Ventas, bodegas, tabernas y dulcerías del entorno de la plaza del Cristo de La Laguna (III): «Casa Antonino» (III). Por Julio Torres

Paseo de fraile en el Cristo. Años 60.

Fray Pascual y las mariquitas machos

Otro asunto muy interesante de Casa Antonino era su proximidad con el convento y todas las historias relacionadas con los frailes.

En aquellos años había entre ellos un fraile mayor, muy estricto y de ideas muy tradicionales. A principios de los años sesenta, cuando empezó a llegar a La Laguna un turismo más masivo y aparecieron las guaguas turísticas que hacían los recorridos por la ciudad, aquel fraile esperaba muchas veces en la puerta del santuario con una cantidad de toallas preparadas.

Si una mujer llegaba con una blusa sin mangas, una falda demasiado corta o unos pantalones cortos, según su criterio, tenía que ponerse una toalla alrededor de la cintura, como un pareo, y otra por encima de los hombros. Si no lo hacía, no la dejaba entrar en el santuario.

Pero no se limitaba a la puerta de la iglesia. En verano se iba también a las paradas de las guaguas que llegaban de Bajamar y de Punta del Hidalgo. Era la época en que las mujeres jóvenes empezaban a ponerse pantalones y llegaban las pandillas de chicas después de pasar el día bañándose. Él las veía y salía detrás de ellas, incluso con intención de llegar hasta sus casas para darles las quejas a sus padres por permitirles vestir de aquella manera.

Corría detrás de ellas con un aleluya o una estampa en la mano gritándoles:

—¡Corran, corran, mariquitas macho!

Aquello llegó a ser todo un escándalo en La Laguna. Y, naturalmente, La Laguna tardó muy poco en ponerle un nombre. Desde entonces mucha gente lo conoció como el fraile «Mariquitas Macho».

Fray Pascual se plantaba en la puerta del santuario los viernes, sábados y domingos y, desde allí, organizaba la entrada a misa como quien dirige el tráfico. A una le señalaba: «Usted, por esa puerta»; a otra: «Usted, por la de la izquierda»; y, de vez en cuando, a alguna le tocaba la sentencia definitiva: «Y usted, váyase a su casa a terminar de vestirse».

Porque Fray Pascual, en cuestiones de vestimenta, no se andaba con contemplaciones. Escotes, prendas sin mangas o faldas demasiado por encima de la rodilla no pasaban su particular control de entrada. Y allí estaba él, firme en la puerta, repartiendo indicaciones con las manos y decidiendo quién entraba a misa y quién tenía que volver a casa a ponerse algo más.

Era curioso porque, en aquella época tan estricta dentro del convento, Casa Antonino estaba justamente enfrente y jamás se veía a un fraile dentro del bar. Eso era impensable.

Frailes pasean por la plaza en fiestas, a los pies de uno de los hermosos alamos negro, una vendedora de manzanas reinetas. años 60.

Con el paso de los años, aquellas maneras tan estrictas, propias también de otros tiempos, han quedado en el recuerdo y forman parte de las muchas anécdotas que se cuentan sobre él. Y entre todas ellas pervive aquella frase, pronunciada con toda naturalidad a quien, a su juicio, se había quedado corta de tela: «Váyase a su casa a terminar de vestirse». Una ocurrencia que, recordada hoy, inevitablemente despierta más de una sonrisa.

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