Solemne Besamanos de María Sanmtísima de Gracia, La Laguna

Programa de actos, Viernes 24 de marzo: a las 20.00, Conferencia sobre la ermita de Gracia y su barrio, a cargo de Don Arturo Cairos Hernández, profesor de filosofía. Concierto Sacro a cargo del Orfeón la Paz. Sábado 25 de marzo, Solemnidad de la Anunciación del Señor, día de la Virgen de Gracia. A las 11,00 Rezo del Santo Rosario. A las 11,30 celebración solemne de la Eucaristía. con la intervención de la Coral Polifónica del Círculo de Amistad XII de Enero, dirigida por Don Salvador Rojas. Al término de la misma, Devoto Besamanos de la Venerada Imagen. Organizado por la Parroquia y Hermandad de Santa María de Gracia.

La Virgen de Gracia es una advocación mariana muy arraigada en las tierras españolas. Esta advocación mariana tiene sus orígenes en la frase que el Arcángel San Gabriel dijo a María el día de la Anunciación «Dios te salve María, llena eres de gracia».

Desde los albores de la fundación de San Cristóbal de La Laguna existe Santa María de Gracia, y en este antiguo pago lagunero se celebra este fin de semana el Besamanos a la Virgen, una talla flamenca que llegó a la Isla a principios del siglo XVI y que tiene en la ermita lagunera su santuario, que es además el punto exacto donde comenzó la histórica batalla de La Laguna, decisiva para la conquista de la Isla en 1496.

Con respecto al nombre dado a la advocación de Gracia y a esta festividad celebrada el 25 de marzo, hubo variantes: Anunciación de la bienaventurada Virgen María, Anunciación del ángel a la bienaventurada Virgen María… En todas ellas, la referencia a María es muy intensa, quedando más atenuada la referencia a Cristo. Con la reforma litúrgica posterior al concilio Vaticano II la festividad ha recobrado su nombre más auténtico, Anunciación del Señor, enfatizando así que la misión de María debe ser vista siempre a la luz de Cristo.

En los calendarios antiguos, la Fiesta de la Anunciación de la Santísima Virgen María en estado de Gracia (25 marzo), también se llamó FESTUM INCARNATIONIS, INITIUM REDEMPTIONIS CONCEPTIO CHRISTI, ANNUNTIATIO CHRISTI, ANNUNTIATIO DOMINICA.

La Anunciación según María Valtorta

María Valtorta es una mística italiana que nos dejó relatos de la vida de Jesús y María en la tierra. Escribió sin interrupción desde 1943 hasta 1947. Aun en las fases agudas de su enfermedad y, a veces, entre dolores atroces, no dictó nunca. Ella misma reconoció que no dispuso de medio humano alguno para elaborar sus escritos: absolutamente todo le fue dictado o revelado en visiones, que ella transcribió en sus escritos.

Su obra mayor es “El Evangelio como me ha sido revelado”. En sus diez volúmenes narra el nacimiento y la infancia de María y de su hijo Jesús, los tres años de la vida pública de Jesús, su Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión al Cielo, Pentecostés, los albores de la Iglesia y la Asunción de María.

De ese libro es que extractamos el relato de la Anunciación.

Lo que veo. María, muchacha jovencísima (al máximo quince años a juzgar por su aspecto), está en una pequeña habitación rectangular; verdaderamente, una habitación de jovencita. Contra una de las dos paredes más largas, está el lecho: una cama baja, sin armadura, cubierta por gruesas esteras o tapetes — diríase que éstos están extendidos sobre una tabla o sobre un entramado de cañas porque están muy rígidos y sin pliegues como los de nuestras camas —. Contra la otra pared, un estante con una lámpara de aceite, unos rollos de pergamino y una labor de costura — parece un bordado — cuidadosamente doblada.

A uno de los lados del estante, hacia la puerta, que da al huerto, abierta ahora, aunque tapada por una cortina que se mueve movida por un ligero vientecillo, en un taburete bajo está sentada la Virgen. Está hilando un lino candidísimo y suave como la seda. Sus manitas, sólo un poco más oscuras que el lino, hacen girar rápidamente el huso. Su carita juvenil, preciosa, está ligeramente inclinada y ligeramente sonriente, como si estuviera acariciando o siguiendo algún dulce pensamiento.

Hay un gran silencio en la casita y en el huerto. Y mucha paz, tanto en la cara de María como en el espacio que la rodea. Paz y orden. Todo está limpio y ordenado. La habitación, de humildísimo aspecto y mobiliario, casi desnuda como una celda, tiene un aire austero y regio, debido a su gran limpieza y a la cuidadosa colocación de la cobertura del lecho, de los rollos, de la lámpara y del jarroncito de cobre que está cerca de ésta con un haz de ramitas floridas dentro, ramitas de melocotonero o de peral, no lo sé; lo que sí está claro es que son de árboles frutales, de un blanco ligeramente rosado.

María comienza a cantar en voz baja. Luego alza ligeramente la voz. No llega al pleno canto, pero su voz ya vibra en la habitación, sintiéndose en aquélla una vibración del alma. No entiendo la letra, que sin duda es en hebreo, pero, dado que, de vez en cuando repite “Yeohveh”, intuyo que se trata de algún canto sagrado, acaso un salmo. Quizás María recuerda los cantos del Templo. Debe tratarse de un dulce recuerdo. Efectivamente, deja sobre su regazo sus manos, y con ellas el hilo y el huso, y levanta la cabeza para apoyarla en la pared, hacia atrás. Su rostro está encendido de un lindo rubor; los ojos, perdidos tras algún dulce pensamiento, brillantes por un golpe de llanto, que no los rebosa pero sí los agranda. Y, a pesar de todo, loa ojos ríen, sonríen ante ese pensamiento que ven y que los abstrae de lo sensible. Resaltando de su vestido blanco sencillísimo, circundado por las trenzas, que lleva recogidas como corona en torno a la cabeza, el rostro rosado de María parece una linda flor.

El canto pasa a ser oración:
-Señor Dios Altísimo, no te demores más en mandar a tu Siervo para traer la paz a la tierra. Suscita el tiempo propicio y la virgen pura y fecunda para la venida de tu Cristo. Padre, Padre santo, concédele a tu sierva ofrecer su vida para esto. Concédeme morir tras haber visto tu Luz y tu Justicia en la Tierra, sabiendo que la Redención se ha cumplido. ¡Oh, Padre Santo, manda a la Tierra el Suspiro de los Profetas! Envía el Redentor a tu sierva. Que cuando cese mi día se me abra tu Casa por haber sido abiertas sus puertas por tu Cristo para todos aquellos que en ti hayan esperado. Ven, ven, Espíritu del Señor. Ven a los fieles tuyos que te esperan. ¡Ven, Príncipe de la Paz!…

María se queda así ensimismada…

La cortina late más fuerte, como si alguien la estuviera aventando con algo o quisiera descorrerla. Y una luz blanca de perla fundida con plata pura hace más claras las paredes tenuemente amarillentas, hace más vivos los colores de las telas, más espiritual el rostro alzado de María. En la luz se prosterna el Arcángel. La cortina no ha sido descorrida ante el misterio que se está verificando; es más, ya no late: pende, rígida, pegada a las jambas, separando, como una pared, el interior del exterior.

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