Vecinos de la ciudad (VIII). Biografía vs. retrato: Efigies reales que copian grabados

La sala de exposiciones de la Casa de los Capitanes muestra hasta el 15 de diciembre la exposición Vecinos de la ciudad. Retratos en San Cristóbal de La Laguna (siglos XVI-XIX)
Una de las circunstancias que ayuda a comprender la novedad de los retratos reales es su correspondencia con grabados y referentes que sirvieron de modelo a creadores activos en la periferia, aunque tal hecho no puede probarse siempre. Sabemos ya que al Archipiélago llegaron estampas que divulgaban el aspecto de los monarcas gobernantes, hasta el punto de que ese material gráfico, por lo general láminas sueltas o insertas en libros, formó parte del repertorio figurativo que toda clase de isleños manejaría a menudo. Lo interesante ahora es constatar que tales representaciones sobre papel adquirieron un valor notable entre artistas avecindados en la ciudad de La Laguna, sobre todo a medida que avanzó el siglo XVIII. No olvidemos que dicha centuria coincide con una renovación del arte de la estampa, siendo partícipes de esa coyuntura maestros que reprodujeron las efigies debidas a pintores cortesanos. Gracias a unos y a otros la imagen de los soberanos era popular a ambos lados del Atlántico, divulgando de paso las creaciones de autores con fama durante aquel tiempo.
La obra que nos ocupa es un ejemplo evidente de esa dinámica, a pesar de que no resulta del todo conocida ni se ha publicado en condiciones. Aunque en 1967 ya fue expuesta y estudiada como parte de la colección del deán José de Ossuna Batista (1883-1976), su localización por último en dependencias de la catedral de La Laguna nos anima a volver sobre ella y a estudiarla con rigor. De entrada, la pintura sorprende porque el tipo de efigie adoptado no es común al contener un retrato doble e incluir repertorios iconográficos al uso, algo dispares en lo relativo a la corona regia o las recreaciones florales. La deuda con modelos peninsulares queda disipada al constatar que reproduce una estampa de 1798 dibujada por el miniaturista Jean Bauzil (1766-1820) y grabada luego por Fernando Selma (1752-1808). Su difusión fue notable en aquellos momentos porque sirvió de ilustración al Calendario manual y guía de forasteros en Madrid, publicado un año más tarde. Intuimos que por ese motivo sería conocida en el Archipiélago y que a un ejemplar de dicha edición periódica accedió el pintor Luis de la Cruz (1776-1853) para conocer la estampa, ya que se le puede atribuir esta pintura que exhibe el museo catedralicio y es consecuencia directa de ella.

Ese hecho es elocuente en sí mismo, pero resulta significativo que la lámina fuera copiada de modo fiel por un maestro local. El mismo De la Cruz y antes que él José Rodríguez de la Oliva (1695-1777) o Félix Padrón (1744-1814) no reprodujeron de forma fidedigna los modelos conocidos en otras creaciones suyas de igual tipo; y del mismo modo, la obra que nos ocupa y pudo pintarse antes de 1808 sorprende por una descripción mucho más precisa de los rasgos de los reyes, omitiendo así modelos análogos de Agustín Esteve (1753-1820) o Francisco de Goya (1746-1828) que conoció Bauzil. Los detalles del lienzo que remiten al arte de De La Cruz son diversos y deberán pormenorizarse en una publicación futura, pero el paralelismo con otras pinturas suyas se antoja clarificador si atendemos al sentido cromático de los tejidos y el fondo, los grafismos de la leyenda que identifica a los soberanos, el afán miniaturista que manifiesta en algunos atributos y en los rostros, su apurado técnico y, sobre todo, el sentido plástico que el cuadro aduce como un conjunto unitario en forma y concepto, próximo ya al espíritu neoclásico.
