Todos los Santos y Fieles Difuntos en La Laguna del pasado siglo XX (II). Por Julio Torres

Hablando con Domingo Medina Peña ¡Qué antes de fraile fue monaguillo!
“Recuerdo de niño, cuando jugábamos en la plaza de San Juan vecina al cementerio, que, cuando asomaba algún entierro por el llano, se daba la voz para ir corriendo a ver si teníamos una oportunidad de colarnos en la comitiva, siempre por supuesto aprovechando una debilidad en la férrea vigilancia de don Vicente Falcón y de Tomás, el sepulturero.
Usábamos estas visitas para, después, contar historias referentes a los muertos, pues en esas “coladeras” se hacía una incursión obligada al osario, curioseando por si veíamos algún hueso, si era una calavera… ¡ya ni te cuento! Y, cuando en alguna ocasión alcanzábamos a ver las persianas del cuarto de auptosias abiertas, ya era algo impresionante, lo máximo, con don Justo Vallejo actuando de forense y Tomás, el sepulturero, de ayudante. Después, por la noche nos pasaba factura nuestra curiosidad desmedida, sobre todo si teníamos que quedarnos solos en la habitación, como era mi caso, salir al patio o subir a la azotea a por algo. Y si tu madre te mandaba a comprar algo a la venta de Vidal ¡ni te cuento!: las imágenes se te venían a la cabeza una y otra vez, y la mente solía correr más que las piernas para espantar el miedo”.
Por Todos los Santos y Fieles Difuntos, por la noche, se ponía en cada casa un plato hondo con agua y aceite, y se encendían unas lamparitas que la gente llamaba “palomitas”, una por cada difunto de la familia. Ese plato, que se depositaba en el poyo de la cocina, nos daba mucho miedo a los chiquillos por lo que representaban. Todo ese ambiente que se creaba sin duda no tenía nada que envidiar al miedo que produce el actual e importado Halloween, pero con otro respeto. Particularmente considero que es mejor recrear nuestras tradiciones que importar esas otras tan ajenas a nuestra cultura.
Todo oportunidad era buena para una foto familiar o en “familia”. Una familia se hace una fotografía junto a la tumba de su ser querido, años 50. Colección de Carlos Filpes.
También algo muy común hace años y que estaba relacionado con el tema de los difuntos eran “los entierritos”, esto es, los entierros de niños debidos, en la mayoría de los casos, a las malas condiciones sanitarias. En esos casos sí nos permitían entrar en el cementerio, e incluso podíamos portar el pequeño féretro o las coronas. El ser portadores de esas pequeñas cajas que contenían el cadáver de un niño o una niña, aunque puede resultar algo macabra esta tradición, permite observar que existía una relación muy estrecha con la muerte en el pasado, hasta el punto de ver como naturales estas prácticas.
El día de Fieles Difuntos, también conocido por Día de las Ánimas (siguiente al de los Santos) había varias misas. La primera de ellas era casi de noche y asistían en su mayoría hombres que tenían que irse a trabajar en las fabricas que entonces tenía el incipiente barrio de San Juan. Recuerdo la “Vidriera”, de Imeldo Bello; “Floresta”, con sus invernaderos; o “Viblocán”, con sus primeros bloques de cemento para las edificaciones modernas de la nueva Laguna. Esta primeras misas del alba era de cita obligatoria, hombres que en su mayor parte habitualmente no pisaban la iglesia, asistían a éstas por estar dedicadas a todos los difuntos”.
