TRADICIONES NAVIDEÑAS EN LA LAGUNA Y SU COMARCA , del libro: Julio Torres Santos 1999

Julio Torres Santos
LAS PAVERAS
Noviembre, 1999.
La cría de pavos es una de las actividades menos conocidas entre las que los agricultores de las medianías del norte tinerfeño (concretamente Los Realejos, La Vera, Icod el Alto y San Juan de la Rambla) se vieron obligados a desempeñar, para complementar los escasos ingresos generados por la agricultura de secano. Aunque extinguida en la actualidad, estuvo muy arraigada hasta mediados del s. XX. Fue una ocupación básicamente femenina, transmitida de madres a hijas, por lo que constituye un ejemplo más de la rígida división entre labores femeninas y masculinas propia de la agricultura canaria.
La mujer era la encargada de vender y criar los pavos, logrando beneficios considerables sin grandes inversiones, por lo que disfrutaba de cierta consideración social; pero si lo hacía el hombre – lo que sucedía, según nuestros datos, en contadas ocasiones- se lo tildaba de “mujerengo” o “afeminado” .
Pavos por Navidad
Las paveras desplazaban su manada (rancho) a las tierras próximas a la costa para que ésta se alimentara de hierbas, cigarrones, cochinilla, higos picos y, sobre todo, de granos en los caminos, barrancos y, fundamentalmente, en los campos de barbecho. Al llegar la noche, encerraban el rancho de pavos en una pequeña construcción adosada a su vivienda, en la que también permanecían las pavas en época de cría. Después de este período, conservando un pavo y algunas pavas, lo trasladaban hasta la zona de venta. La Laguna y Santa Cruz eran destinos habituales, dada la demanda, que llegó a ser cada vez mayor en fechas navideñas.
El recorrido hacia La Laguna se iniciaba a finales de julio o principios de agosto, pues al ser tan largo y duro, los pavos llegaban en condiciones tan paupérrimas que era preciso un período de engorde a fin de que estuvieran en óptimas condiciones para la venta, especialmente en fechas navideñas. Era, además, un recorrido lento, ya que las paveras debían caminar al paso de los pavos, cuidando, con su característico y típico grito –“Chiiii, chiiii,…”- que no salieran a la carretera y que perdieran el menor peso posible.
Cuatro días duraba el trayecto hasta Los Rodeos, lo que suponía tres paradas nocturnas a lo largo del camino, aunque un tanto arbitrarias, siempre coincidentes con enclaves frecuentados o con viviendas de amigos.
La llegada a La Laguna del rancho de pavos provocaba la algarabía general, pues rompía la monotonía diaria: las gentes se asomaban a verlo pasar y le daban de comer y beber para llamar su atención. Puesto que debían esperar hasta diciembre, las paveras buscaban una vivienda provisional, siendo las zonas preferidas y habituales San Lázaro y San Benito. En ésta última solían alojarse, bien en pajares de amigos, como los de don Victoriano Ravina, bien en cuadras, como las de los de ricos propietarios don Cirilo Hernández y don Virgilio Martín. Dichos hacendados también permitían que los ranchos se alimentasen en sus tierras, pues las limpiaban de insectos dañinos. A cambio de comida y alojamiento, las paveras colaboraban en las labores del campo. Hasta estas viviendas provisionales se desplazaban los que querían comprar sus pavos. En diciembre, si aún conservaban un considerable número de pavos, lo que no era habitual, se trasladaba, diariamente, desde La Laguna hasta los barrios más privilegiados de Santa Cruz, siguiendo el peligroso “camino de la Cuesta” .
Las paveras en los Nacimientos laguneros
Las paveras llegaron a ser, pues, personajes entrañables de La Laguna. Ello unido a que la tradición importada de consumir pavo en Navidad se fue generalizando, justifica su presencia en los Nacimientos laguneros, desde donde se extenderían a los tinerfeños. En todos ellos aparecían representadas con su vestimenta característica, plasmada por Alfred Diston en (1824). Al pie de una ilustración que representa a una pavera de Icod el Alto podemos leer :
“La mujer que aquí aparece bosquejada es de las que obtienen su modo de vida cuidando pavos y llevándolos en manadas de 15 ó 20 al Puerto de la Orotava y a otros lugares para vender. Son sobrias en el vestir y aficionadas a la mezcla de colores chillones. Su sombrero de paja está adornado con pequeños trozos de tela (preparada para trenzar) y una cofia (toca), hecha de trozos de lino de fabricación casera, trenzados con gran esmero. Su mantilla es de bayeta amarilla inglesa, ribeteada de cinta azul”.
