El Cristo de La Laguna, la Plaza, fiestas y tradiciones (y IV)

Las corridas de toros por las fiestas del Cristo fue un impacto en diversos sectores económicos

Ya en 1873, Sicilia de Arenzana pormenorizó todos los sectores que progresaban virtud a las corridas de toros…

Producen cuantiosos beneficios a los lidiadores de toros y empleados; a muchos hospitales; a las empresas contratistas; a los ganaderos de reses bravas; a los propietarios de dehesas para pastos; a los tratantes de caballos matalones; a los dueños de plazas; a las poblaciones donde éstas radican; a los mil y mil dependientes necesarios para su custodia y conservación; a los polvoristas; a los comerciantes en flores y cintas, y a otros muchos que es excusado enumerar.

Para Laguna y Martínez Gallego, a diferencia de otras ofertas de ocio, sobre todo deportivas, que empezaron a surgir con fuerza en los inicios del siglo XX, como el boxeo o el ciclismo, las corridas de toros sí impulsaron el desarrollo económico, a finales del siglo XIX, de algunos sectores sociales de las localidades donde estaban ubicadas. La revista “El Toreo” analiza algunos de estos sectores en 1893, tales como propietarios, ganaderos, toreros, fondistas, medios de transporte, comercios limítrofes e incluso obras benéficas.

Efectivamente, la plaza de toros tuvo un gran impacto no solo en las fiestas del Smo. Cristo de La Laguna de 1891, para las que se decía había “mil proyectos”, también fue grande su repercusión social y económica en los sectores más arriba mencionados, que repasamos.

En Tenerife, no existía ni existe ganado bravo, pero esta primera plaza estable de Canarias que nos ocupa tuvo una influencia evidente en la celebración de la I Feria de ganado provincial (o sea, del Archipiélago, pues en esa época las islas conformaban una única provincia), que tendrá lugar con motivos de las fiestas del Cristo de 1892. Además, no se puede olvidar a otras ganaderías, como la caballar.

En abril de 1891, la prensa aseguraba que los toros para las dos primeras corridas proyectadas “serán de cinco hierbas, como suele decirse para indicar los años que cuentan estos bichos, y pertenecen a una famosa ganadería andaluza”.

También por abril sabíamos que, aunque en ambas corridas se lidiarían ocho toros, se recibirían nueve, “para que haya uno de repuesto”. Se volvía a asegurar que los toros serían de las mejores ganaderías de España, “garantidos, y no de desecho, como se ha propagado falsamente”.
Los caballos sí se solicitaron en La Laguna, como podemos leer en la siguiente gacetilla de septiembre de 1891…

En la ciudad de la Laguna, calle de San Juan, donde se está construyendo la “Plaza de Toros”, se compran caballos o yeguas que tengan de alzada 7 cuartas o poco menos.

Y es que la plaza de toros lagunera se estrenó nada menos que con cinco toros de la afamada ganadería de Miura y cuatro de la de Anastasio Martín “que si no son las más antiguas de España, seguramente no hay otras dos que les aventajen”. El propio Darmanin confirmaba en una carta en la prensa que “puedo, por lo tanto, asegurar que se lidiarán bichos de más de cuatro años, de estas dos últimas ganaderías”, que “son muy buenos, entre los mejores”, puesto que no había reparado en gastos y “estaba atento solo al deseo de ofrecer al público dos corridas inmejorables».

Cuando pudieron verse estos primeros astados, “personas inteligentes” aseguraron sus excelentes condiciones, por lo que se prometía que la corrida inaugural sería un espectáculo brillantísimo.
Tras el empresario, son los toreros y sus cuadrillas los que tienen más ganancias. En la primera corrida de toros de Canarias, que tuvo lugar en La Laguna, ya en abril anunciaba la prensa que la cuadrilla se compondría de toreros de primera, reservándose sus nombres para más adelante. Es más, el propio Darmanin afirmaba, en julio de 1891, que su apoderado había dado instrucciones para los contratos con los dos espadas y que serían tan buenos como merecen los toros que han de lidiar. Se reservaba los nombres hasta recibir el telegrama en el que se le participara que se habían formalizado los contratos. Por esas fechas poco más sabemos de la cuadrilla contratada, que se compondrá de dos espadas, cuatro banderilleros, tres picadores y dos monos sabios.

Por fin, a mediados de agosto de 1891 ya se conocen los nombres de los espadas ya contratados: Antonio Escobar “Boto” y Francisco Jiménez “Rebujina”. Los carteles anunciando las respectivas corridas, con expresión del personal de que se componen las cuadrillas y los toros que se lidiarán, llegarán de Sevilla “por el primer correo”. Se fijaron inmediatamente, para darlos a conocer “en todos los pueblos de esta provincia”.

Otro efecto más, a juicio de El Toreo, era el beneficio generado en los comercios limítrofes de la plaza o relacionados con el despacho de billetes. En 1891 los despachos de billetes de abonado a la plaza lagunera estuvieron en el establecimiento de Francisco Riquelme, situada en la plaza de la Catedral de La Laguna, así como en los talleres de José Mª Elías y José Servando, situados en las casas número 19 de la calle del Norte, y número 7 de la de San Francisco, en Santa Cruz, además de en la misma Plaza, como es lógico. Para la corrida del 20 de septiembre también se vendieron localidades en el establecimiento de Luis Pozuelo, en La Laguna.

Las fotografías de las corridas de toros se pusieron a la venta en la platería de Rafael Trujillo (La Laguna) y en el Hotel Camacho (Santa Cruz).

Por otra parte, aumentó el número de tabernas o cafeterías de Santa Cruz que abrieron “sucursales” en La Laguna para las fiestas. Por ejemplo, anunció la prensa que “estará abierta en la plaza de San Francisco núm. 26, la sucursal Café y Restaurant Wilson, donde se encontrará una gran variedad en fiambres, cervezas, cocktails y bebidas finas de todas clases”.

En las tardes de toros, se llenaban hasta la bandera locales laguneros como la cafetería del Hotel Aguere o las tabernas de Pozuelo y la de Rumeu, visitas obligadas las tardes de toros para tomar unas botellas del rico y oloroso jerez de Barceló y Torres.

También hay que mencionar a los fondistas, casas de hospedaje, así como las posadas donde se alojaban caballerías. Aunque ya eran muchas las gentes que se desplazaban desde Santa Cruz a La Laguna huyendo del calor estival, en lo que se denominó “emigración veraniega”, se vaticinaba que iba a ser extraordinario el número de familias que abandonarían Santa Cruz para las fiestas del Cristo de 1891. Porque La Laguna iba a tener “el privilegio de atraer a todos” con el doble incentivo que constituyen su clima y las fiestas que se preparan para septiembre. Incluso se esperaba un “contingente de otros pueblos de Tenerife y de las islas hermanas”.

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