Tras la huella de la Iª Peregrinación tinerfeña a Roma en 1950 (XXV). Visita a Pompeya y Sorrento (y IV)

(…) Mezzo giorno, los autocares nos conducían a través de la carretera panorámica, de un encanto incomparable, hacia Sorrento, con el propósito de almorzar en esta localidad y pasar en élla toda la tarde. Dejamos atrás a Castellamare y sus colinas y bajamos hasta la playa de Pozzano, donde empalma la carretera de Sorrento. Tras Punta Orlando aparece un deslumbrador panorama, formado por la extensa península de Sorrento, el golfo del mismo nombre y el Vesubio, continuando el viajero, en todo el recorrido de esta maravillosa carretera, de sorpresa en sorpresa. No se sabe qué admirar más, si el espeso bosque de variadas especies vegetales; los abismos a pique sobre el mar que varos bordeando; el mismo mar azul fuerte, con su profundidad; los atrevidos puentes que unen las laderas de los barrancos; las villas claras y alegres edificadas junto al bosque o junto al mar, etc., que todo esto y mucho más va sucediéndose vertiginosamente y apareciendo ante nuestra apreciación. Y así hasta que se pasa la Punta di Scútolo y aparece la llanura sorrentina, jardín de primavera eterna, al fondo del cual encuéntrase Sorrento, ceñido de bosques. Nada tiene de extraño que en presencia de un paisaje tan extraordinariamente variado y bello evocara a cada paso desde estas latitudes, con recuerdo afectuoso, a nuestros exquisitos artistas del pincel D. Francisco Bonnín Guerin y D. Manuel Martín González, y ello no porque hayan sido capaces de agotar la profusión de motivos de nuestra bella naturaleza isleña, sino porque estos de aquí también son dignos de sus encendidas paletas, ya que se traía de dos intérpretes exactos de ese divino secreto que el Creador alojó en todas sus obras y que saben trasladar con fidelidad rigurosa a los lienzos de sus maravillosas creaciones.

No cabe duda que constituye una felicidad completa encontrar, como nosotros encontramos, tras el recorrido alucinante y arrobador que hemos verificado en toda esta mañana, un hotel acogedor y una comida abundante y sabrosa. Terminado el almuerzo todavía hubo tiempo suficiente para visitar la población.

Anotemos algunas de las bondades que tuvimos ocasión de ver: Hay una plaza con un monumento a Torcuato Tasso, el autor de «La Jerusalén Libertada», que llegó en vida hasta ser adulado por príncipes y reyes y murió tísico mendigo en la caridad de una celda de Jerónimos del Monasterio de San Onofre de Roma. Desde el mirador de esta plaza se goza una bonita vista: la del mar y la costa brava. El Corso, calle principal de Sorrento, par¬te desde aquí y llega hasta el Duomo; otra calle, situada a la derecha de la plaza de Torcuato Tasso, nos lleva a la iglesia de San Antonino, Esta iglesia tiene columnas de una gran antigüedad y una cripta. En una sala junto a la sacristía, consérvase celosamente cuidado un portal o pesebre del siglo X en el que se han representado todas las escenas de la Anunciación, Nacimiento y Adoración del Niño Jesús, con figuras de térra cotta de un gran valor artístico.

Hubo por fin, una exhibición folklórica en honor a nuestra Peregrinación, la que se terminó al oscurecer. Los autocares partieron con la celeridad acostumbrada en viaje de regreso, dejándonos a las ocho de la noche junto al «Plus Ultra» que como servidor fiel a una consigna, continuaba anclado en el muelle de Nápoles.

N.E. Famosas son las figuras napolitanas para hacer el Portal de Belén. Entre algunas familias de aquellos viajeros se conservan preciosas figuras compradas en aquella visita. Nuestro cronista hace referencias a las preciosas figuritas vista por los peregrinos.

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