PREGÓN DE SEMANA SANTA 2017 San Cristóbal de La Laguna (I). Por Eduardo Rodríguez Rodríguez

“PASA JESÚS NAZARENO Lc.18, 35-46”

Introducción: La luz del encuentro.

–“¡Cállate, ¡qué deje de gritar!, ¡qué alguien le haga callar!”.
Aquel hombre era molesto, alteraba el orden público, se salía del protocolo establecido. Las cosas no se hacían de aquella manera. Y algunos que se tenían por guardianes de la ortodoxia y las tradiciones, se encargaron de recordárselo.

Sí, es una historia tan vieja como el mundo. La vida abriéndose paso y la muerte tratando de ahogarla. La luz iluminando lo oscuro y las tinieblas temblando de rabia.

Solo era un ciego más de tantos que llenaban la vereda de los caminos de Israel, ¿a qué venía tanto escándalo?

Pero, él sabía que no podía desaprovechar la oportunidad. Había pasado demasiado tiempo al borde del camino, donde se acumulaba la basura y donde se arrojaban las cosas inservibles. Incluso, llegó a creer que aquel era su lugar, que se merecía lo que le estaba pasando y maldijo más de una vez aquella, su noche sin estrellas.

–“¡Pasa Jesús Nazareno!”–le dijeron. Y de pronto el silencio se volvió llanto. Y le dio un vuelco el corazón, y se puso en pie, y comenzó a gritar, como grita un recién nacido el día del parto: –“Ten compasión de mí, Jesús, Hijo de David”.

Y supo Bartimeo, entonces, lo que era mirar aunque estaba ciego. –“¿Qué quieres que haga por ti?”–le preguntó el Maestro. Y la soledad se volvió sonora y, la noche, precipitó su huída.

–“¡Que vea, Señor! ¡Que vea!”. Entonces, vino el milagro y con él la luz, la paz. La vida colándose por las rendijas del alma. Todo comenzó de nuevo y en el cortejo, desde aquel día, ahora iba uno que cuentan que fue ciego.

Sí, con este relato del Evangelio he querido comenzar estas mis primeras palabras de este pregón. Gracias a la Junta de Hermandades y Cofradías de La Laguna por la invitación y mis felicitaciones por el reconocimiento recibido en estos días. Gracias al Sr. Obispo por la confianza. Créanme, si les digo, que jamás imaginé que se fijaran en mí para este cometido. Sobre todo, cuando de adolescente, allá en mi Palma natal, oía hablar y ponderar la Semana Santa de La Laguna que hoy me toca pregonar y en la que he participado en muchas ocasiones, pues ya son más los años que vivo en Tenerife que los vividos allí.
También yo, como el ciego del camino, me presento ante ustedes con lo que soy y con lo que tengo. Temeroso quizás de no estar a la altura del encargo que me hicieron. Pero confiado en que, Aquel que lo hace todo, ponga palabras en mi boca y pueda vencer el miedo.

Cuando pensaba qué decir, qué pregonar, daba mil vueltas a mil temas. Y me preguntaba que significaba para mí, sacerdote, la Semana Santa. Desde la teología lo tenía claro, desde la liturgia también, de haberla vivido debajo de un capirote, o moviendo tronos o puliendo la cera de los fanales del paso del Nazareno en mis años de cofrade, guarda mi corazón muchos recuerdos. También de contemplar y vivir sobrecogido, en varias ocasiones, la peculiaridad y riqueza de la celebración de la Semana Santa en esta ciudad.
Pero permítanme una experiencia del año pasado que llevo en el corazón y me hizo mucho bien como sacerdote. Fue a punto de celebrar la Vigilia Pascual. Alguien me llamó y me dijo: – “Tienes que ir al Santuario del Cristo porque D. Carlos no está bien”. Ya comenzaba a apagarse aquel sacerdote bonachón, de conversación fluida y de sonrisa fácil. Celebrar a su lado, ver como se olvidaba de todo menos del “Tomad y comed, tomad y bebed”, que tantas veces había pronunciado, me hizo entender de golpe que cuando parece que todo acaba es cuando la Vida, con mayúsculas, se abre paso. Y lo que a veces parece que se pierde en la cabeza, está grabado a fuego en el corazón.

Confirmé, entonces, que lo realmente importante no es lo externo, que la semana santa no son solamente unos ritos, unas costumbres o unos gestos. Que todo eso es envoltorio hermoso, pero solo eso. Lo que realmente hace “Santa” esta semana es poder vivir de verdad, una experiencia de “encuentro”. Un “encuentro” que no se borra del corazón aunque se borre todo en el recuerdo.
¿Qué pregonar entonces? Intuyo que ya lo saben. Sencillamente algo de lo que estoy cierto. Que de nuevo este 2017, pasa Jesús Nazareno, como le dijeron al ciego. La Semana Santa es la historia de dos amores convocados al “encuentro”: el de Dios que se entrega en Jesús hasta la última gota de su sangre, hasta el extremo y el del hombre, el nuestro, que tiene que responder a ese amor y en ocasiones lo hace, pero con un amor tacaño, olvidadizo y pequeño.
Cuando Él pasa, todo cambia. Como supo escribirlo, bellamente, Emeterio Gutiérrez Albelo:

“Oíd, mirad: Él me encontró en la calle,
descalzo, sucio, roto y aterido…
Y me ofreció su albergue
-que paz tan honda y limpia-
Y desheló mis miembros
con su brasero astral, en dónde Él arde.
Y restañó mi sangre con sus manos.
Y me limpió de podre para siempre.
Y me vistió con un traje nuevo
que ahora me veis lucir, no sin envidia…
Y hasta aplacó mi sed con su costado,
y con su propio corazón, mi hambre.
Oh, no sabéis, oh no sabéis –aún-
que cuando se le encuentra
ni Él puede abandonarnos,
ni se le puede abandonar ya nunca.”

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