Ventas, bodegas, tabernas y cafeterías del entorno de la Catedral de La Laguna: «Antonio el Puntero» (VIII). Por Julio Torres

Diseño Julio Torres.
La primera puchereta: alrededor de una mesa, el renacer de las Fiestas del Cristo (II)
Los grandes coros
Al año siguiente, en 1954, y nuevamente con la decisiva intervención de Luis Ramos Falcón desde el Orfeón La Paz, llegó a La Laguna el Coro Easo de San Sebastián, otra de las grandes formaciones corales del momento. Se mantenía así la voluntad de acercar a la ciudad conjuntos de primer nivel, capaces de situar la actividad musical lagunera en contacto con algunas de las experiencias corales más prestigiosas de aquellos años.

Colección Julio Torres.
Fundado en 1940, el Coro Easo era entonces una formación masculina que atravesaba una etapa especialmente brillante de su trayectoria. Su prestigio había traspasado ampliamente las fronteras españolas gracias a sus éxitos en importantes certámenes internacionales: obtuvo primeros premios en Llangollen, en 1949; Lille, en 1950; y Arezzo, en 1953. Su visita a La Laguna se produjo, por tanto, apenas un año después de aquel importante triunfo italiano y en un momento de plena proyección internacional del conjunto donostiarra.

Colección Julio Torres.
A ello se sumaba otro episodio que daba cuenta de la relevancia alcanzada por el coro. En julio de 1953 había actuado en el Vaticano ante el papa Pío XII, interpretando, entre otras obras, el Ave María de Tomás Luis de Victoria y Aitor, mutil, de Jesús Guridi. La presencia del Easo en La Laguna no era, por consiguiente, la de una agrupación más dentro del circuito coral español, sino la de un conjunto que llegaba precedido por un notable reconocimiento internacional.
Ese prestigio difícilmente podía pasar inadvertido para una personalidad como Luis Ramos Falcón, figura fundamental de la vida cultural y musical lagunera de aquellos años. Perteneciente a una familia estrechamente vinculada al comercio y al desarrollo social de la ciudad, Ramos Falcón fue fundador y presidente del Orfeón La Paz, además de folclorista y magnífico timplista. Con el paso del tiempo quedaría también ligado a los orígenes del fenómeno sabandeño. Su actividad, sin embargo, debe entenderse dentro de un ambiente cultural mucho más amplio, en el que la música formaba parte habitual de las relaciones sociales y familiares de La Laguna.

Colección Julio Torres.
Sus parrandas fueron durante años una expresión característica de aquel ambiente. Las casas laguneras podían convertirse en espacios de reunión, conversación y música, prolongando una tradición en la que lo doméstico y lo cultural se entrelazaban de manera natural. Desde ese contexto se comprende mejor su empeño por abrir la ciudad a otras experiencias musicales y por aprovechar la estructura y la capacidad de convocatoria del Orfeón La Paz para propiciar la llegada de agrupaciones de reconocido prestigio.
Cinco años después, en 1959, sería el turno de otra destacada formación vasca: el Coro Maitea de San Sebastián. En esta ocasión se trataba de un magnífico conjunto femenino, dirigido por María Teresa Hernández Usobiaga, que había alcanzado también un importante reconocimiento fuera de España. Fundado en 1945, el Coro Maitea desarrolló una prolongada actividad hasta finales de la década de 1970 y ocupó un lugar singular dentro del panorama coral femenino de su tiempo.

Foto: colección Julio Torres.
Famosas caras posan en el Leal con el Coro Maitea, Luis Ramos Falcón, Kike Martín, Ricardo Tejera… Foto: La Laguna septiembre de 1959.
Como había sucedido con el Easo, Maitea llegaba a La Laguna precedido por un considerable prestigio internacional. En 1949 había obtenido el primer premio en el Certamen Internacional de Llangollen, en Gales, uno de los grandes escaparates europeos de la música coral de aquellos años. La presencia sucesiva en La Laguna de formaciones como el Coro Easo y el Coro Maitea permite apreciar la dimensión que había adquirido la actividad promovida en torno al Orfeón La Paz y, particularmente, la capacidad de Luis Ramos Falcón para establecer vínculos que acercaban a la ciudad algunas de las agrupaciones corales más destacadas de la época.

Domingo de La Laguna junto a Menéndez Pidal. Foto: colección Julio Torres.
El creador de «La Puchereta» fue un hombre singular: Domingo de Laguna y las notas de su diario «La visita a don Ramón Menéndez Pidal»
Aquella mañana (…) había amanecido Madrid muy triste, la tristeza del otoño. Me trasladé al barrio de Chamartín, donde en el apacible chalet, que me recordaba las mansiones de los sabios que en la soledad huyen del mundanal ruido (…) en aquel lugar don Ramón investiga y aporta sus frutos a la ciencia española. Se percibe en el jardín el vivo olor al romero aromático, pues los rosales estaban desmayados y las hojas de los árboles hacían una alfombra a nuestro paso. No sé qué significado tendrá para don Ramón el olivo plantado a la puerta de su casa, A mí me pareció un símbolo de paz, que llama la atención al visitante, y obliga a que la paz se guarde en aquel recinto. Nos recibe una doncella con toca y guantes, y nos pasa a una de tantas bibliotecas la casa. Y después de esperar unos minutos, aparece don Ramón Menéndez Pidal, amable y aristócrata, con sus gafas de erudito (…)
Dentro de este relato queremos detenernos en una figura que merece ser rescatada del olvido: Domingo de La Laguna, periodista dotado de una extraordinaria habilidad para acercarse a algunos de los personajes más relevantes de aquella España de los años cincuenta. Supo llegar hasta ellos, conversar, observar y contar; ejercer, en definitiva, ese periodismo de proximidad en el que la confianza y la curiosidad eran tan importantes como la propia noticia.
La Laguna no siempre ha sabido reconocer a sus cronistas. Demasiadas veces, una oficialidad mal entendida ha terminado ocultando una realidad mucho más rica, diversa y humana. La historia de una ciudad no puede construirse únicamente desde los cargos, los despachos o los reconocimientos institucionales. También pertenece a quienes recorrieron sus calles, escucharon a sus gentes y dejaron testimonio de su tiempo.
Porque no todo en este mundo fue matasellar correspondencia o alcanzar la jefatura de una estafeta. Hubo otras maneras de servir a una comunidad y de dejar memoria. Domingo de La Laguna lo hizo desde el periodismo, con la palabra, la entrevista y la capacidad de llegar hasta quienes estaban escribiendo, muchas veces sin saberlo, la historia de aquella España de los cincuenta.
Recuperar hoy su nombre no supone únicamente rendir homenaje a un periodista. Significa también reivindicar a esos cronistas que quedaron fuera del relato oficial y recordar que la verdadera memoria de La Laguna es mucho más amplia que la que durante años nos quisieron contar.
