Saludo a la Diócesis de Monseñor Eloy A. Santiago Santiago, Obispo electo de San Cristóbal de La Laguna

Saludo a la Diócesis de San Cristóbal de La Laguna
«Que el Dios de la esperanza os colme de alegría y de paz viviendo vuestra fe, para que desbordéis de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo»(Rm 15,13).
Querida familia diocesana:
Con estas palabras del apóstol Pablo deseo presentar mi primer saludo a la porción del Pueblo de Dios que peregrina en las islas de Tenerife, La Palma, La Gomera y El Hierro, y que conforman la Diócesis de San Cristóbal de La Laguna, que, inmerecidamente por mi parte, el Papa Francisco (por quien pido oraciones por su pronta mejoría) benignamente ha querido confiar a mi cuidado pastoral para que, como padre y pastor, la acompañe en la fe, la anime en la esperanza y la presida en la caridad.
Es mi deseo, y será mi premura, que –como afirma san Pablo– la vivencia de la fe, su celebración y su anuncio, sean motivos de alegría y de paz para cada uno de vosotros y para nuestra comunidad diocesana nivariense, de la que ya me siento miembro. En efecto, como nos recordaba el papa Francisco en la exhortación Evangelii gaudium:
«La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús» porque «con Jesucristo siempre nace y renace la alegría» (n.1). Él nos ofrece la alegría plena, que nada ni nadie nos puede quitar (cf. Jn 16, 22-24) y que se renueva y se comunica; a ello nos invita el Sucesor de Pedro: «a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría» (Ibídem).
De esa manera podremos seguir respondiendo a nuestra razón de existir como Iglesia y cumplir el encargo que Cristo resucitado dejó a sus apóstoles: «Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos» (Mt 28,19). El Plan Diocesano de Pastoral 2022-2026 de nuestra diócesis nivariense, que lleva por título Vayan, es una exhortación a ponernos en camino, y a hacerlo juntos, como comunidad, de forma corresponsable, viviendo nuestra vocación bautismal, como Iglesia sinodal, como cuando el Señor envío a los setenta y dos discípulos, de dos en dos, y les dijo «¡Poneos en camino!» (Lc 10, 3).
Todo ello permitirá que, como decía el apóstol Pablo en el versículo citado, desbordemos de esperanza y así podamos transmitirla a los demás, incluso en el actual contexto exterior, y tal vez también interior, de «desierto espiritual» que nos puede llevar a la tentación de un pesimismo estéril y desanimo quejoso, en vez de descubrir que – como nos recordaba Benedicto XVI – «a partir de la experiencia de este desierto, de este vacío, es como podemos descubrir nuevamente la alegría de creer, su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres. En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir» (Homilía durante la Santa Misa de apertura del Año de la Fe, 11.10.2012).
Y lo que es esencial para vivir es Cristo, nuestra esperanza, esperanza que no defrauda (Rom 5,5) como estamos recordando y redescubriendo en este año Jubilar convocado por el Papa Francisco en el que nos exhorta a transformar los signos de los tiempos en signos de esperanza, para lo que se requiere que «¡No nos dejemos robar la esperanza!» (EG 87) y que desbordemos de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo, que transforma todo y nos concede sus frutos de la alegría y la paz que tanto anhelamos.
Queridos diocesanos, la tarea que tenemos delante de nosotros es un gran desafío, ciertamente, ahora como antes, tal y como lo atestigua las palabras de Cristo: «la mies es abundante y los obreros pocos» (Lc 10, 1), pero es un desafío apasionante que exige de todos nosotros, laicos, consagrados y sacerdotes que nos abramos a la acción del Espíritu para que refuerce los vínculos de comunión que nos unen dentro de una legítima diversidad, riqueza de la Iglesia, y nos mueva a una ardiente acción evangelizadora compartiendo los «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren» (GS 1), como afirmaba hace 60 años el Concilio Ecuménico Vaticano II. Pues nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en el corazón de Cristo (Ibíd.), en quien se esclarece el misterio del hombre pues Él manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación (cf. GS 22).
