Vecinos de la ciudad (VI). Mujer de la nobleza, espejo de vanidades

La sala de exposiciones de la Casa de los Capitanes muestra hasta el 15 de diciembre la exposición Vecinos de la ciudad. Retratos en San Cristóbal de La Laguna (siglos XVI-XIX).

Al igual que sucede con los retratos masculinos, los de mujeres que pertenecieron al estamento nobiliario son auténticos testimonios de época y, por consiguiente, reflejan los gustos y las costumbres dominantes entre la elite al tiempo de su ejecución. Para ilustrar ese hecho recurrimos a la efigie de una dama que no se había estudiado ni publicado adecuadamente hasta ahora: la única representación conocida de Antonia Josefa del Hoyo Solórzano y Figueroa (1717-1735), cuya corta vida no le impidió tener un protagonismo notable en la sociedad tinerfeña de principios del siglo XVIII. Fue hija de Fernando José del Hoyo Solórzano Abarca (1694-1747), segundo conde de Siete Fuentes, y su primera mujer Teresa de Figueroa Montañés y Castilla (…1697-1741). A temprana edad casó con Domingo Miguel de la Guerra y Rosell (1695-1769) y al poco tiempo acabaría convirtiéndose en madre de Fernando de la Guerra del Hoyo (1734-1799), luego marqués consorte de la Villa de San Andrés y vizconde del Buen Paso. Con ello logró descendencia acorde al estatus heredado, por lo que su recuerdo, constante gracias a la pintura que nos ocupa, no caería en el olvido.

La imagen de esta distinguida hija de condes es arquetípica y equiparable con la de otras mujeres de igual condición en aquel momento, mostrando un paralelismo claro con el retrato de María Ana Vélez del Hoyo (1716-1741) que Juan Manuel de Silva (1687-1751) pudo pintar hacia 1740. Antonia Josefa viste un traje de gran riqueza y escote generoso, confeccionado en base a un tejido de seda que incluye motivos florales y recreaciones arquitectónicas sobre fondo blanco. El diseño es datable durante el primer tercio de la centuria, al igual que otros elementos que tienen cabida en su representación con afán diferenciador. Deben destacarse en ese sentido objetos de uso femenino como el abanico que sujeta en una de las manos, el ceñidor que recoge su cabello junto a florecillas de adorno o las muchas prendas con que es efigiada sin llegar al cuerpo entero, por lo que pueden distinguirse joyeles tradicionales desde la centuria anterior como sortijas, brazaletes, pendientes a juego con un colgante de cuello en forma de cruz, una gargantilla de perlas, una cadena o rosario y el amplio lazo con rosa para el pecho, confeccionados todos con oro, perlas, esmeraldas y coral.

Otros atributos que completan la figuración son igualmente de signo nobiliario, no obviando el pintor algunos comunes como el cortinaje recogido en un lateral, la mesa con tapete rojo, las flores que se disponen sobre él con significado variable, la lámina de San José con el Niño que cuelga al fondo para mostrar preferencias devocionales y un pequeño libro que la efigiada sustenta bajo él, acaso un devocionario de uso frecuente entonces. Respecto a la autoría, es difícil aventurar una atribución convincente, pero no nos parece descabellada su relación con el arte de José Rodríguez de la Oliva (1695-1777) en fecha temprana. Con este maestro se vincularon entonces varios miembros de la casa Guerra, puesto que ya había retratado al marido de nuestra modelo en 1720, efigió a su suegro tras fallecer en 1729 y algo después, en 1752, firmó el óvalo donde quedó definida la «imagen oficiosa» de su hijo Fernando José. A falta de una limpieza que resalte los valores plásticos algo desleídos y con la prudencia que imponen análisis formales sin profundizar en lo técnico, este óleo sería un eslabón más en la relación ya conocida que De la Oliva sostuvo con la familia Guerra y nuevos miembros de ella como la malograda Antonia Josefa.

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