«Un ámbito, un panel y nueve menceyatos» (II), por Jesús Duque Arimany

Si como hemos visto en el caso concreto de Tenerife, se sustituyó gradualmente una deidad por otra, ¿no es posible que se hiciera lo mismo con las organizaciones territoriales, lo que implicaría el mantenimiento al menos temporalmente de aquellos menceyatos.? Claro que en el caso de haber sido así, esta segunda fase solo hubiera tenido sentido en el caso de que bastante más población aborigen – guanches, canarios y gomeros – de la que se ha considerado hasta ahora hubiera sobrevivido a la acción directa de los conquistadores y, sobre todo, al imperialismo ecológico encarnado en la “modorra”. De haber sido así, su protagonismo en la conformación de la nueva sociedad hubiera sido mayor. Al tradicional planteamiento de la poco menos que desaparición de la población guanche contribuyen las cifras aportadas por Pedro Gómez de escudero en Canarias. Crónicas de su conquista, quien estima que solo en la batalla de la Matanza de Acentejo, perecieron 2.000 guanches, y que contribuye a trazar un panorama desolador al respecto. Por su parte Ca da Mosto, en su Relato de los viajes a la costa occidental de África, cifra en 15.000 los habitantes de la isla de Tenerife en aquellos tiempos, mientras que Zurara en Chronique de Guiné aporta el dato de la presencia en Tenerife de 6.000 hombres de pelea. En cualquier caso, dudosas son las fuentes de las que bebieron todos los autores referidos más arriba para aportar tales cifras.
Contamos, sin embargo, con otras fuentes que, aunque ya de sobra conocidas, tal vez puedan aportarnos una nueva visión al respecto. La primera a la que acudiremos es el juicio de residencia al que fue sometido, en 1509, el adelantado Alonso Fernández de Lugo, proceso milagrosamente conservado en su totalidad en el Archivo Municipal de San Cristóbal de La Laguna y transcrito y sometido a un severo estudio crítico por Elías Serra Ráfols. Los juicios de residencia, procedimiento judicial del derecho castellano e indiano consistente en la revisión de las actuaciones del gobernador – aunque bien es cierto que en Tenerife el gobernador poseía el cargo vitaliciamente a pesar de lo cual igualmente eran sometidos a este mecanismo de control -, han adquirido una nueva dimensión como fuente documental a partir de los postulados de Alfredo Jiménez Núñez, reivindicándolos como documentos etnohistóricos, reveladores del interés de la corona – téngase en cuenta que al juez de residencia lo nombraba el rey – por sus territorios y con el objetivo de corregir abusos en beneficio de la población aborigen, erigiéndose en un verdadero testimonio de contextos sociales y culturales y de conflictos de intereses legítimos e ilegítimos.
Pues bien, en el memorial de descargo nº CXLVI de la ya referida residencia aplicada a Fernández de Lugo, se da a entender la dificultad para atraer población foránea que poblase la isla: “iten si saben que al tiempo e sazón que esta isla se ganó o se començó a poblar no avía quien quisiese venir a poblalla e por que [para que] se poblare convenía que se tolerasen e sufriesen algunas cosas, por que de otra manera no se poblara ni oviera quien en ella quisiera bevir…”. Impresión que es corroborada por todos los testigos llamados a declarar, entre ellos Alcaraz, quien declaró que “al tiempo que esta isla se ganó pocos avían gana de venir a vecindarse en ella e que algunos venían e no se contentaban e se volvían e que les paresce que por averse de poblar se debía tolerar e moderarse algunas cosas”. Igualmente revelador es el testimonio de Suárez Gallinato, quien manifestó “que sabe que convenía para la población de la dicha isla tolerar las cosas e non llevadlas por rigor de justicia por que si se hiciera como en tierra [en la Península] no estoviera la isla tan poblada como está”. En ambas respuestas se intuye una suerte de improvisación de las autoridades locales para solucionar el problema de la ausencia de potenciales pobladores frente a la normativa oficial que establecía la obligación del colono de asentarse en la isla con familia y casa poblada. ¿Tal vez, como ya se había hecho durante el proceso de la conquista militar, reclutando a un más que considerable número de aborígenes de Gran Canaria? O, ¿tal vez, siguiendo la hoja de ruta de una política evangelizadora, convirtiendo en nuevos colonos a una población guanche más numerosa de lo que tradicionalmente se ha considerado? O, planteándolo de otra manera, ¿en 1496, la cifra de 6.000 guanches que dice la tradición que sobrevivió a la conquista militar era una cifra tan reducida para la época? Con respecto a las dos últimas cuestiones – la primera no ofrece duda alguna en la documentación conservada de la postconquista, remitiéndonos nuevamente a las datas y a los protocolos notariales de Los Realejos -, nos remitiremos ahora al estudio crítico que Serra Ráfols incluyó en su edición de Acuerdos del Cabildo de Tenerife 1497 -1507. Al referirse a los guanches, Serra sentencia que “…si dejamos hablar lealmente a los documentos contemporáneos, no jugaba ningún papel la instrucción y evangelización de esos indígenas […] No encontramos jamás la menor alusión a un trabajo de catequesis, de conquista moral, como a la que continuamente se refieren los capellanes de Béthencourt [en Le Canarien]”. Claro que el exacerbado celo que emplea Serra en sacar conclusiones generales a partir del análisis exclusivo del documento en cuestión le hace olvidar el anterior episodio del eremitorio de Guímar y la misión desplegada por un grupo de misioneros franciscanos jienenses liderados por fray Alfonso de Bolaños, tan