PREGÓN DE SEMANA SANTA 2017 San Cristóbal de La Laguna (y VI). Por Eduardo Rodríguez Rodríguez

Constructores de una cultura del encuentro

Estos días tienen que ser para todos, una invitación a construir una cultura del “encuentro”. Entreguémonos más allá de los propios intereses, convenzámonos que frente a la cultura del descarte, cada uno tiene su lugar, aceptemos al otro como otro y caminemos juntos.

“Dios continúa buscando aliados, hombres y mujeres capaces de creer en lo imposible. Dios continúa buscando aliados, continúa buscando hombres y mujeres capaces de creer, capaces de hacer memoria, de sentirse parte de su pueblo para cooperar con la creatividad del Espíritu. Dios continúa recorriendo nuestros barrios y nuestras calles, se lanza en todo lugar en búsqueda de corazones capaces de escuchar su invitación y de hacerlo carne aquí y ahora. Si continúa siendo posible la alegría y la esperanza cristiana, no podemos, no queremos permanecer delante de tantas situaciones dolorosas como meros espectadores que miran al cielo esperando que deje de llover” .

¡Dios no es enemigo del hombre! El patrimonio religioso nos habla de Él, la imaginería nos habla de Él, la música sacra nos habla de Él, las cofradías nos hablan de Él, La Laguna toda, en Semana Santa, nos habla de Él, nos lleva a Él y es Él la razón que hizo nacer todo esto y todo esto es difícil entenderlo en su sentido auténtico sin Él.

En este Vía Crucis Lagunero, ¿Quién quieres ser? ¿Qué buscas? ¿Quién eres? Quizás como decía Kierkegaard, el filósofo, “ha llegado el momento con la ayuda de Dios de ser yo mismo”.

Cuando el domingo de ramos camino de la catedral agitemos los palmos y recorra la borriquilla nuestras calles nos tocará preguntarnos si no nos mostramos como cristianos por miedo. Si en ocasiones grito: “bendito el que viene” y más tarde: “crucifícale”, como gritó ese día el pueblo. O tomo la iniciativa y ayudo a llevar como el Cireneo, el peso de la cruz de un reo.

Si ante el dolor de los demás y ante su sufrimiento, me quedo dormido pensando en mis cosas, como aquellos a los pies de Cristo que nos muestra el lunes santo la procesión del Huerto.

Vender a un amigo, traicionar al Maestro, sentir vergüenza de que digan: “ese es de los nuestros”. Nos enseña Pedro, llorando, al escuchar el canto del gallo y al cruzarse con la mirada de Jesús, allí en el patio de Caifás, justo en el centro. No hay reproches, ni acusaciones, ni requerimientos. Simplemente el silencio de unos ojos, que unidos a los de Pedro nos repiten: Yo soy la misericordia y el perdón, no vivas de remordimientos. Dios no se cansa de perdonar, perdónate tú y camina de nuevo. Un martes santo, en cualquier esquina de La Laguna, se nos brinda una ocasión para el “encuentro”.

Sentirnos uno con la muchedumbre que sube con Él al Calvario: Verónica que limpia su rostro y que descubre con desconcierto, que cuando mira al hermano y le asiste, hambriento, sediento, desnudo, solo o preso, es el rostro de Cristo al que alivia en ese momento. Y así marcha el miércoles santo, mirando a Jesús despojado, Ecce homo, varón de dolores pero sin resentimiento.

El jueves santo, como quien vuelve al comienzo, se nos da la razón de todo, el amor se vuelve mandamiento. Magdalena, levantada de su vida, renovada en su dignidad, mirada como mujer y no como mercancía, empeñada en su seguimiento. Los santos varones, entregados a sus pensamientos, descubren que no saben nada, que Dios no es el Dios de los soberbios, que se revela a los sencillos y que la fe no es contraria al razonamiento. Juan que mira, que recuerda como recostaba su cabeza en su pecho, que comía aquel pan y bebía de aquel cáliz, ahora se cumplía todo, había llegado el momento.

Alzado entre dos ladrones, uno le increpa, el otro, asalta el cielo. Todos, personajes de pasión, en nuestros tronos laguneros, nos están gritando a los discípulos de este tiempo, que ninguno de nosotros es un caso perdido, que aún estamos a tiempo.

Recorreremos luego, uno a uno los monumentos, que guardan lo más sagrado, a Dios que se hace alimento. ¿Se puede mandar el amor? Claro y se hace mandamiento.

Ya el viernes santo, La Laguna, hace silencio, cuando recorre sus calles, su Señor, su dueño. Luego una madre que calla, y recoge a su hijo en su seno, y siente la espada que profetizó Simeón y pronuncia de nuevo su hágase, salvo que está vez lo hace en silencio. Y en silencio se quedan las calles, las voces, los templos. Hasta la catedral enmudece cuando acoge en su seno, como lo hizo María, a su hijo y Señor que yace muerto. Quien mira pregunta: ¿Todo esto es por mí? ¿Por mí Dios está muerto? Y callan las calles, las voces, los templos, y solo se oyen los pasos, de cofrades y de pueblo.

Se apagan las velas, se cierran los templos. Y el que mira se pregunta: ¿Y ahora, que hacemos? Casi que nos sentimos todos un poco huérfanos. Toca esperar con la fe encendida, como María, en silencio. Ya al alba del tercer día, repican las campanas y rompe la oscuridad la luz que abre brecha en el mundo de los muertos. Queda cegado el soldado y toda la Iglesia hace fiesta. Se levanta glorioso mi Señor en la Mañana y sale el Resucitado a buscar a su pueblo. ¡Venid todos!, ¡Salid a su encuentro! Y en el trono de plata, allí, en un trozo de pan expuesto, está el Dios de la vida, vivo, real, eterno, diciéndole al hombre no soy solo pan, soy para tu vida alimento.

Por eso en esta noche te grito a ti, ciudad de la Laguna, cinco veces centenaria, ciudad de paz: Ponte tus mejores galas que Dios se hace acontecimiento. Arma tus tronos, prepara tus conciertos, haz valer tu patrimonio, levanta tus monumentos. Vuelve a pulir la cera, hermano cofrade, prepara la liturgia con esmero en los templos. Bendice a tu pueblo sacerdote, acoge al que viene de fuera y hazle sentir lagunero. Que nada se improvise, que todo haga abrir los ojos al asombro del “encuentro”.

Y al concluir mis palabras, daría por aprovechado el momento, si al final hemos descubierto, que esta noche no es importante la belleza o no del pregón, mucho menos la historia interesante o no del pregonero. Lo realmente importante es la fuerza de vida del Pregonado que da sentido al pregón y hace creíble al pregonero. Por eso, Ciudad de Laguna, hoy te reto: en estos días sal a la calle y mira al cielo. Y grita, grita con corazón sincero: Dios, ¡Si existes, búscame! Tal vez, como en el camino el ciego, experimentes en lo más profundo de tu alma, que es verdad, que necesitamos el “encuentro”, que esta Semana Santa pasa por tu vida, Jesús, el Nazareno.

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