Bacallado) quien mejor describe la personalidad de Julio Fajardo:
«Julio hubiera dado un arquitecto de puta madre —opina Checho—, y un músico de cojones, porque siempre ha tenido una “oreja” tremenda para la música. Pero decidió ser un bohemio, dedicado a miles de cosas. Y ha sido un bohemio magnífico, un intelectual, con una vasta cultura y una gran humanidad; y, aunque es bastante modesto, le da veinte vueltas a muchos de por aquí que se creen intelectuales. Yo lo tengo en el más alto de los pedestales».
Como tantos otros músicos populares, sus comienzos fueron, en la calle, en el bar, en la parranda:
«»Empezamos a cantar más en serio y nos unimos a otras juergas que organizaban por aquella época los veraneantes en Bajamar». Cantadores como Pancho Cantarrana, o el propio Sebastián Ramos, participaban de aquellas parrandas, y ellos los acompañaban como tocadores: «En aquella época —nos cuenta Julio Fajardo—, coincidían a menudo cantadores en casa de Pepe el Abogado; se daban allí unos piques tremendos entre ellos, y la parranda que los acompañaba era la nuestra».
[…] «Me matriculé en la universidad en el año 58 —cuenta Julio Fajardo—, y desde ese momento entré a formar parte, junto con otros amigos, de lo que se llamaba en aquella época ‘Coros y Danzas del SEU’ (Sindicato Español Universitario)». Con ellos, aquellos jóvenes llegarían a participar en el Concurso Nacional Universitario de Coros y Danzas celebrado en Pamplona en el año 1964, en el que obtendrían el primer premio».
Pronto la valía de este músico creativo iba a requerir nuevos horizontes, lo que lo llevaría a lanzarse en solitario con composiciones propias: «Pero sería Julio Fajardo quien, a mediados de los años sesenta, llevara a cabo la iniciativa más importante dentro del nuevo género musical, tal como hacía notar La Tarde en 1968 al resumir la trayectoria profesional del joven lagunero, al que se refería como «uno de los cantantes tinerfeños de mayor renombre»: «Empieza como cantante profesional en el 63, en Barcelona, donde estudia Arquitectura. Amigo del gran Raimón, el creador de la ‘Nueva Canción’, y de Carlos Oroza, el poeta. Escribe música para actuar con Joan Guinjoan, con versos de Antonio González Aba. Con Fernando García Ramos, como poeta, trabaja otras canciones. Nuevas letras de los poemas de Nicolás Guillén y Atahualpa Yupanqui. Recitales en la Escuela de Periodismo de Madrid, en la Facultad de Económicas y de Letras, en la Alianza Internacional de Estudiantes. Un público selecto, un auditorio casi siempre minoritario».