Tras la huella de la Iª Peregrinación tinerfeña a Roma en 1950 (XXV).Hacia Tierra Canaria via Barcelona (y IV)

El tiempo invertido desde Barcelona a Tenerife podemos dividirlo también en dos etapas: la del Mediterráneo, con mar tranquilo y apacible, y la del Atlántico, con mar agitado y turbulento, volviendo a repetirse, y por espacio de dos días, las mismas incomodidades que sufrimos en el Golfo de León cuando nos dirigíamos a Nápoles.

Las inquietantes noticias que llegaban de las Islas en aquel mes de noviembre de 1950.

Eí día diez por la mañana empezaron a llegar a bordo las primeras referencias del temporal de viento y agua que sufría nuestro Archipiélago, extensivas también a los daños ocasionados y a las regiones y localidades más afectadas. Nuestra ansiedad y zozobra por tal serio contratiempo fue remitiendo con las noticias más o menos tranquilizadoras que en días sucesivos nos fueron suministrando los telegramas recibidos de familiares de algunos peregrinos y con las que afanosos recogíamos por la radio del barco.

Entretanto, nuestro «Plus Ultra» continuaba meciéndose al compás de las olas un tanto alborotadas en vaivenes rítmicos que de todo punto imposibilitaban a nuestros cuerpos el necesario equilibrio, motivo por el cual la mayor parte del pasaje permaneció en sus literas.

Hermosa escalera del salón noble del Plus Ultra que sirvió de local social e iglesia improvisada durante el viaje.

Amainada un tanto la marejada, la Peregrinación obsequió, el trece por la noche, con una fiesta de despedida y agradecimiento, al Sr. Capitán del barco, D. Indalecio Llamas y a su excelente y atenta oficialidad, en la cual tomaron parte destacados valores artísticos, compañeros de peregrinación.

Durante toda la mañana del día 14 de Noviembre tuvimos enfrente el Nordeste de la isla de Tenerife, navegando en dirección a los macizos de Anaga. Los primeros parajes que nos ofrece la isla, verdes y atrayentes, son Igueste de San Andrés y San Andrés, pero cuando cruzábamos frente a éllos ya estaba llamando poderosamente nuestra atención la bella capital tinerfeña que recostada en el declive de su suave ladera, ni envidiosa ni envidiada, blanca y risueña, acogedora y sentimental, parecía nos esperaba radiante de júbilo, y que como nosotros para volver a poseerla contaba ella también por minutos para abrazarnos el momento de nuestra llegada. Con nerviosa intranquilidad, efecto de la emoción, los peregrinos no sabíamos donde colocarnos para mejor contemplarla y así íbamos de un lugar para otro riendo, cantando, aplaudiendo, mientras el barco empavesado, deslizábase bahía adentro acercándose lentamente al lugar que le tenían señalado para su atraque. Hemos cantado el Credo y la Salve en acción de gracias al Todopoderoso por el brillante éxito de la Peregrinación. A las once de la mañana el «Plus Ultra» echa sus anclas y queda pegado al muelle.

La Prensa, ya sin Franco de visita, dedica las portadas al regreso de la peregrinación.

En tierra nos esperaba una gran concurrencia formada por nuestros amigos y familiares, con quienes establecimos desde el barco un cambio de cariñosos mensajes de salutación coirespondiendo a los muchos que éllos nos transmitían de afectuosa bienvenida.

Y se acerca el momento de disolverse en la paz del Señor la Peregrinación Tinerfeña, la que ha retornado al punto de partida sin haber registrado ni un solo percance desagradable, pero sí cargada de imborrables recuerdos y de gratísimas impresiones con las que seguiremos construyendo en nuestras almas castillos de ilusiones y mundos de saludables deseos; con las que seguiremos soñando, que soñar es una imperiosa necesidad del corazón del hombre: todas sus aspiraciones e inquietudes ¿qué otra cosa son sino vuelos inevitables del alma?

Agrupados los peregrinos todos en la cubierta superior del buque entonamos el Himno de la Peregrinación, y luego, trás las cordiales y efusivas despedidas del personal de a bordo y de una manera especial del agradable compañero, D. Tomás Rivet, Rvdo. Capellán del barco, a quien agradecemos profundamente los sacerdotes peregrinos sus atenciones y servicios, poco a poco fuimos abandonando el «Plus Ultra», trasladándonos con nuestros familiares a nuestros respectivos hogares para, después de descansar, empezar a relatarles minuciosamente todos los episodios del viaje y, vuelvo a repetir, para seguir viviendo ilusionados y enfervorizados.

Al siguiente día, como último acto oficial de la Peregrinación, se ofició una misa solemne de acción de gracias al Todopoderoso en la iglesia parroquial de San José de esta Capital a la que asistieron muelos peregrinos residentes en la misma, actuando de celebrante su celoso párroco D. Jesús Cabrera Medina, ministrado por los sacerdotes peregrinos, D. Antonio Rodríguez Bello y D. Luis Van-de-walle.

El relato histórico del viaje a Roma de la Peregrinación Tinerfeña que quisimos ofrecer al lector, ha alcanzado su fin con la gracia de Dios.

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