PREGÓN DE SEMANA SANTA 2017 San Cristóbal de La Laguna (V). Por Eduardo Rodríguez Rodríguez

Mirados como discípulos

«Me da miedo cuando Dios pasa. Un miedo bueno y un miedo malo. El miedo bueno es por lo que me puede pedir. El miedo malo es por si no vuelve a pasar».

Lo escribió hace varios siglos aquel hombre, Agustín de Hipona, que lo había probado todo, qué lo había experimentado todo, cuyo corazón no acababa de llenarse con nada y cuyo vacío era cada vez más profundo. Lo escribió aquel buscador incansable, intelectual insigne, en quien su fe y su razón iban de la mano, sediento de tantas sedes y saciado con solo un agua. Pasó el Señor por la vida de San Agustín como quiere pasar por la vida de cada uno de nosotros en esta Semana Santa.

Yo no sé si tienes más fe o menos fe. Yo no sé si crees o dejaste de creer. Yo no sé lo que te mueve a estar hoy aquí, a formar parte de la celebración de la Semana Santa. Lo que sí sé es que es mucho más que unos días, que unas actividades, que unas tradiciones. Lo que sí sé, es que para que de verdad sea una santa semana debemos abrir el corazón y el entendimiento y atrevernos a asomarnos al vértigo del encuentro. Así nos lo pide el Obispo en su carta: “Mirar a Jesús y aprender de Él porque ser sus discípulos es seguir su ejemplo”. Entra en un templo y quédate un rato a solas, en silencio y háblale a Dios. Contempla cualquiera de las magníficas imágenes de Cristo que recorrerán nuestras calles y pregúntate como San Ignacio: Viendo todo lo que Cristo ha hecho por mí, ¿yo qué voy a hacer por Él? Acércate al perdón de Dios si hace años que no lo haces, verás lo que libera y sana. Abramos nuestra vida a que Dios no sea una historia pasada o una posibilidad negada. No temamos lo que nos puede pedir. Temamos más bien, como dice San Agustín, perder la oportunidad. “Nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti” . Pasa Jesús Nazareno.

Aquella primera Semana Santa no fue tan distinta de la que volveremos a celebrar estos días. Ni aquellos hombres y mujeres eran tan distintos como lo somos nosotros. Acababan de levantar sobre el monte del Gólgota al Nazareno. Lo habían colocado entre ladrones y a las puertas de la ciudad para que quien pasase lo viera. Sin aspecto atrayente, maltratado, desecho de los hombres, humillado, varón de dolores ante el que se ocultaba el rostro. Y allí, a los pies de la cruz, una mujer: su madre y un discípulo: Juan. De lejos Magdalena que llora rota de dolor y que no entiende y otros que miran. Y Él, en lo alto, solo. ¿Dónde estaban los que le seguían por el camino? ¿Dónde estaban los ciegos, cojos, lisiados que fueron curados? ¿Dónde estaban los que le proclamaron rey y agitaron las palmas cuando entraba en Jerusalén? ¿Dónde estaban los suyos, los más cercanos, a los que Él mismo había elegido para caminar a su lado durante tres años?

Tres años, Señor. Tres años. ¿Dónde estaba ahora Pedro o Andrés o Santiago? ¿Dónde estaba Tomás o Bartolomé? ¡No estaban! ¡Estabas muriendo y ellos no estaban! Tenemos los seres humanos la capacidad de perder la memoria y el miedo de que algo o alguien nos complique la vida más allá de lo que hemos programado. Cuando nos desilusionamos o cuando nos defraudan, solemos retirarnos a nuestros cuarteles de invierno, hasta que pase el temporal. Y allí huyeron ellos. Unos regresaron a Emaús, otros a Galilea, a sus viejas barcas y a sus rotas redes. Alguna, como Magdalena se sentó a llorar su pena a las puertas del sepulcro. Fracasados, defraudados, desengañados de sí mismos y rendidos como el más aplastado pelotón de soldados.

Luego vino el frío sepulcro del viernes y el silencio ensordecedor del sábado. Y entonces, amaneció la mañana del domingo. Nadie sabe cuando fue, ni a la hora que sucedió. Lo cierto es que la piedra que sellaba la entrada se movió de pronto. Y Él caminó vivo.

Cuenta el Evangelio que el Resucitado se fue apareciendo a cada uno de ellos, que fue a buscarlos al lugar donde estaban. Que con delicadeza y misericordia pero también con firmeza, fue recuperando la fe perdida en cada uno de ellos. Entonces resonó el: “¡Era de necesario!” de los de Emaús, el “¡Es el Señor!” de los del lago. El “¡Maestro!” como sólo Magdalena podía pronunciarlo. La confesión de fe de Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!” y el llanto purificador de Pedro con el “Tú lo sabes todo, tu sabes que te quiero”.

Sí, eso mismo sucederá en las calles de La Laguna en estos días. También yo soy discípulo. También, el resucitado ha salido a buscarme y me ayuda a mirar mi vida con misericordia. A descubrir en pleno siglo XXI mis actitudes como cristiano. A saber que no soy mejor que ellos, que también necesito empezar de nuevo. Como decía el Papa Francisco a los jóvenes en Rio de Janeiro: “Nosotros podemos ser para los demás como Pilato, que no tiene la valentía de ir contracorriente para salvar la vida de Jesús y se lava las manos (…) o como el Cireneo, que le ayuda a llevar aquel madero pesado; como María y las otras mujeres, que no tienen miedo de acompañar a Jesús hasta el final, con amor, con ternura.”

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