profusamente documentada por Rumeu de Armas en La Conquista de Tenerife. Visto así, este proceso más que la brusca asimilación que plantea Serra, da la impresión que responde más a un proceso de sincretismo religioso gradual, planteamiento que se refuerza una vez que se lee el contenido del repartimiento nº 49 del Libro V de datas originales, fechado en 1502 y en el cual se incluye un acuerdo celebrado entre el Adelantado Alonso Fernández de Lugo y el Cabildo Catedralicio de Gran Canaria para establecerse en Güímar – téngase en cuenta lo que ellos suponía para el culto allí establecido en torno a la imagen de Nuestra Señora de Candelaria – y Taoro, a la sazón los dos términos, antes menceyatos, con mayor número de población guanche antes y también después de la conquista. El repartimiento al que aludimos no tiene desperdicio pues en el mismo se establece que “…los susodichos provisor y prior se obligaron […] por virtud del dicho poder que aquí [en Tenerife] residirán y servirán ocho personas eclesiásticas, que es a saber, dos divinidades, tres canónicos y tres racioneros […] e que tales personas sean obligadas a venir y residir en el servicio susodicho desde San Juan de junio primero que viene en un año y el Cabildo [de la Iglesia de Canaria] sea tenido de los de enviar [enviarlos] […] Todo lo cual, el cabildo sea obligado de hoy para siempre jamás”. Resulta evidente que esta acción del Adelantado sí deja entrever una intención de reforzar el culto entre todos aquellos guanches que ya habían sido bautizados o entre aquellos que todavía no lo habían sido. Por tanto, descartamos sentencias tan categóricas como aquella que dice, “…estaban muy lejos de la mente de Lugo y sus compañeros las preocupaciones de Fray Juan de Baeza y la nave misionera que había soñado para conquistar las islas, hacía más de medio siglo”, vertida por Serra en los ya referidos Acuerdos del Cabildo de Tenerife 1497-1507. Más bien al contrario, el planteamiento de una hoja de ruta evangelizadora en el eje Güímar-Taoro venía a corroborar, primero, la persistencia de ambos menceyatos y, segundo, albergaba toda una simbología: desde el bando de paz por excelencia, Güímar, se procedía a continuar evangelizando al bando de guerra más paradigmático,Taoro, aquel donde, siempre siguiendo las datas de Tenerife, “derriscó Bentorrey [rey Bentor]”.Tal propósito evangelizador hace que no sea descabellado pensar en la presencia de una población de guanches y canarios más que aceptable. De no ser así, ¿qué sentido hubieran tenido teniéndose en cuenta que el resto del contingente poblacional que estaba llegando a la isla era mayoritariamente cristiano?
Estas modestas aportaciones documentales sobre la presencia de población aborigen y especialmente guanche en la postconquista de Tenerife puede que hayan encontrado su confirmación en los estudios de una disciplina que, hasta hace bien poco, nada tenía que ver con la historia: la genética. Los recientes estudios realizados en este campo por la doctora Fregel muestran que el 22 % de la población tinerfeña actual porta un ADN mitocondrial aborigen, esto es, una ascendencia de población bereber del norte de África por línea maternal.
Dichas evidencias científicas no han podido, sin embargo, mitigar la idea instaurada en el imaginario colectivo sobre el genocidio de la población aborigen, debate que fue incluso llevado al seno del Parlamento de Canarias, en sesión celebrada en 10 de mayo de 2017. La polémica generada por los “cuadros de la humillación” de Manuel González Méndez, los cuales adornan el salón de plenos del Parlamento de Canarias, se tradujo en la propuesta por unanimidad para que en todos los museos arqueológicos insulares haya secciones espaciales donde se recuerde y se estudie el “genocidio” guanche a manos de los conquistadores del archipiélago.
Pero, ¿de dónde proviene esta concepción del genocidio? Tal vez sus orígenes haya que buscarlos en una interpretación errónea del desarrollo del epígrafe “Lamentable extinción de la nación guanchinesa”, incluido en Noticias de la Historia General de las Islas Canarias de José de Viera y Clavijo. En el mismo comenta el polígrafo de Los Realejos que “cuantos se interesan por la antigua nación de los guanches y quisieran ver subsistente con algún lustre la estirpe de aquellos soberanos […] no podrán dejar de sentir que en esta parte fuese tan injusto el modo de pensar de nuestros primeros pobladores y colonos. Lejos de dispensar su protección y sus respetos a aquellas familias desgraciadas […] trataron [a] toda la nación con desprecio increíble; de tal manera que la pobreza, la timidez, el abatimiento y, lo que es más que todo, la inclinación heredada a una vida salvaje y errante, fueron causas que concurrieron a la destrucción de las reliquias de un pueblo que se había salvado de la modorra y de la guerra”. La última frase descarta la posibilidad, si acaso remota, del genocidio, y Viera y Clavijo está planteando con toda claridad el escenario de un “etnocidio”, esto es, la destrucción de la cultura del pueblo guanche – nunca el exterminio de la raza -, y la cultura, siguiendo los parámetros de su tiempo, formaba parte del concepto “nación”. Prosigue Viera y Clavijo con el desarrollo de tan célebre epígrafe recordando aquellas reflexiones de Sprat sobre los guanches en su obra Historia de la Sociedad Regia de Londres, indicando que “…aquella gente ha cesado ya de formar cuerpo de nación, y se pueden decir que no existen en Tenerife otros verdaderos guanches que las momias…”. El de Sprat es el epitafio del etnocidio guanche e, inevitablemente, implica un reconocimiento del criollismo (…).
