Tras la huella de la Iª Peregrinación tinerfeña a Roma en 1950 (XXI). El regreso a Nápoles (y IV)

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Entre las cosas importantes de Nápoles destácame su Museo Nacional, uno de los más ricos del mundo por sus antiguas esculturas, que por no tener tiempo no visitamos, el Acuarium y e Duomo o Catedral de San Jenaro, Patrón de la Ciudad. Hálla se este magnífico templo en un entrante de la vía Duomo. Su fachada es gótica y su interior, de tres hermosas naves de techos altos, es bello y elegante. En la nave de la derecha hállase la ca¬pilla dedicada a San Jenaro, cuyas paredes están revestidas de mármol y en la cúpula exhíbense buenas pinturas. El altar mayor de esta capilla posee una estatua del Santo, Obispo y Mártir, y guarda las reliquias donde se conserva su sangre. Fue degollado en Puzzuoli en el 305, y al ser trasladado su cuerpo más tarde a Nápoles, licuóse su sangre. Este milagro desde entonces se viene repitiendo dos veces al año, en Mayo y Septiembre. Cuando llegamos a Nápoles procedentes de Canarias, a bordo mismo del «Plus Ultra» se nos repartieron hojitas de propaganda de la Ciudad y en una de ellas, con el título en francés: «Le Miracle de San Gennaro en Naples», se relataba el prodigio y se nos invitaba a visitar su sepulcro en la Catedral.

A hora conveniente fuímonos al «Plus Ultra» donde encontramos el siguiente anuncio: «Mañana a las siete, visita a Pompeya y almuerzo en Sorrento, donde pasaremos la tarde». Una sorpresa y una ilusión más.

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