Al servicio de esta comunión y misión, que conforman el misterio de la Iglesia, es que entiendo el ministerio que se me ha confiado, como expreso en el lema episcopal escogido «ut ministraret» (para servir), tomado de las palabras de Jesús: «Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10, 45).
Saludo cordialmente a todos y cada uno de quienes integran la Diócesis de San Cristóbal de La Laguna, la inmensa multitud de laicos y laicas, las personas de vida consagrada y los diáconos y sacerdotes. Al servicio de ustedes soy principalmente enviado, pues como decía San Agustín, para vosotros soy obispo, mientras que con vosotros soy cristiano, «mas, si por un lado me aterroriza lo que soy para vosotros, por otro me consuela lo que soy con vosotros» (Sermo 340,1).
En particular deseo saludar a mi apreciado predecesor, D. Bernardo Álvarez Afonso, quien durante casi dos décadas ha gobernado pastoralmente la Diócesis con gran celo evangelizador como el apóstol Pablo, de quien tomó las palabras para su lema episcopal y que ha caracterizado su ministerio en estos años: «hacerse todo para todos».
Saludo con afecto y agradecimiento también a quien, en estos últimos meses, ha desempeñado la misión de administrar la Diócesis durante la Sede vacante como Administrador diocesano, Mons. Antonio Manuel Pérez Morales; gracias por la labor desempeñada.
Saludo igualmente a todos los cristianos de otras confesiones o denominaciones a quienes nos une una misma fe en Jesucristo, verdadero hombre y también verdadero Dios, como afirmó el Concilio de Nicea hace ahora 1700 años; a los creyentes de otras religiones con quienes compartimos la alegría de creer en un Dios; y a todas las personas de buena voluntad que actúan movidos por un profundo sentido de humanidad.
Por último, ofrezco un respetuoso saludo a las autoridades civiles, militares, judiciales y académicas, presentes en la provincia de Santa Cruz de Tenerife, a las que les manifiesto mi disposición para, mediante una sana cooperación en el respeto de la legítima autonomía e independencia, trabajar juntos a favor de la persona humana y su dignidad, del bien común de nuestro pueblo y de toda la humanidad, del cuidado de la creación y de la construcción de una sociedad más justa y fraterna.
Deseo concluir este primer saludo como Obispo de ustedes con las palabras con las que concluía el Mensaje a todos los diocesanos del I Sínodo diocesano nivariense, celebrado en 1999: «A todos les invitamos a vivir juntos la feliz aventura del seguimiento de Jesucristo. Él es el único que salva. Creemos que, en Jesucristo, rostro humano de Dios, está la luz y el camino que conduce a la plenitud de la existencia humana; por eso, Él es nuestra esperanza, nuestra vida para siempre».
Que María venerada en cada una de las islas de nuestra diócesis nivariense con una advocación particular (Virgen de Candelaria en Tenerife, de Las Nieves en La Palma, de Guadalupe en La Gomera y de Los Reyes en El Hierro), pero que expresan un único sentimiento de afecto filial a la madre del Señor y modelo de creyente, nos ayude a vivir la fe desde la disponibilidad a la voluntad de Dios que da plenitud a nuestra vida y nos colma de alegría y de paz, haciéndonos desbordar de esperanza por la fuerza del Espíritu.
Y que los patronos de nuestra Diócesis nivariense, la Virgen de los Remedios y San Cristóbal, así como el santo hermano Pedro, primer santo canario, y los demás siervos de Dios, beatos y santos vinculados a la Diócesis de Tenerife, me acompañen y ayuden en este camino que emprendo como Obispo de San Cristóbal de La Laguna, sintiendo cercana la presencia del Señor, hermosamente representado en la venerada imagen del Santísimo Cristo de La Laguna de gran devoción en todo el archipiélago canario. Me encomiendo a la intercesión de ellos y a las oraciones de todos ustedes y de mi nueva querida familia, la Iglesia nivariense.
Las Palmas de Gran Canaria, a 24 de febrero del año jubilar ordinario 2025.
Eloy A. Santiago Santiago,
Obispo electo de San Cristóbal de La Laguna
