Todos los Santos y Fieles Difuntos en La Laguna del pasado siglo XX (III). Por Julio Torres

Hablando con Domingo Medina Peña ¡Qué antes de fraile fue monaguillo!
“Para otros niños laguneros que no vivían en la proximidad del cementerio, la limpieza de las tumbas servia para acercarlos tímidamente al mundo de los muertos, las lamparillas, los buñuelos y los churros que algunos se comían en el cementerio… Sin duda eran unos días muy especiales, y el ambiente que creaba todo esto era único, sobre todo para los que habían perdido a un familiar últimamente y para los niños, que lo vivían como viven todo, asombrados e impresionados”.
Los entierros eran un motivo de encuentro en los barrios, pueblos y pagos del término municipal lagunero. Mucho antes de aparecer los tanatorios, cuando alguien fallecía en una casa, se le vestía y amortajaba en su cama; una vez que habían venido el médico y el cura, en la casa se quedaba la familia velando toda la noche. Muchos familiares y otras vecinas asiduas a estas costumbres asistían a la casa a acompañar a la familia en el duelo, la cual ofrecía galletas, café, anís a las señoras y vino o coñac a los hombres, sin faltar las buenas tazas de caldo de madrugada, además de las típicas infusiones de salvia, manzanilla y tila, elaboradas en cantidades industriales.
La noche de velatorio de cuerpo presente era larga y daba para todo, desde el llanto, el recuerdo del difunto, el reencuentro con los familiares que venían del interior o sur de la Isla, hasta alguna anécdota que hacía estallar en carcajadas a los concurrentes. De esas noches de duelo probablemente se sacó la expresión “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”. En La Laguna, en el barrio de San Diego, existió un señor, don Arístides, que no fallaba a un solo duelo, y la fama de sus chistes recorrió toda la geografía insular.
Imponente velatorio
Al día siguiente era el entierro, y se trasladaba al fallecido a la iglesia. La gente del pueblo asistía al entierro y, sólo los hombres, también al cementerio. Allí esperaban a que se le diese sepultura al fallecido, para, a continuación, como ya dijimos antes, pasar por el “ritual” de las “tierritas”, consistente en “largarse” unas buenas cuartas de buen vino en las tabernas del viejo barrio de San Juan.
Otros vecinos sólo iban a la llamada “misa de salida”. Para acudir a esta misa los familiares se reunían en casa del difunto y salían todos juntos (las mujeres del brazo y de riguroso luto, los hombres con brazalete negro en la americana y corbata negra). Se celebraba entre tres días y una semana después, con el fin de que la gente que no había podido asistir al entierro fuese a dar el pésame. Los menos allegados iban a la misa, y al finalizar ésta se ponían en la fila para “el te o le acompaño en el sentimiento”, expresión muy típica que significa dar el pésame de un modo rápido y por cumplir con la familia.
Algunas de estas prácticas continúan hoy día en vigor y se siguen celebrando exactamente igual o con algunos ligeros cambios, como el hecho de que el duelo sea en el tanatorio y no en la casa particular.
