RECUERDOS DE UNA ARTESANÍA SECULAR, “CON LAS CAÑAS DE LA VEGA”. Por Julio Torres Santos

Desde enero con San Antonio Abad y hasta las romerías que terminan en verano evocamos gran parte de nuestra tradición agrícola y ganadera. Las carretas vuelven a atravesar las calles cargadas de trigo, el ganado luce olvidadas galas, los romeros visten como sus antepasados,… Cestos, sombreros, balayos, cintas,… vuelven a aparecer para recordarnos que, aunque hoy sean en su mayoría productos más o menos industriales, en otros tiempos fueron generados por una artesanía secular que el tiempo casi hizo desaparecer (decimos “casi” pues, gracias a la labor desarrollada por distintas instituciones y colectivos canarios, ésta ha vuelto a florecer). Cesteros, sombrereros, fabricantes de escobas e incluso fabricantes de cañizos.

Hoy recordamos a los hombres que machete en mano tronchaban los cañaverales de La Vega, aquellas cañas robusta que habían crecido mimadas y acariciadas por el viento del vecino monte de Las Mercedes junto a las acequias y barranquillos, muchas serían más tarde usadas en las plantaciones de tomates del sur de la Isla.

Otras eran materia prima para alimentar oficios humildes que, como tales, utilizaban las más humildes herramientas. Éstas se limitaban a un machete, un cuchillo o podona con mango de madera, un punzón y una cruceta del mismo material. Con ellas la intuición y el trabajo del artesano transformaban sencillas cañas y mimbres en canastos y cañizos cuidadosamente trenzados.

Si laboriosa era la tarea de trenzar la caña, también lo eran las relacionadas con obtener y preparar este producto para que adquiriera flexibilidad y así adaptarse dócilmente a las hábiles manos de los artesanos.

Las cañas se cortaban anualmente en los cañaverales silvestres de la hermosa Vega lagunera, bajo el creciente lunar de enero; y, después de apilarlas y dejarlas secar, se limpiaban. Entonces se partían con la cruceta de madera en cuatro porciones que posteriormente duplicaría el cuchillo del artesano.

Ya bien preparado el material, se comenzaba a trenzar la caña desde el fondo hasta la superficie. Tan laborioso era el trabajo, que el cestero no podía terminar más de dos o tres cestos al día; y, como hemos dicho, tan humilde, que, en otros tiempos, su esfuerzo no le reportaba más de dos o tres pesetas, según el tamaño de los canastos.

Las escobas

Otro producto artesanal, típico de las Islas, eran las escobas de palma. También su fabricación era un oficio humilde pues, aunque los artesanos llegaron a venderlas a dos cuartos, en tiempos próximos a la desaparición de esta labor artesana, su venta no producía más de veinte o treinta céntimos, incluyendo su transporte a La Laguna. En sus calles su pregón llegó a hacerse familiar:

“¡Escobas! ¿Quién compra escobas?”

La fabricación de escobas de palma comenzaba por arrancar del gajo la hoja extraída del palmar, valiéndose de esa navaja curva que los campesinos denominan podona. Posteriormente se iban separando por tamaños y, a continuación, se agrupaban según sus dimensiones en torno a una larga trenza fabricada con la resistente fibra del cogollo de la palma. Esta labor consistía en disponer las hojas de tres en tres, a lo largo de la trenza de palma, intercalando una de mayor longitud entre cada grupo. Luego se enrollaba la trenza fuertemente.

Para rematar la parte superior, en un principio se utilizaron juncos, que luego serían sustituidos por la aneya o cáscara del corazón de la platanera, más flexible que el junco y, por lo tanto, más fácil de trabajar. Por último, se continuaba envolviendo la trenza y se igualaban las hojas con un tajo de machete. El gajo de la palma, una vez desprovisto de hojas, servía para articular la escoba.

La hoja de palma fue siempre un elemento imprescindible en la artesanía campesina; escobas, abanadores, esteras y -¡cómo no!- los antiguos sombreros que remataban la indumentaria de las campesinas o “magas” no hubieran sido posibles sin ella. Quizá sea la fabricación de sombreros la única actividad artesana que ha sobrevivido hasta nuestros días, aunque con escasos representantes.

Para elaborar un sombrero de forma artesanal, ya sea llano, calado o de pico, es preciso trenzar cinco tiras de palma que después se cosen con rafia. Previamente, las hojas de palma deben ponerse a secar, de forma que las hábiles manos del artesano puedan retorcerla en finas trenzas. Las trenzas se alargan y se enroscan sobre sí mismas y, poco a poco, el sombrero va adquiriendo forma y volumen. Ya sólo resta añadirle la cinta de suave terciopelo y las agujas enhebradas con hilos de diversos colores.

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